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Zapatero y su sucesión

La gravedad de la crisis institucional no es nada comparada con la desaparición de un mínimo horizonte moral y político para la España de los próximos años. Zapatero lo sabe: su táctica es horadar el poco tejido moral que le queda a esta sociedad.

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De Zapatero aún no se ha dicho lo peor. A partir de ahora sabremos, de verdad, quién es este personaje para la historia reciente de España. Los toros moribundos dan las cornadas más graves. Esperen poco, pues, los ciudadanos normales de quienes pudieran parar sus estrategias, designios y planes políticos de aquí hasta las elecciones. De momento, durante un año más, el presidente tiene asegurado su puesto. El resto es nada. "Barredas" y "Tomases" son poca cosa para acabar rápidamente con el final de esta triste historia de Zapatero. Moribundo, sí, está Zapatero, pero el resto está desarticulado. Su partido no es una institución que pueda parar sus desmanes. Tampoco El País está por la labor de quitárselo del medio. La tibieza de la oposición mueve a pensar en el exilio. Y la sociedad es un simple gentío.

De la mentira y el engaño, de la falta de claridad y transparencia, que han caracterizado a los gobiernos de Zapatero, pasaremos a la crueldad en este último tramo de legislatura. Es un daño extra, un añadido, que sufriremos los ciudadanos normales. La primera prueba de esta nueva etapa era recogida ayer por El País: "La decisión sobre mi candidatura será muy personal y la comunicaré el próximo año". Esas palabras que le atribuye El País a Zapatero son el mayor monumento que se le puede hacer hoy a la "antipolítica". Provocará aún más desafección ciudadana, que será registrada en altos niveles de abstención. El desprecio de Zapatero por la política, o sea, por la publicidad alcanza límites más propios del pasado régimen autoritario del PRI, en México, que de una débil democracia, o sea, lo decisivo es no saber quién es "el tapado".

A Zapatero le importa menos la ciudadanía y, por supuesto, la formación de un juicio político que a los del PRI. Es obvio que la decisión sobre la candidatura de Zapatero tendría que ser conocida cuánto antes, porque de ella depende el futuro moral y político de millones de ciudadanos. Quizá en condiciones más o menos normales podríamos permitir ese tipo de ocultamiento frívolo e inmoral, e incluso podría mantenerse que le asiste a un presidente de Gobierno cierto "derecho" a reservarse la opinión sobre su candidatura, pero en una situación de extrema gravedad política, económica e institucional como la que padecemos la primera obligación de un gobernante es ser claro. Transparente. De su decisión, sí, depende el futuro moral y político de millones de ciudadanos.

La gravedad de la crisis institucional y económica no es nada comparada con la desaparición de un mínimo horizonte moral y político para la España de los próximos años. Es ahí donde nos jugamos el presente y el futuro. Zapatero lo sabe. Y, por eso, su táctica es horadar el poco tejido moral que le queda a esta sociedad. Sobre esa ruina él sembrará, no lo olviden, el caos. La política en España, concebida como un conflicto regulado de diferentes opiniones, está siendo sustituida por la decisión arbitraria y autoritaria de un tipo sin escrúpulos democráticos. La primera obligación de un político demócrata es, sin duda alguna, decir si se auto-limita o no en el poder. El resto es paja. Engaño y mala fe.

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