Menú
EL CORPORATIVISMO SEXUAL

Del armario al sindicato o a la boda

El gran sueño del ala corporativista del franquismo, heredera de don Miguel Primo de Rivera y coincidente con los proyectos de organización social de Mussolini y de Perón, se puede resumir, sin sorna ni temor a equivocarse, en la fórmula "los niños con los niños y las niñas con las niñas". Igual que los bomberos con los bomberos o los tipógrafos con los tipógrafos, todos en su correspondiente sindicato o, como prefería decir Don Eduardo Aunós, nostálgico del medioevo, en su correspondiente gremio.

0

La cuestión era tener la "comunidad organizada" –un concepto doctrinal del peronismo procedente de los textos de Hitler– y, en consecuencia, controlada. Si Marx había descubierto que la concentración de población en una ciudad, y de obreros en una fábrica, a las que daba lugar el desarrollo industrial, era condición necesaria para la revolución, porque los hombres dispersos no tienen modo de ponerse de acuerdo en nada, Mussolini descubrió exactamente lo contrario: que la concentración hacía más fácil el control. El campesinado está disperso y por eso le es más difícil asociarse (aunque finalmente lo ha hecho), pero nadie duda de la eficacia de las guerrillas, que se fundan precisamente en esa dispersión. Tengo para mí que los dirigentes fascistas que, como Mussolini o Doriot, procedían del socialismo o el comunismo, habían dado el salto tras comprender que el inevitable destino histórico del proletariado no era en absoluto inevitable. Los sindicatos, que no eran un paso más hacia la revolución, sino un medio para organizar el capitalismo de forma eficaz, ya habían anulado toda posibilidad de que algún día la clase obrera tomara el poder.

Tres cuartos de lo mismo está ocurriendo en relación con la sexualidad.

No es cierto que haya más variedad de deseos hoy que hace cincuenta años. Las mal llamadas opciones sexuales (nadie opta, nadie elige: es el que es, desea lo que desea, muchas veces a pesar de sí mismo) no son más variadas, sino que se realizan con una mayor libertad aparente. La Coccinelle, el primer travestido francés que se hizo operar para convertirse en mujer, a principios de los años sesenta, en la punta de la ola de la naciente liberación sexual, fue una excepción durante mucho tiempo. Ahora se ha alcanzado una cierta normalización de la cirugía y de los tratamientos hormonales, y no faltan los reclamos de que la seguridad social se haga cargo de ello. Los transexuales son relativamente más libres, pero en el marco del gremio.

El matrimonio homosexual (llamémoslo así al menos hasta que la ley cambie, cosa que no creo que ocurra) es una de las trampas mejor elaboradas en ese terreno. La gente de orden, y pongo por ejemplo al muy valiente y honesto juez Grande-Marlaska, que cuenta con toda mi admiración, se lo ha tomado muy en serio y ha pasado por el registro civil. Esto salió de una llamada Comisión de Infraestructuras y Mixta para la Igualdad de Oportunidades del Congreso de los Diputados, donde manda mucho el antisemita Pedro Zerolo y donde se elaboraron especiosos documentos sobre la poligamia, el último y verdadero objetivo político de toda esta legislación.

Momento de la boda gay oficiada por GallardónEl señor alcalde de Madrid, Ruiz Gallardón, ha oficiado hace poco una boda gay entre dos militantes del PP. Naturalmente, dirigentes de su partido y miembros de la jerarquía de la Iglesia pusieron el grito en el cielo (nunca mejor dicho), pero estoy convencido de que casi nadie pensó seriamente durante más de un minuto en salir a manifestarse en contra. Espero que se me disculpe el cinismo, pero no creo que una reacción más fuerte en este terreno le proporcione votos al PP, que tiene un notable caudal electoral en el barrio de Chueca. Que nadie se engañe: Zerolo no representa a los homosexuales, gente en general culta y avispada, nada fácil de engañar y menos aún de dirigir. Zerolo, a las órdenes del PSOE más radical, presidencial y proislámico, siguió al pie de la letra las indicaciones de Perón: ponerse al frente del grupo que pasa por ahí, gritar más que el resto, apoderarse de la bandera y decidir por qué camino seguir. No importa que después del 14-M se haya quedado solo, porque ya tenía la bandera y el puesto. Y para promoverlo están los grandes iconos gays televisivos, que en este momento están haciendo su agosto económico mediante una representación sobredimensionada y falsa del colectivo en los medios.

