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Referéndum europeo

ZP y Francia

Cualquier ciudadano sensato tiene que estar preocupado por el resultado del referéndum francés sobre la futura Constitución Europea. Por el número de habitantes, por su peso histórico, por el debate profundo que algunos partidos políticos, especialmente el Partido Socialista Francés, han realizado sobre el texto del Tratado, por la subordinación asumida por el propio Gobierno de España a las decisiones de Chirac y, en fin, por otros mil motivos, la mayoría de ellos justificados, los europeos tiene razones suficientes para estar preocupados por el citado referéndum. También los españoles, incluido el jefe de la Oposición, están preocupados por el posible rechazo de los franceses a la Constitución Europea.
 
Sin embargo, Zapatero, como si hablara para extraterrestres, le ha afeado la conducta a Rajoy por esta preocupación. Comprendo que estas declaraciones no sorprendan a la mayoría de los españoles, pues tratándose de Zapatero todo es posible, pero yo confieso que me han dejado estupefacto, porque he regresado de un coloquio internacional celebrado en México, y organizado por la Fundación de Política Liberal Friedrich Naumann, sobre el futuro de la Constitución Europea y todos los debates se han centrado sobre el referéndum francés. Los ponentes nos dirigimos a todos los embajadores de las naciones de la Unión Europea en México. Tratamos mil asuntos sobre el Tratado, sus limitaciones y posibilidades, pero, al final, todo el debate giró en torno a los resultados franceses. Es el asunto político central de la agenda europea. Por ejemplo, el representante húngaro en México, después de quejarse del déficit de solidaridad con los países recientemente incorporados a la Unión, planteó la cuestión central: ¿por qué el país que parece salir más beneficiado de este Tratado, según todas las encuestas, puede salir rechazado en referéndum?
 
Las respuestas fueron contundentes y, en cierto sentido, muy parecidas a las mantenidas por la línea editorial de este periódico. Primera, porque un Tratado que más parece una ley de procedimiento administrativo que una Constitución nunca es bien visto por quienes aspiran a ser ciudadanos de una entidad supranacional. Segunda, porque es una catástrofe política y jurídica. Tercera, porque Francia, hoy más que ayer, se siente aislada y con un complejo de inferioridad nacionalista peligroso para todos sus vecinos. Y cuarta, y esto es algo que tiende a olvidarse u obviarse, porque el referéndum francés, a diferencia del español, es vinculante. O sea, que si sale el no, hay que quedarse como estamos. Asunto cada día más grave, sobre todo si las encuestas siguen dando ganadores a los partidarios del no. Si ganará, pues, el no, entonces la nueva Constitución no entraría en vigor y seguiríamos con el Tratado de Niza donde los principales actores son los estados nacionales, que es el asunto que más preocupa a los franceses.
 
En el fondo, y esto es lo que no quiere ver Zapatero, si gana el no en Francia, es porque los franceses sienten miedo no sólo de que su nación desaparezca ante el peso de intereses de los burócratas de la Unión, sino de que los ciudadanos europeos, entre ellos los franceses, pierdan poder de participación y de control de ese conglomerado de jefes de estado y de gobierno, Comisión y Parlamento, con poderes siempre confundidos, que tomarían muchas más decisiones que ahora por mayoría. En fin, asuntos graves todos ellos y a los que nadie interesado en lo público le resulta fácil sustraerse. La excepción, otra vez, es Zapatero, quien sólo parece obsesionarle un asunto: cómo conseguir del modo más rápido posible dividir, balcanizar, la nación española en tres trozos. O quizá más.

El Sr. Maestre es filósofo y escritor. Su último libro publicado es La escritura de la política (2012). Miembro del panel de Opinión de Libertad Digital y comentarista de esRadio.

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