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Victoria de Zapatero

Los triunfos de Zapatero tiene repercusión sobre los españoles. Por muy críticos que seamos con la manera en que Zapatero ha asistido a la Cumbre del G-20, es menester reconocer que el haber estado allí es algo que va más allá de su figura.

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Creo que hay dos formas de analizar los resultados de la Cumbre del G-20. En verdad, son dos formas clásicas que sirven tanto para acercarnos a evaluar un documento político como para juzgar una acción humanitaria de carácter internacional. O hacemos poesía o hacemos filosofía. El poeta describirá lo que ve y oye, pero nunca tomará conscientemente posición alguna sobre lo sucedido. No se hace problema de la realidad. Poetas son, o mejor, actúan como poetas, casi todos los medios de comunicación que han cubierto el acontecimiento como si fuera un misterio.

Por el contrario, el filósofo se hará problema de todo lo que ve y oye; de entrada, dejará sentado que pocas cosas firmes han salido de una reunión que más tiene que ver con la imagen que con el enfrentamiento real entre China y Estados Unidos por un lado, y entre Europa y Estados Unidos por otro. Los filósofos de la crisis mundial, por ejemplo, los especialistas en asuntos económicos, dirán que no ven cómo esos principios generales, e incluso esas medidas de inyectar 5 billones de dólares al sistema económico mundial, surgidos en Londres, pueden operar para solucionar la actual situación de recesión mundial.

Entre el poeta y el filósofo, entre el hombre sencillo y el absoluto desconfiado, se sitúa la actitud del ciudadano medio. Nos hemos acostumbrados a vivir ante el abismo. La desconfianza de la ciudadanía respecto a la reunión del G-20 es casi absoluta. Pocos son los que creen que las medidas surgidas de ese foro son suficientes para resolver la actual crisis económica. Quizá sirvan para el futuro pero no para resolver la actual. El común de los mortales, o sea, el ciudadano de a pie coincide en su juicio con los más reputados expertos económicos sobre lo poco que puede esperarse de estos grandes saraos internacionales. El escepticismo poético es dominante entre la población mundial.

Y, sin embargo, son esos mismos escépticos, esos millones de ciudadanos, acostumbrados a lidiar con lo más cotidiano de lo humano, el fracaso, los que no se dejan abatir por la realidad. Son, sí, escépticos, pero no caen en el pesimismo. Más aún, no descarto que, indirectamente, el reconocimiento del fracaso de la humanidad pueda conducir al pesimismo, pero lo normal es lo contrario. Ciertamente, reconocer el fracaso es la mejor manera de no caer en la sentina del pesimismo reaccionario. Pertenece, sí, a la contextura esencial de la vida, como dice María Zambrano, el verse insuficiente, el verse incompleta, el estar siempre en déficit. De no ser así, nada se haría, ni se hubiese hecho.

Son, pues, muchas las maneras, por seguir con la terminología de la filósofa, de salvar este fracaso del G-20, entre las cuales yo no descarto que la victoria de Zapatero en esta Cumbre pueda repercutir en el resto de los españoles. Nadie lo dude, aunque cueste reconocerlo moralmente, los triunfos de Zapatero tiene repercusión sobre los españoles. Por muy críticos que seamos con la manera en que Zapatero ha asistido a la Cumbre del G-20, es menester reconocer que el haber estado allí es algo que va más allá de su figura. Alegrémonos, pues, de su victoria; porque victoria es, sin duda alguna, haber aparecido en la fotografía del G-20. Victoria es, según dicen, haber actuado de mediador entre diferentes naciones a la hora de pactar algún párrafo del documento final. Victoria es, al fin, haberse acercado a Obama y aparecer fotografiado con todos los líderes que ostenta el 80 por ciento de la producción y renta mundial.

Ya sé, ya sé, que eso es una manera de conformarse, o sea, de hacer poesía del abismo. Pero, tal y como están las cosas, o hacemos como si esto tuviera solución, o nos amargamos imaginando la respuesta que hubiera dado Zapatero a la pregunta formulada por un coro de querubines londinenes: "¿Cómo se gana usted la vida?". La cuestión es razonable. Creo que todo hombre, dicho sea de paso, alguna vez en su vida tiene que haber contestado esa pregunta. ¿Qué hubiera contestado? Nunca lo que estamos pensando usted y yo. Él no es un poeta ni un filósofo. Es un superviviente dispuesto a decir cualquier cosa salvo la verdad. Vivir para engañar es su profesión. Ese engaño, por desgracia, es la ilusión de millones de parados.

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