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Despilfarro

Despotismo olímpico

Decía el difunto Perich que si el deporte era apreciado por todas la dictaduras, algo malo tendría. Del mismo modo en que el sueño de todo buen mafioso es tener su propio equipo de fútbol, la respuesta de todo buen autócrata ante una bajada de popularidad es celebrar cosas como peleas de gladiadores, o invadir las Malvinas u organizar unos Juegos Olímpicos. El deporte es la única actividad entre adultos en la que uno puede competir abiertamente sin que te coloquen el estigma de fascista-insolidario-neoliberal: se compite y luego... más amigos que nunca. ¿Cómo es que allí donde se muestra más claramente el espíritu competitivo se celebra también el espíritu de unión? De la misma forma en que muchos se quitarían de comer antes de prescindir de su abono en el Bernabeu, los países y las ciudades se endeudan durante décadas para organizar unos Juegos. ¿Qué diantres quiere decir todo esto acerca de esa anomalía llamada deporte?

La cosa viene de lejos. Los griegos de la antigüedad se creían un pueblo frente a los Persas, pero eso no obstaba para que las ciudades griegas se matasen entre ellas cuando no tenían otra cosas que hacer. Pese a ello, declaraban una tregua para organizar sus Juegos. Un mega-forum de las culturas con infinidad de titiriteros y oenegés sería lo lógico en una tregua, pero resultaría aburridísimo. En cambio el deporte no es aburrido, porque, como espectáculo de masas, deriva del combate singular. El origen medieval de la misma palabra "torneo" lo atestigua. En el combate singular, en lugar de guerrear al completo dos tribus o dos ciudades o dos países, cada parte elege a unos pocos y éstos son quienes se enfrentan. En cada tribu esa elección se realizaba mediante la competición en unas Olimpíadas. Y ahí se jugaban mucho. Previamente, cada unidad menor había hecho lo propio. El sistema de clasificación ya estaba allí. Durante los Juegos, los griegos paraban de guerrear entre sí con el objetivo de elegir a los mejores para un hipotético combate singular contra los enemigos comunes. De ahí el simultáneo espíritu de unión y de competición abierta entre los candidatos.

Con todo este espíritu a flor de piel, no es extraño que los organizadores del tinglado tuvieran gran predicamento. En los torneos medievales, el cacique organizador de los Juegos, al que se le rendía pleitesía, estaba rodeado de las damas más bellas y juntos presidían el evento. Es probable que ahí se gastase también sin medida. Se ignora si el cacique y sus damas se daban grandes viajes promocionando los Juegos o si regalaban trajes y perniles a diestro y siniestro. Pero la base del negocio ya estaba montada.

Alberto Gómez Corona es físico y creador de varios blogs sobre evolucionismo, como La nueva Ilustración evolucionistaPsicología evolucionista y Darwinismo Conservador.