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Columna publicada el 10-11-2005
La educación ha sido en España una tragedia durante el siglo XIX y XX. No iba a ser menos en el inicio del siglo XXI. El PSOE, como en los peores tiempos del felipismo, ha aprobado por sorpresa, sin apenas diálogo y ninguna negociación, un proyecto de Ley de Educación, que oscurece aún más los anteproyectos anteriores. Por supuesto, este proyecto prescinde de modo intencionado, siguiendo las maneras anticlericales de Rodríguez Zapatero, del parecer de la Conferencia Episcopal Española a pesar de que se introducirán medidas importantes sobre la enseñanza de la religión. Pero, independientemente de este déficit democrático, el proyecto es un bodrio desde el punto y hora que trata de eliminar todos factores de excelencia contenidos en la anterior Ley Orgánica de Calidad de la Enseñanza del PP, que nunca pudo aplicarse porque así lo ha impuesto el Gobierno socialista.
El nuevo proyecto de ley cae en todos los viejos vicios socialistas, pero, seguramente, el asunto más duro sea la reducción de la propia concepción de la educación a algo que no es propiamente “educación”. Se trataría de la “educación” como “adaptación” a la realidad sin intentar superar sus maldades. Remitir el proceso educativo a mera “socialización” es, hoy como ayer, la principal obsesión de los socialistas. En realidad, la educación como valor en sí mismo hace tiempo que desapareció de los proyectos socialistas. En su lugar se ha extendido un odioso “pedagogismo”, que ha convertido en píldoras el genuino saber con el único y exclusivo propósito de que los alumnos, lejos de aprender a superar dificultades, consigan adaptarse a las perversidades de la realidad. Arrastrarse es mejor, según los socialistas, que caminar erguido.
La “escuela”, por decirlo de otro modo, ha conseguido con las diferentes leyes de educación de los socialistas, especialmente con la famosa LOGSE, expulsar de sus aulas cualquier forma de cultura de la excelencia y el esfuerzo. Todo es “progresar adecuadamente”. Expulsada la cultura del aula, y sustituido el maestro por el televisor, la escuela ha pasado de ser un centro de saber a una fábrica de manualidades. Vaciado de contenidos los programas escolares, y estigmatizada la memoria en el proceso de aprendizaje, la escuela española no aspira a otra cosa que no sea un centro de recreo. Más aún, el esfuerzo ha sido vencido por la indisciplina.
Sin embargo, porque todavía quedan maestros, seres humanos dispuestos a enseñar, y alumnos dispuestos a aprender, es urgente y necesario retornar a la educación. El retorno a este genuino valor, la educación, expresa todo el sentido de la manifestación del sábado. Los manifestantes contra el actual proyecto de Ley no exigen tanto una equívoca y “nueva educación en valores” cuanto un retorno, después de tantas experiencias frustradas, a la educación como genuino valor. La manifestación del sábado demostrará a este gobierno nihilista que aún hay energías suficientes en nuestra sociedad para tal hazaña. O aceptamos la educación como valor en sí mismo para la liberación de la humanidad de las cadenas de la oscuridad o caemos en una falsa pedagogía de carácter pseudoilustrado que reemplaza la verdad poderosa con la opinión mediatizada.

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