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VIAJES

Escher, la Alhambra y la Santísima Trinidad

En una ocasión presencié cómo una niña le preguntaba a un sacerdote por la Santísima Trinidad, que no comprendía. El religioso ni corto ni perezoso planteó una analogía entre el Dios único que es tres con el agua en sus momentos de líquido, vapor e hielo.

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La niña se sintió satisfecha pero dada la inexactitud de la metáfora me temo que en el futuro descubra que hay mentiras, medias verdades, estadísticas y comparaciones tramposas. Porque el agua en sus diversas manifestaciones físicas no rompe con el principio de identidad...

Si la Santísima Trinidad es un dogma del catolicismo es precisamente porque no se puede entender racionalmente y hay que asumirlo mediante esa paradójica facultad de conocimiento que es la fe. De todos modos, siguiendo a Santo Tomás, una ayudita de la razón nunca viene de más, también en cuestiones de que afectan al conocimiento de lo sobrenatural. Pero en lugar de ejemplos torticeros podemos echar mano de pertinentes y relevantes conceptos de la filosofía, hechos científicos o imágenes artísticas sugerentes para, oblicuamente, ilustrar misterios teológicos.

Todo esto pensaba mientras recorría las dos sedes que en Granada acogen la exposición M.C. Escher. Universos Infinitos, el Parque de las Ciencias y la capilla del Palacio de Carlos V en la Alhambra. Porque Escher es el artista del siglo XX que mejor ha combinado en su obra religiosidad, ciencia y arte. Cuando se entra en la parte de la exposición recogida en el Parque de las Ciencias nos encontramos con su interpretación del Génesis, día a día, con una xilografía a fibra de Dios en forma de pájaro creando el mundo. Los pájaros, los reptiles, los peces y los insectos serán sus bichos favoritos, que formarán los puzzles visualmente más poderosos. Y desde la gran cúpula de la exposición en el Parque de las Ciencias cuelgan estas gráciles bestias, como móviles de Calder, sobre los espectadores.

La Alhambra es una mística y una matemática del espacio y el tiempo. Escher la visitó en dos ocasiones. En la primera era un jovenzuelo holandés de familia pudiente que andaba de aquí para allá sin saber muy bien qué hacer con su vida. Tras unos años en Italia, donde encontró su destino de artista y el amor de su vida, volvió a Granada: 

Esta mañana estuve en la Alhambra. Disfruté plenamente de esta sublime y aristocrática obra de arte. Por la tarde regresé allí otra vez y empecé a copiar los adornos mayólicos (...) Los árabes eran unos auténticos maestros en el arte de dividir el plano. La Alhambra está llena de patrones conseguidos yuxtaponiendo piezas multicolores sin dejar espacio entre ellas.

Corría 1936. Aunque más que correr ese año en España se precipitaba de cabeza, cuesta abajo y sin frenos hacia el desastre total de la Guerra Civil. Sin embargo, mientras el país se desnortaba definitivamente el artista que había alcanzado una perspectiva propia volvía a aquel palacio donde había encontrado la clave que le había permitido desentrañar el mundo: los arabescos poéticos de los paredes nazaríes –en los que se entrelazaban armoniosamente la matemática y la mística, enigmáticamente la geometría y el amor– orientaban a Escher hacia un tipo de grafismo que fundiese en una sola operación el rigor de los conceptos físicos con la libertad de las intuiciones del corazón.

El problema de cómo encajar figuras congruentes... en particular cuando la forma de tales figuras se propone para provocar al espectador asociaciones con un objeto o una forma de la naturaleza comenzó a intrigarme aún más después de mi primer viaje a España en 1922. Aunque en aquel tiempo mi interés estaba enfocado principalmente en el arte gráfico libre, de tanto en tanto volvía a los ejercicios mentales de mis puzzles gracias al ejemplo o inspiración de la cerebral decoración islámica.

Esta combinación entre ciencia, espiritualidad y arte es lo que llevó a Douglas R. Hofstadter a escribir Gödel, Escher, Bach: un Eterno y Grácil Bucle, en el que Escher hacía de puente entre los resultados lógico-matemáticos de Gödel y las composiciones lógico-musicales de Johann Sebastian Bach. Enigmas y paradojas de la estirpe de la Santísima Trinidad y que fueron convertidos en grabados por Maurits Cornelis Escher.

Por ejemplo, Manos dibujando, una litografía de 1948 en la que una mano izquierda dibuja una mano derecha y, al tiempo, la misma mano derecha dibuja a la mano izquierda. Dos niveles jerárquicos, la mano que dibuja y la mano que es dibujada, se enredan de manera sorprendente a fuer de absurda. Y compleja porque, obviamente, hay un tercera mano, la mano de Escher que dibuja ambas. O también la xilografía a contrafibra y fibra en rojo, verde, dorado y negro Cinta de Moebius I (1961), la mejor representación que he visto nunca, junto a su también xilografía "Nudos" (1965), del clásico escudo triangular de la Santísima Trinidad. O la sugerente, hermosa y misteriosa litografía titulada Lazo de unión (1956), en la que dos rostros forman una unidad enlazándose a través de mondaduras de piel mientras unas esferas burbujean a su alrededor.

En la capilla del Palacio de Carlos V donde está instalada la exposición Escher hay dos ventanas en las que se concentra toda la magia del arte. Desde un ventanuco del siglo XVI, al que solo se puede acceder de cuclillas, se puede contemplar el Patio de los Arrayanes del siglo XII a través de unas comarías. Entre el palacio cristiano y el islámico, un mínimo espacio sin uso, un vacío que articula dos mundos y dos épocas diferentes. Un hueco que rellena Escher con su visión figurativa del arte abstracto islámico. Podemos ver espectralmente al artista proyectado en otra de las ventanas del edificio renacentista mientras realiza uno de sus grabados. La tenue imagen del grabador en el cristal hace de fantasma que nos enseña a través de su trabajo humilde aquello que decía Santa Teresa de Jesús: Dios se encuentra también entre los fogones. Y en los palacios y en los parques de la ciencia. Solo hay que abrir los ojos y el espíritu como hizo aquel jovenzuelo que no sabía qué hacer con su vida.

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