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SIBARITISMOS

El catecismo gay de Jesús Ferrero

Dice Luis Margol que Jesús Ferrero posee la segunda voz masculina más sexy de España. También tiene el escritor zamorano una de las voces literarias más interesantes del panorama europeo. Sobre todo ahora que coinciden dos libros suyos en los escaparates, de géneros diferentes pero claramente complementarios: Las experiencias del deseo. Eros y misos, que ha conseguido el Premio Anagrama de Ensayo, y El beso de la sirena negra, una novela detectivesca.

Es bueno leerlas a dos manos, alternando la una con la otra. La mirada a la derecha, al ensayo, nos proveerá de las claves analíticas, filosóficas y psicológicas para comprender mejor, mirada a la izquierda, el entramado moral y existencial de la detective Ágata Blanc y sus némesis, las aristocráticas y perversas sirenas negras Alize y Lucía Valmorant.

Hay días oscuros del cuerpo y del alma en que anhelamos el animal de fondo. ¿Buscamos a través de él el crujir de los dientes? ¿Qué buscamos exactamente? Yo sé que no es la muerte ¿No? Yo sé que que no es exactamente la muerte, ni exactamente el amor, ni exactamente el placer, ni exactamente el dolor. No debería empezar así el día. Esta clase de pensamientos me excitan más que la belleza física, y juraría que mi cara está ardiendo.

El beso de la sirena negraPublicada por Siruela, El beso de la sirena negra es la primera novela negra de Ferrero, pero los que le siguen desde Bélver Yin reconocerán una prosa y unos personajes enfebrecidos, ebrios, oscuros, al margen de la moral establecida, instalados en el reverso tenebroso con la misma devoción que Darth Vader o Hannibal Lecter. El incesto, la homosexualidad o el sadomasoquismo se viven en el puente aéreo Madrid-París con la misma naturalidad que la castidad en un convento de benedictinas. La dificultad que encontraba en la saga de Millenium para encontrar una frase o una secuencia que tuviesen valor literario en sí mismo, ya que Larsson se confiaba por entero a la seducción de la máquina del suspense y al poderío de un par de sus personajes, se trastoca en Ferrero casi por completo: la trama es diáfana y casi infantil de previsible –la luna llena de los perversos ilumina tanto a su modo como el sol del mediodía de los beatos–, pero los destellos de estilo literario casi en cada página hacen que las menos de doscientas de su libro merezcan más la pena que las miles de su colega sueco.

Ver o no ver... el infierno que se oculta en el paraíso, el paraíso que se oculta en el infierno. Ver o no ver el otro lado, pensé, y razoné para mis adentros: veo, luego existo.

La innegable vocación de Ferrero por hacer de la literatura un ejercicio virtuoso poblado de seres viciosos se ve estropeado en cierta manera por su querencia a hacer explícitos, a veces acertadamente pero también en ocasiones de forma toscamente obvia, los referentes cultos con los que establece conexión, de Lewis Carroll a Marcel Proust, pasando por Klossowski y Stendhal. Como si no tuviese mucha confianza, por ejemplo, en que sus lectores fuesen capaces de descubrir por sí mismos el paralelismo entre su Alize y la Alicia del reverendo Dodgson, aquel lógico angelical del que sospecharon tendencias pedófilas y ser la identidad secreta de Jack el Destripador. O como si le faltara espacio y tiempo para desarrollar sus ideas y la editorial le hubiese puesto un límite de páginas, de forma que sus personajes no acaban de dibujarse, o lo hacen estereotipadamente. Finalmente se nos presenta un extraño híbrido, usando el imaginario cinematográfico que le es tan grato al también guionista Ferrero, entre 9 semanas y media de Adrian Lyne y Eyes wide shut de Kubrick o Femme Fatale de Brian de Palma y Cara de ángel de Preminger.

Pero esperamos que esta trayectoria en la novela negra de Ferrero se consolide, por esta senda del alto estilo aunque haciendo del mal una sombra no por leve menos intensa, como supieron hacer Agatha Christie y Patricia Highsmith, y la combinación entre Eros y Thanatos se teja con la delicada complejidad de la literatura finisecular que supo trazar tan finamente Arthur Schnitzler.

