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Trivial y significativo

Uno, Rajoy, sale de ganador y sólo aspira a triunfar por la máxima diferencia sin arriesgar una sola promesa, mientras que el otro, Rubalcaba, que sabe que va de perdedor, quiere arriesgarlo todo.

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El fanático sólo soporta sus convenciones, más aún las considera necesarias, mientras que las ajenas las desprecia por arbitrarias. El escéptico, por el contrario, toma en consideración las convencionalidades del otro, a veces para reírse, pero, en muchos otros casos, para desengañarse de las propias. Entre una y otra actitud, quizá, haya un camino intermedio, merece la pena ensayarlo si observamos la campaña preelectoral, una convención política, que comenzó el pasado sábado con dos discursos rigurosamente complementarios tal y como corresponde a dos políticos experimentados, viejos, incluso pasados de rosca, para crear ilusiones a un país lleno de odio y resentimiento.

Del enfrentamiento fanático que inunda la escena política española, especialmente en la perspectiva ideológica, no saldremos con este tipo de políticos, es decir, aunque sean dos candidatos muy diferentes en el estilo y el origen, diríase que se complementan a la hora de aburrir a la concurrencia. El tedio, a veces, es peor que la alteración permanente, porque es una muerte en vida. Los dos candidatos han sido ministros de Educación y del Interior. Los dos conocen las tripas del sistema político como nadie. Los dos son conscientes de que la política institucional española, como la del resto de Europa, es dependiente de las encuestas electorales; y éstas siguen dando ganador a Rajoy por casi 16 puntos, eso significa que casi todo debe ser interpretado en esa clave, es decir, los silencios y la palabrería estarán determinados por los resultados de la encuestas. Los dos conocen bien, obviamente, sus expectativas y sus límites. Uno, Rajoy, sale de ganador y sólo aspira a triunfar por la máxima diferencia sin arriesgar una sola promesa, mientras que el otro, Rubalcaba, que sabe que va de perdedor, quiere arriesgarlo todo.

Por todo eso, aparte de las encuestas, será menester adivinar lo significativo de esos dos discursos a través de lo trivial. De lo que está a la vista de todos, o sea de lo que dicen, aunque lo dicho se contradiga con lo hecho, podemos extraer una pizca de saber. Reconozco que, si hago abstracción de su pasado inmediato, próximo y remoto, la palabrería de Rubalcaba dice cosas. Transmite propuestas más o menos concretas. Demagógicas, sí, pero no corresponde ahora analizar ese asunto, sino reconocer que en una campaña electoral lo decisivo es que los candidatos digan cosas claras y distintas. Eso, en mi opinión, lo ha cumplido Rubalcaba a rajatabla, y además sin leer papeles; en efecto, sus mensajes fueron nítidos, pueden ser fácilmente memorizados; por ejemplo, nadie dejará de entender que parte de los beneficios de la banca, según indicaba Rubalcaba, serán utilizados para crear empleo. Por el contrario, el discurso de Rajoy en la clausura del campus de FAES no dio un solo titular claro y, sobre todo, nuevo. Algo, en fin, que llevarse a la boca y que le dé unos pocos más de votos.

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