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Columna publicada el 21-07-2005
Vengo del cine muy contento. He visto una película española. Más o menos, hacia un año que no veía una película genuinamente española. He visto una de Garci. Sus personajes no son meros entes visuales. Contienen toda la emoción social del teatro. He visto la gran obra literaria de un hombre que piensa a través del ojo. Su mirada es limpia y, por tanto, su pensamiento realista. Poético. Narración de la vida. Sin explicación. Buenísima literatura, magníficos actores y fotografía impecable compiten en esta cinta para recordar, para volver con el corazón, a la obra de un autor teatral y guionista de cine, Miguel Mihura, que este año cumpliría cien años. Feliz homenaje porque el “homenajeador” es tan bueno como el homenajeado.
La película de Garci es gran literatura, porque recrea miméticamente, vamos que plagia a lo grande y sin que logremos saber exactamente qué es lo plagiado, dos excelentes textos de Mihura, quizá uno de los tres mejores discípulos del vanguardista Ramón Gómez de la Serna. Garci, en colaboración con Horacio Valcárcel, ha escrito un soberbio guión. Algo más que una fusión inteligente de dos obras cómicas de Mihura. Este guión es una síntesis poética, y en cierto sentido conceptual, de “Ninette y un señor de Murcia” y “Ninette, Modas de París”. Sobresale en esa faena un concepto feliz de la historia reciente de España. Ninette también es una ajustada visión reconciliada de la España de postguerra y del franquismo.
Por fin, en esta película, aparece cuestionada contundentemente algo que la anterior filmografía de Garci sólo sugería: una crítica irónica, y a veces sarcástica, a la maniquea historia de los vencedores y los vencidos. Un feroz maniqueísmo, por desgracia, del que ciertos mercachifles culturales aún siguen haciendo gala, naturalmente, para mayor gloria de los políticos populistas y totalitarios. Aquí los vencedores son los vencidos y viceversa. O sea, intelectual y poéticamente, su visión de la historia de España ni se ha relativizado ni dulcificado, sino que ha madurado como su cine. Muestra lo real sin anteojeras. Su historia como su cine son, sencillamente, más poéticas y menos ideológicas. Más fetén. Más cine. Más, pues, para llorar de cine.
Fuera de esa mirada limpia a la historia de España. El guión está lleno de finísimo humor, irónica melancolía y mucha inteligencia cervantina. No se ríe de nadie. Sólo de sí mismo. Sólo por eso, y por los actores y las actrices y por la fotografía y por el decorado y por la música y por no sé cuántas cosas más, quiero verla otra vez. Quiero ir de nuevo al cine. Quiero oír de nuevo sus diálogos. Y quiero, cómo no tratándose de Mihura, empaparme de la carnalidad, de la vida, de Mar Regueras, que aparece en la pantalla muchísimo menos tiempo que el resto del reparto, pero cuando lo hace, ya muy avanzada la película, lo borda hasta el punto de sobresalir en alguna escena por encima de la actuación magistral de Elsa Pataky. De Beatriz Carvajal y el resto de actores sólo muy bien puede hablarse.

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