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GENTES DEL LIBRO

Muñoz Seca: genio y figura, ay, hasta la sepultura

Federico Carlos Sainz de Robles dijo de él que era el "Lope de Vega del siglo XX, por su fecundidad y éxito". Y a fe que fue don Pedro Muñoz Seca autor fecundo: se bastó él solito para escribir un centenar de obras, y compuso otras tantas a cuatro manos, con gentes como Pedro Pérez Fernández (nada menos que 83), Enrique García Álvarez (15) o Azorín.

Y para qué hablar de los éxitos que cosechó; bien es cierto que más antes que ahora, pues fue, nos dice su nieto –un tal Alfonso Ussía, ¿lo conocen?–, "un desmedido dominador del arte escénico excesivamente sometido a las coyunturas de su tiempo". Se sobreentiende que dejamos en este punto aparte La venganza de Don Mendo, ¿no?

Así que fue autor fecundo y exitoso; y un cachondo, por hablar a la llana y con la mente puesta en la tercera acepción del diccionario de la Academia. Lo ilustraremos con una anécdota: sabemos que nació en El Puerto de Santa María el 20 de febrero de 1879; pero él nos vendió otra fecha:

"Confieso, un poco encendidas las mejillas, que me quitaba años. Di en pensar que el 1881 era un capicúa lindísimo y digno de que hubiera nacido en él un tío de mi buena suerte, y, sin más trámites, decidí, propalé e hice constar en todas mis biografías que había venido al mundo el 20 de febrero de 1881 a las diez y cuarto de la noche, hora corriente de comenzar los espectáculos".

El cuarto hijo de los diez que tuvo el matrimonio conformado por José Muñoz Cesari y María Seca Miranda acudió a dos colegios de su patria chica: el de San Cayetano y el de San Luis Gonzaga. Más tarde hubo de trasladarse a Sevilla para cursar estudios de Filosofía y Letras y Derecho, que concluyó en 1901. Ya por entonces, con apenas veinte años, habrá estrenado un puñado de obras en el Puerto (El señor Pilili, República estudiantil, El maestro Canillas...), y Las guerreras en la capital andaluza.

Le llega el turno a Madrid, adonde se traslada para seguir cursos de doctorado e intentar abrirse camino en el mundo de la escena. Al poco de llegar al Foro consigue un empleíto que le permite ir tirando: da clases de latín, griego y hebreo en una academia, y algo más tarde entra de pasante en el bufete de Antonio Maura, ese animal político que llegó a presidir el Gobierno por cinco veces en tiempos de Alfonso XIII. Por lo que hace a las literaturas, el joven Pedro consiguió colocar sus papeles en revistas de primer nivel como Blanco y Negro, La Ilustración Española y Americana y Nuevo Mundo.

El contrabando, una pieza que escribió al alimón con Sebastián Alonso, fue la primera de sus obras que consiguió ver en las tablas de un teatro madrileño (concretamente, en las del Lara). Corría el año de 1904. Cuatro años después se haría con un carguete en la Comisaría General de Seguros, dependiente del Ministerio de Fomento, y otros dos años más tarde contraería matrimonio con Asunción Ariza, que le dio nueve hijos.

Son los felices años 20 los años de su consagración como dramaturgo. Y es que en el teatro de Pedro Muñoz Seca "se va perfilando –leemos en la web de la fundación que lleva su nombre– una peculiar forma de hacer comedia: el astracán o astracanada, subgénero que exagera y deforma hasta lo increíble los rasgos cómicos utilizando todo tipo de recursos con el único fin de hacer reír", y que crea el propio autor gaditano. Son de estos años, y citaremos sólo unas cuantas, las piezas Por peteneras (1911), Trampa y cartón (1912), El roble de la Jarosa (1915) y Los cuatro Robinsones (1917).

Hasta Rodrigo Rato ha participado en una representación de Don Mendo, haciendo de Rey AlfonsoY la "inolvidable e inolvidada" (Ussía dixit), La venganza de Don Mendo (1918), por supuesto; "una obra que se sale de su repertorio y una de las más perfectas en su género en el teatro español, imposible de ver sin soltar la carcajada cada cinco minutos", al decir de ese voraz lector y grafómano impenitente que atiende por el nombre de Andrés Trapiello. Que sigue diciendo: "Desde su estreno en 1918 es posible que sea, con el Don Juan de Zorrilla, la obra española de teatro que más veces se haya puesto en escena" (Las Armas y las Letras, Península, 2002).

¿Habrá de extrañarnos el que, a medida que iba Muñoz Seca llenando los teatros hasta el paraíso, le saliera al paso una marabunta de enanos envidiosos? Ya se sabe: en España siempre han sido legión aquellos que consideran una afrenta imperdonable el éxito ajeno, y tampoco han escaseado jamás los ungidos que juzgan naturalezas incompatibles la calidad y la cantidad, el talento y la popularidad. Por ahí quisieron darle sus enemigos; pero en esto que vino Valle-Inclán el cascarrabias y dictó sentencia: "Quítenle al teatro de Muñoz Seca el humor; desnúdenle de caricatura, arrebátenle su ingenio satírico y facilidad para la parodia, y seguirán ante un monumental autor de teatro".

Don Pedro siguió a lo suyo, escribiendo obras con mucha guasa y llenando a modo las plateas. Son de los años 20 La pluma verde (1922), Los chatos (1924), La tela (1925) y la de título inefable: Los extremeños se tocan (1927).

Estaba el patio político alborotado en España en los años 30, y Muñoz Seca no quiso pasarse sin meter baza: conservador de los pies a la cabeza (en la vida, que no en las candilejas), monárquico decidido y católico fervoroso, se sirvió de su pluma satírica para poner como chupa de dómine a quienes no comulgaban con sus ideas en obras como La Oca (1931) o Anacleto se divorcia (1932).

Y en esto que llegaron los días más negros de nuestro siglo XX. Estaba Muñoz Seca el 18 de julio del 36 en el Teatro Poliorama de Barcelona. Era el estreno de La tonta del rizo. El público le pidió que saliera al escenario. Él agradeció los aplausos que había cosechado su obra, pero dijo que no era ése momento para risas, sino para apoyar al Ejército, que se había sublevado para salvar a España.

No le permitieron volver a Madrid. De los calabozos de la Jefatura de Policía de Barcelona pasó a la cárcel madrileña de San Antón. Y de ahí, el 28 de noviembre, a Paracuellos del Jarama, donde fue asesinado junto a otros miles de personas.

Ni siquiera entonces perdió el humor, pues dicen que dijo a sus asesinos lo que sigue:

"Me lo habéis quitado todo, la familia, la libertad; pero hay algo que no me podéis quitar: el miedo".

Manda guasa lo de don Pedro Muñoz Seca, genio y figura, ay, hasta la sepultura.

GENTES DEL LIBRO: George Orwell – Fiódor Dostoievski Miguel Mihura Dashiell Hammett Juan Rulfo R. L. Stevenson.

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