Las experiencias del deseo. Eros y MisosPara introducirnos en el microclima moral y existencial de Ferrero nada mejor que pasar "al otro lado de un espejo negro y vaporoso" gracias a su ensayo Las experiencias del deseo. Eros y misos. Lo que nos propone el que fue estudiante en París y asistió a los cursos de Levi Strauss y Foucault, de Barthes y Deleuze, es desprendernos de las cargas ideológicas que han ido sepultando y tergiversando nuestro universo del deseo. En la senda que inauguró Nietzsche y su genealogía de la moral, Ferrero ha escrito un brillante, light y gay catecismo para libertinos. Light en el sentido nietzscheano de alado, nada pesado en ningún sentido de la expresión. Gay también siguiendo al autor de El gay saber, es decir, una propuesta por un conocimiento liberador, alegre, que haga bailar en lugar de provocar depresión, alejado de los impostados, graves, dolientes y quejicosos sentimientos trágicos de la vida. Catecismo porque ilustra de manera clara y ejemplarizante sobre los grandes conceptos que la tradición occidental ha ido estableciendo para clasificar y conocer lo que nos sucede en la vida del deseo. Libertinos desde el punto de vista de los dogmas morales establecidos que pesan como una joroba de camello desde hace dos mil años y sobre los que salta Ferrero con elegancia para devolvernos al ambiente más sano y claro de los griegos, la fuente primordial de los dos conceptos fundamentales sobre los que se organiza el deseo: Eros, o la experiencia de la atracción (ese "amor" que no hay forma ya de escribir sino es entre comillas después de tanto Hollywood), y Misos, o la experiencia de la repulsión (ese "odio", sentimiento tan íntimo y tan poderoso como el anterior, puesto artificialmente en cuarentena por los brigadistas oficiales de lo políticamente correcto).

Ferrero piensa acertadamente que somos, como Jano o cualquier personaje de Shakespeare, bifrontes, atraídos hacia los demás y hacia nosotros mismos por la atracción y la repulsión. Epicúreo y spinoziano, platónico y freudiano, no teme Ferrero ser expulsado del Ministerio de la Verdad, al hacer una apología del narcisismo o al reconocer la gula como una fuente primaria y elemental del goce (únicamente le he detectado una incursión en el terreno del tópico cuando le achaca al ser humano una luciferina pasión por la violencia, ajena, dice, al resto del mundo animal. Bullshit made in waltdisney, of course). Ajeno a la afectación en la que solían caer sus maestros franceses, la prosa ensayística de Ferrero es tersa y transparente, y me ha recordado más a los grandes ensayistas italianos de los últimos tiempos cuyo apellido comienza con la C, de Colli a Calasso pasando por Citati.

Si es usted narcisista, egoísta o ególatra, idiota, autocomplaciente o vanidoso, orgulloso, soberbio, arrogante, le gustaría distinguir la admiración de la idolatría, o asumir su naturaleza sexual, comprender para superar (o no) su odio hacia sí mismo que le lleva a la anorexia o a la gordura mórbida, a morir por querer matar a alguien, o esa dimensión sádica o masoquista o ambas que ha descubierto hace poco y que no acaba de asumir, ha encontrado en Jesús Ferrero no el enésimo libro de autoayuda banal para acompasar sus traumas y patéticas debilidades sino un compañero filosófico para salir de la caverna ideológica en la que está usted sumergido y, una vez al aire libre del deseo como eterno retorno, respirar a pleno pulmón.

Cuando un soldado está matando a otro en una guerra, sabe que está matando a un hombre, tiene plena conciencia de ello, y también sabe que ha pulverizado una vida, una cadena que se mantenía ininterrumpida desde el origen, lo sabe... Pero eso no detiene su dedo ante el gatillo. Lo sabe, y por saberlo, dispara. Y luego ese soldado irá a ver a su novia. Y ella le recibirá ansiosa y excitada, y harán salvajemente el amor.

Las experiencias del deseo. Anagrama, Barcelona, 2009. 220 páginas, 17 euros.

El beso de la sirena negra. Siruela, Madrid, 2009. 161 páginas, 17 euros.

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