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Obamérica

De fines y medios

El mayor control posible del poder es uno de los medios por los que Barack Obama quiere alcanzar sus fines. El más importante de estos objetivos es acabar con Estados Unidos tal y como lo hemos conocido hasta ahora. Esta afirmación podrá resultar hiperbólica para muchos, pero aquí uno cuenta cada semana lo que ve, como testimonio de quien hace dos décadas largas dejó la España socialista de Felipe González para unirse al sueño americano que por entonces pilotaba Ronald Reagan. De la falacia política de Obama y de los disfraces de su campaña ya vinimos dando cuenta en estas mismas páginas y lo mismo cuando, hace ya ahora quince meses, indicamos que la izquierda política norteamericana había llegado ya a la Casa Blanca.

Hoy sabemos ya que así fue y que los norteamericanos lo estamos viviendo cada día con la paulatina nacionalización de lo privado y el ejercicio obamita de culto y exaltación del gran gobierno en detrimento de la libertad individual. Quedan ya pocas dudas de que Obama lanzó su carrera presidencial con el objetivo de usar el proceso democrático para alterar el modo de vida norteamericano y guiar a su modo el inicio del declive de esta nación. Obama no es ningún ignorante sino un astuto sectario que, encaramado por los rencores de la izquierda norteamericana durante varias décadas y con apuntes de Alinsky, supo encontrar el momento clave para aprovechar un país dividido, llevarse la nominación de su partido y derrotar con facilidad a un centrista republicano escasamente estimado entre los liberales conservadores en Estados Unidos.

Ya en el poder, y mediante una agenda política alejada de los usos de este país y con radicales reformas, Obama está dirigiendo la caída del "imperio" norteamericano. Porque no vale llamarse a engaño: Estados Unidos es hoy una nación en decadencia que vive una de las peores crisis económicas de los últimos tiempos. El propio asesor de Obama, Rahm Emanuel, ya se encargó de repetir hace unos meses que había que aprovechar esta crisis para realizar los cambios que durante generaciones la izquierda política deseó hacer pero no pudo. No hay más que prestar atención a lo que se dice en el seno de la Casa Blanca para darse cuenta del pelaje de esta administración y de su poca estima hacia el excepcionalismo norteamericano y las tradiciones políticas de esta nación.

Ni a Obama ni a su equipo le gusta el modo en que se fundó Estados Unidos. Para Obama, la Constitución contiene una serie de "libertades negativas". Por eso se entromete en el poder judicial amonestando al Tribunal Supremo en un discurso ante el Congreso. Obama y los suyos, además, tienen un resentimiento personal hacia la América profunda y hacia su tradición judeocristiana. No les gusta este país, lo juzgan injusto, inmoral, con una capacidad militar innecesaria, con un sistema capitalista que ven como dañino y al que hacen ahora frente con el control del Gobierno en todos los ámbitos posibles, desde intervenir bancos, compañías automovilísticas o Wall Street hasta regular la cantidad de sal en la comida. En este contexto hay que entender la agenda de Obama, la mal llamada "reforma" sanitaria, la ley energética que ahora se cursa, el intervencionismo financiero y tantos otros proyectos de ley que Obama busca aprobar con Reid y Pelosi antes de que lleguen las elecciones intermedias de noviembre. No son proyectos para mejorar la vida de los ciudadanos sino para controlarlos a machada de impuestos y crear dependientes.

El lector podrá analizar cada una de las acciones ejecutivas y legislativas bajo Obama para darse cuenta del abismo al que lleva su prometido "cambio". Lo interesante es que no se trata tanto de la ineficiencia de Obama y su equipo cuanto de un premeditado cálculo del presidente y de sus asesores para ir creando crisis tras crisis y permitir así un caos sociopolítico y legislativo que favorezca grandes cambios –antes impensables– en la tesitura de este país. Es imposible creer que todo lo que Obama toca falla, desde el desempleo al déficit interno, desde la seguridad nacional al desprecio a Israel pasando por la permisividad con Irán. Más bien, todo está calculado y el fin es minar a Estados Unidos como superpotencia mundial. En último término, Obama se juzga antes ciudadano del mundo que norteamericano. Y Obama mismo ha dicho que no le importaría ser presidente sólo un mandato. Bien sabe él que en cuatro años puede poner este país patas arriba.

A día de hoy el rayo de esperanza para Estados Unidos es la ya existente revuelta pacífica y democrática de un pueblo que va despertando y que irá a las urnas en noviembre para limitar el poder de Obama rompiendo las mayorías de los legisladores demócratas en el Congreso. Mayoritariamente, los ciudadanos se han dado cuenta ya de las falacias de la campaña de Obama, de sus disfraces y del marketing, de que todo lo que ha tocado esta administración ha ido sospechosamente de mal en peor. La respuesta ciudadana por vía de movilizaciones está siendo demonizada por la izquierda pero en esos ciudadanos está lo mejor de la tradición de esta nación, lo mejor de Hamilton, de Jefferson, de Adams, de Washington...

Ese número creciente de ciudadanos reclama, como en 1776, que se siga respetando que todos los hombres son creados iguales; que somos dotados por nuestro Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. Como sus antepasados, los norteamericanos de hoy saben también que para garantizar esos derechos el Gobierno deriva sus poderes legítimos del consentimiento de los gobernados. Y que cuando una forma de gobierno se hace destructora de esos principios, como es el caso ahora con esta administración, el pueblo tiene el derecho a tomar partido. Obama no debería olvidarlo.

Alberto Acereda es catedrático universitario en Estados Unidos y miembro de la Academia Norteamericana de la Lengua Española, correspondiente de la Real Academia Española.

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