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Columna publicada el 03-12-2000
Lea Argentina: Muerte dulce, 1
Un interminable coro de bienpensantes recitan al fondo una cantinela según la cual “como la ortodoxia financiera que implica la convertibilidad es buena en sí, es imposible que su aplicación pueda causar ningún problema a la economía argentina” y, además, “como la economía argentina es relativamente cerrada y sus relaciones comerciales con Brasil no son excesivamente significativas en términos de PIB, la revaluación de la moneda nacional que representa el tipo de cambio no significa un obstáculo excesivo al crecimiento”. Bastaría -dicen, insensatos ello, como si ello fuera suficiente, al margen de su dificultad- con rebajar nominalmente precios y salarios para restablecer los equilibrios. Y, después de esta brillante reflexión, la legión de expertos económicos y científicos sociales dedican su tiempo a otras actividades de ingeniería social.
No se dan cuenta de que en cualquier economía, y máxime en una en la que el tipo de cambio es el del dólar, no es posible que ninguna empresa mantenga su competitividad con tipos de interés del 20% y, en todo caso, mucho más altos que los de las principales economías, competidoras o no. En economías de este tipo los empresarios no invertirán ni renovarán; de una u otra forma, todos los ciudadanos sacarán del país toda la liquidez -no tan sólo los beneficios empresariales- y los colocarán, como ahorro financiero o inversión, en otros países.
Si, además, la clase política del país en cuestión -Argentina en nuestro caso- quiere comprar la aprobación de los votantes con más impuestos, más gasto público, más derechos sociales, más exenciones y, simultáneamente, con acuerdos con los principales monopolios o -en el caso opuesto- con un intervencionismo reductor del beneficio, incompatible con la actividad normal de las empresas más importantes, ocurrirá que, aunque esté cerca del equilibrio fiscal, la deuda pública seguirá incrementándose y las expectativas de todos los agentes sociales se reducirán. Al final, inevitablemente, desaparecerán los dólares de la circulación, después se reducirá la base monetaria y será inevitable la suspensión de pagos y, en último término, se abandonará la paridad fija con el dólar.
La economía argentina está condenada. No creo que sea capaz de mantener el actual esquema de funcionamiento dos o tres años. Para el año 2001, el FMI ha concedido 20.000 millones de dólares USA para alejar tanto ese acontecimiento como para evitar el contagio al resto de países de la zona, ya afectados por los descalabros de Perú, Ecuador, Venezuela y Colombia.
Ni estoy defendiendo ni creo en las devaluaciones competitivas. Creo que la devaluación permite volver a restablecer los equilibrios económicos cuando han sido rotos, precisamente, por un exceso de gasto público, de déficit, de crecimiento salarial o de abuso de posiciones de monopolio. Las devaluaciones permiten volver a empezar, dan una nueva oportunidad a los países que se han empobrecido como consecuencia de los abusos de sus gobernantes. Creer, como lo ha hecho Cavallo, y lo hizo Solchaga en su día, que anunciar las reglas de juego de la economía de competencia perfecta es suficiente para alterar el funcionamiento de las instituciones, es un imperdonable pecado de soberbia. En su contexto histórico, es un experimento similar al que durante doscientos años han hecho los países latinoamericanos, que creían que para que funcionaran las instituciones políticas era suficiente con copiar el texto de la Constitución americana, sin aceptar que ésta era una consecuencia de la aceptación social de unas instituciones previas, como la propiedad privada y la separación estricta de poderes.
Atajar una hiperinflación es un dificilísimo ejercicio. Cavallo controló la inflación y, de paso, liquidó la economía argentina. La tragedia que representaría que Argentina abandonara la paridad fija con el dólar sería temporal, siempre que, simultáneamente, se adoptaran medidas de reducción del consumo y gasto público y no espantaría tanto a los inversores nacionales y extranjeros como la actual situación de inevitable muerte dulce. Los inversores españoles, en particular los bancos, sufrirían, pero tienen tiempo para irse preparando a lo que se les avecina indefectiblemente.

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