Hay asociaciones de tipo sindical de gays, lesbianas y transexuales, con todas las rencillas internas y las divisiones de cualquier organización con fines políticos. Hay enfrentamientos entre asociaciones y disidencias en cuanto a los objetivos. Contra toda esperanza, las corporaciones no le dieron en su día al fascismo los resultados esperados, y tampoco lo harán ahora.

Aunque al presidente de la sonrisa, con sus trajes azulones, y al portavoz de su partido, el osecuente Pepiño, que no son precisamente metrosexuales notorios ni expertos seductores, les parezca que tienen controladas las corrientes de la sexualidad en la sociedad española, felizmente no es así. Primero, porque la gente tiende a tomar su sexualidad como una cuestión íntima, antes que como un proyecto político: el deseo está antes que la propaganda y, en ese terreno, a la única persona que hay que convencer es a la pareja. Segundo, porque por mucho que uno o varios individuos digan representar a otros, la clave de la representación está en la voluntad de los representados. Tercero, porque los heterosexuales varones, a los que se supone ya organizados, no lo están en absoluto, felizmente. Cuarto, porque el debate abierto ha llegado al feminismo, sobre todo después de la introducción en Occidente de las nociones del feminismo islámico, una criatura imaginaria fabricada en los laboratorios del "islam moderado" de Tariq Ramadán y compañía.

El reverendo Al Sharpton, uno de tantos abanderados de la no integración de los negros en Estados UnidosNo obstante, algo han conseguido: extender la concepción multiculturalista a la sexualidad, lo que no es poco ni bueno. Las izquierdas contemporáneas siempre crean desigualdad precisamente allí donde dicen respetar la igualdad. Esta legislatura dejará un saldo textual atroz: ya no son sujeto de los mismos derechos los hombres y las mujeres, los heterosexuales y los homosexuales, los inmigrantes y los nativos, los buenos y los malos, las víctimas de ETA y las del franquismo. Y todo ello se ha hecho sobre la base de la discriminación positiva, eso que estuvo de moda en los Estados Unidos hace veinte o treinta años, y cuyos deletéreos efectos se hacen sentir ahora, dando lugar a un acelerada marcha atrás. El derecho a la igualdad ha sido trastocado por los trileros de la teoría y se ha convertido en derecho a la diferencia. Un candidato norteamericano a la presidencia tiene que lidiar con los representantes de colectivos que debían haber sido integrados en la condición de ciudadanos norteamericanos hace décadas, y que lo hubieran sido sin el corporativismo étnico y de género y sin la sustitución del cristianismo por el islam en las comunidades negras.

El factor con el que no han contado los legisladores es que la gente sí quiere igualdad. Que es por la igualdad, de géneros y de sexos, de etnia, de color, de derechos en suma, que la gente se ha movilizado, muchas veces cometiendo gruesos errores, a lo largo del siglo XX, contra las varias formas de totalitarismo que conoció la centuria. Incluido el totalitarismo democrático del PRI, al que tiende el PSOE. En Occidente, claro, donde llevamos más de dos centurias de derechos del hombre y del ciudadano. Al resto del mundo tiene que llegar, y llegará por la vía opuesta a la de la exaltación de la diferencia, precisamente por su superación.

El Día del Orgullo Gay, que pronto tendrá imitadores entre las corporaciones de inmigrantes, tiene mucho, aunque no en su forma, de las viejas fiestas de L’Humanité y de L’Unità, que el PCE y el Fórum de Maragall intentaron reproducir sin éxito. El agit-prop no es para cualquiera, y los partidos comunistas francés e italiano, muy poderosos, no hacían esos despliegues únicamente para celebrarse a sí mismos, sino para convencer a los que fuera posible convencer, mediante el argumento emocional de la camaradería y el entusiasmo. El Día del Orgullo Gay es una autoexaltación, creada por y para las corporaciones sexuales, que forman parte del poder establecido. No habría festejo alguno si de la espontaneidad dependiera. Pero mientras haya propaganda, habrá fiesta. Lo que no significa en absoluto, que se desengañen el PSOE e IU, que el muy mal llamado voto rosa vaya a parar a sus arcas.

vazquez-rial@telefonica.net
www.vazquezrial.com

0
comentarios

Servicios