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SALUD SOCIAL

Calidad de vida y expansión de la droga

Hace unos meses publiqué en Libertad Digital un artículo sobre seis grandes retos político-sociales a los que se enfrenta –sin percatarse mucho de ellos, me temo– la sociedad española: degradación de la democracia, peso excesivo del Estado, degradación de la unidad nacional, degradación de la salud social o calidad de vida, la amenaza islámica y Gibraltar –este último es particularmente revelador: coloca a España en posición de socio-lacayo dentro de la UE y de la OTAN– y nuestra situación en Europa, puesta en cuestión por la crisis económica, aunque no solo, después de años de un "europeísmo" beato, política e intelectualmente nulo.

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Quiero referirme aquí un poco más a la salud social, equiparable a calidad de vida. Este último concepto es realmente bárbaro, por cuanto suele entenderse por tal la calidad de consumo, dentro de un concepto asimilable al del pensador Rajoy de la economía como "el todo". Dado que el hombre no es en primer lugar un animal económico sino un animal –si así queremos llamarle– moral, su vida no puede reducirse a su capacidad para consumir mucho y bien, una tendencia hoy creciente, sino a consideraciones de otro nivel, sin que la economía sea despreciable. La calidad social de vida se mide mejor, a mi juicio por otros rasgos que he condensado como salud social, y son los datos de delincuencia y población penal, droga y alcoholismo, indigencia, prostitución, fracaso familiar (divorcios y separaciones) y escolar, violencia doméstica (no la llamada ridícula y tendenciosamente "de género" sino un concepto más amplio que incluye, además de las agresiones de un cónyuge a otro, las de los padres contra los hijos y viceversa, las violaciones de los hijos pequeños, etc., muchas de ellas derivadas a su vez del fracaso matrimonial), hijos de divorciados, abortos, horas ante el televisor y en particular ante la telebasura, enfermedades relacionadas con la promiscuidad, demencia y suicidios, y otros índices demostrativos de un tipo de insatisfacción y malestar vital muy compatibles con el bienestar económico, y de los que no suele hablarse.

Cabe añadir a todo ello la calidad intelectual y moral de los medios de masas, que en España es, como media, muy baja. En La Transición de cristal me referí a un fenómeno que nadie o casi nadie ha tratado en relación con dicha evolución política: el aumento de casi todos los índices citados –tendencia que persiste–, lo cual evidencia otro aspecto muy negativo de aquellos años (dentro de una valoración en conjunto positiva, aunque por poco, de la transición). Por poner un ejemplo, creció con rapidez el consumo de heroína, y algo después el de cocaína. España no se había contagiado de la expansión de las drogas en Usa y Europa durante los años 60 y 70, pero recuperó a gran velocidad el terreno "perdido" y se convirtió en un país puntero en su consumo. Sería interesante analizar el significado psíquico y social de esa necesidad de embrutecerse en los llamados paraísos artificiales, que parece afectar a gran número de personas, sobre todo jóvenes. Me parece que no se han examinado los medios por los que la droga, antes mirada con aversión y desprecio en medios juveniles, empezó a considerarse una manifestación de modernidad, desinhibición y libertad... o una plaga inevitable. Recuerdo cómo algunos "solidarios" soltaban cosas del estilo de "si te sale un hijo drogadicto", como si fuera una desgracia natural; o un artículo de Antonio Gala, creo que en El País, que era una auténtica incitación al consumo de droga... ¡desde la infancia! Es un caso, simplemente, pero estoy seguro de que un estudio detenido mostraría cientos de casos semejantes. Los narcotraficantes encontraron en tal ambiente buena cantidad de agentes de relaciones públicas gratuitos.

Es indudable, por otra parte, que el fracaso matrimonial y familiar han incidido en la "necesidad" de muchos jóvenes de evadirse de una realidad penosa. En general encontramos que los índices de mala salud social o calidad de vida vienen entrelazados y no operan de forma aislada.

Tampoco hay, al menos no los conozco y en todo caso no los conoce el amplio público, estudios serios sobre los desastres personales, familiares y sociales causados por la droga, incluido un número de jóvenes muertos seguramente mayor que el ocasionado por el terrorismo, sin contar la ruina de muchas carreras, la anulación de muchas mentes más o menos prometedoras, los delitos ocasionados por drogadictos, la relación con el sida, etc. Es más, las campañas contra la droga se han hecho, en general, tratando de anular cualquier sentimiento de culpa tanto por el consumo como por la publicidad indirecta y retorcida que lo ha acompañado. La promoción de figuras del rock y similares, drogadictos y presentados como vidas interesantes, ha sido parte importante del proceso. Y cierto progresismo, cultivado en especial por el PSOE. Pero, insisto, falta un estudio a fondo de cómo se creó y quiénes crearon el ambiente que tantas desgracias ha ocasionado y de las que tan poco se habla. He aquí un asunto que propongo a quien tenga tiempo y afición. Porque, a pesar de todo el ruido mediático organizado de vez en cuando en torno al problema, no existe, repito, el necesario estudio en serio.

Incidentalmente, sin ser católico religioso, me ha alegrado ver por Madrid a una juventud tan distinta –y mejor– de la que ha venido exhibiéndose por todas partes en estos años.

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