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Columna publicada el 11-06-2006
Lea aquí la primera parte del artículo Europa está dejando de existir titulado Causas Económicas.
IV) Las contradicciones en el seno de la Unión Europea
La Unión Europea vive, desde principios de los noventa, esa contradicción, que se ha saldado con el desprestigio de las instituciones europeas, que ha pasado a ser, para muchos, quizá la mayoría, de los ciudadanos europeos, una burocracia intervencionista sin objetivos consensuados.
Pero en la medida en que los políticos autodenominados europeístas, en lugar de defender los principios de libertad hacia dentro y frente al resto de mundo, se han centrado en aplicar autoritariamente otra serie de políticas comunes, que muchas veces son una negación de la libertad, han transformado a la Unión, que ha pasado de ser una entidad supranacional impulsora del desarrollo propio y ajeno, a convertirse en una fortaleza nacionalista y proteccionista.
V) Las políticas comunes espurias de la Unión
Y aunque parecía que triunfaban las tesis ilustradas de los europeístas, en la práctica lo que se está convirtiendo en común son políticas de origen populista.
En primer lugar, el pacifismo. Frente a los conflictos internacionales y al terrorismo, la Europa populista apuesta por el “diálogo” y el acomodo a los más beligerantes. La enfermedad que aquejó a Francia y Gran Bretaña durante buena parte de la primera parte del siglo XX, y que incitó las políticas agresivas de Alemania y la Unión Soviética, ha vuelto, para hacerse común y europea.
En segundo lugar, el antiamericanismo. Consecuencia directa del pacifismo y el temor a tener que hacer frente a la demagogia a nivel nacional, explicando que la auténtica paz exige sacrificios, gasto, riesgos y conflictos armados en situaciones determinadas. Estados Unidos se convierte, para los políticos europeos, en el gran Satán, por intentar enfrentarse, aunque a menudo con errores, a las responsabilidades derivadas de ser una democracia consolidada. Y la salida, común y europea, ha sido hacerse antinorteamericanos.
En tercer lugar, el ecologismo. Los líderes europeos son todos ecologistas, lo que significa no tomar ninguna decisión que afecte al posicionamiento de cualquier grupo ecologista, con razones o sin ellas. Por eso, simultáneamente, se firma Kyoto –para combatir el calentamiento atmosférico– y se dejan de construir centrales nucleares. Se arbitran todo tipo de medidas administrativas respecto a cómo producir, con costes inasumibles para muchas empresas. Al margen de si esas medidas son lógicas o no. Los costes de la construcción de infraestructuras, el propio desarrollo urbano y la generación de energía, se disparan. Un coste que, en un mundo globalizado, donde cada vez es mayor la competencia, reduce arbitrariamente y sin razones de peso, las perspectivas de rentabilidad de muchas empresas europeas.
En cuarto lugar, los excesos del estado de bienestar, que limitan la libertad individual, la acumulación de capital, la libertad de establecimiento de nuevas empresas, y la capacidad de decisión del empresario. Se ponen trabas al ejercicio de la libertad en el comercio, el trabajo y la jubilación.
En quinto lugar, el igualitarismo, que tiene consecuencias funestas sobre todo en el sistema educativo, pues identifica la excelencia con el elitismo; limitando, como no podía ser menos, la capacidad de los menos favorecidos económicamente para competir, porque los más capaces, más preparados y más dedicados no tienen las oportunidades que necesitan en un sistema que no permite aspirar a la perfección.
Podríamos continuar, pero todas las políticas comunes que hoy parecen compartir la mayoría de los países miembros de la Unión Europea, son de ese tenor. Negativas, limitadoras, irresponsables y conservadoras en el peor sentido de la palabra. Es la Europa de los intereses, de la política agraria común, el poder sindical y el apoyo público a las empresas consideradas estratégicas en cada país.
VI) Conclusión. La implosión nacional
Por otra parte, tanto esas políticas, tan falsamente europeas, como las que constituyen la espina dorsal de la Unión europea, –la defensa de la libertad–, están siendo sometidas a revisión en cada país, con ritmos diferentes, en la medida en que producen efectos contrarios a los deseados o efectos temporalmente negativos en determinados sectores.
El pacifismo, la multiculturalidad, el estado de bienestar, la falta de valores positivos y el igualitarismo han producido, en distintos grados, según los diferentes países europeos, una caída drástica de la natalidad, la aceptación de prácticas religiosas, –por parte de muchos inmigrantes musulmanes–, antidemocráticas, violentas y discriminadoras hacia la mujer, un nivel de delincuencia cada vez más alto, la marginación de los trabajadores europeos peor formados, la xenofobia y el proteccionismo. Exactamente los fantasmas del pasado, contra los que se pretendía luchar con la creación del Mercado Común y su heredera, la actual Unión Europea.
Por todo ello creo que la Europa política está dejando de existir. Los políticos europeos, después de triunfar en lo más difícil, defender la democracia y el liberalismo económico, que culmina en el Acta Única de 1986, en lugar de profundizar en esos objetivos, que constituyen, en sí mismos un ideario político permanente, han emprendido una huída hacia delante, con nuevos objetivos para los que no estaban legitimados por sus respectivas bases nacionales, mientras, a nivel nacional, el populismo debilitaba los fundamentos originales de la Unión Europea. La Europa política quizá ya no existe; y de existir sería sobre unos valores negativos y populistas, que están minando tanto a la Unión Europea como a los países donde esos no-valores se han impuesto.

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