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Contra José María Lasalle, diputado del PP

La fascinación por la URSS y el socialismo ha sido, y todavía continúa siendo, una tragedia, que ha provocado 160 millones de muertos en el siglo XX en todo el mundo. Ahora está siendo sustituida por la fascinación por China

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Confieso mi asombro e indignación ante la lectura de un artículo de José María Lasalle, diputado del PP en el Congreso, en la tercera de ABC el pasado 30 de agosto.
 
José María Lasalle es un intelectual vinculado al Partido Popular, al que tuve ocasión de escuchar hace poco en una de las conferencias que organizó FAES para conmemorar el XV aniversario del derribo del muro de Berlín. Una conferencia que fue un encendido canto a la libertad.
 
Y ahora nos sorprende con esa tercera de ABC en la que pone a China como ejemplo para la esclerotizada Europa. ¡Qué vergüenza!, ¡qué ignorancia!, ¡qué falta de respeto a los derechos humanos!, ¡qué perversión intelectual! Perdonen los exclamaciones pero, aún subrayándolo, ese artículo me parece la mayor iniquidad perpetrada por un intelectual, supuestamente liberal, ligado al PP en la historia de la FAES de Aznar.
 
Coincido con el autor en el análisis de la situación europea, en la falta de iniciativas y de vigor reformista de la Unión Europea. No me voy extender en este extremo, pero sí en sus apreciaciones sobre China. Para Lasalle, China es el paradigma del éxito, el ejemplo a imitar, el futuro al que nos tenemos que plegar.
 
Está totalmente equivocado. Sufre de la fascinación de los intelectuales por el poder despótico. Su artículo es un ejemplo típico de las traiciones que muchas veces perpetran los intelectuales a la sociedad a la que pertenecen. China es hoy una sociedad más cercana a lo que fue el nacional socialismo alemán que a una economía moderna y a un estado de derecho. Vayamos por partes.
 
Lo primero, el éxito de China. No nos confundamos con las magnitudes: la renta per capita China continúa siendo bajísima, del orden de 1.200 dólares anuales. Pero la suma de sus 1.300 millones de habitantes por  1.200 dólares de renta per capita anual, significa un PIB de alrededor de 1,6 billones de dólares. El PIB de España, en 2005, será del orden de 900.000 millones de euros, equivalente a 1,2 billones de dólares. La diferencia entre España y China es probablemente mayor, a favor de China, por la probable minusvaloración del valor de los servicios en un país tan atrasado y también como consecuencia de tener precios y salarios muy controlados; pero estamos hablando de un PIB, en todo caso, del doble del español, logrado con 1.300 millones de habitantes, frente al valor de lo que producen los 44 millones de personas que viven en España.
 
El éxito de la nueva política china, la de los principios que impuso Deng Xiao Ping a finales de los años 70, ha sido enorme. Ese cambio significó rectificar los errores y los horrores del maoísmo, que provocó más de 100 millones de muertos entre asesinados y desaparecidos por las hambrunas, según se pone de manifiesto en “Mao: The unknown story”, un libro reciente de Jong Chang y John Holliday. Un cambio político que significó el reconocimiento parcial de la propiedad privada, la libre fijación de precios en muchos bienes y servicios, la libertad parcial de establecimiento y creación de nuevas empresas y la apertura a las inversiones extranjeras directas masivas. Estos cambios, junto con la frugalidad de la población, su enorme capacidad de ahorro, la recuperación de los valores de la familia tradicional y unos sacrificios personales ímprobos, explican el crecimiento chino y el que se esté convirtiendo en la principal de la fábrica del mundo para la producción de muchos bienes manufacturados; sobre todo, aquellos que pueden fabricarse masivamente con maquinaria moderna, tecnología importada asimilable y mano de obra barata, sin límites horarios de trabajo.
 
En segundo lugar, el crecimiento chino sería imposible sin las inversiones extranjeras directas, que aprovechan esa mano de obra, deseosa de prosperar, pero esclavizada, sin derechos, sin límites horarios ni vacaciones, lo que permite producir a precios imbatibles que, en muchos casos, son precios arbitrarios, con impuestos arbitrarios, tarifas arancelarias arbitrarias y suministros interiores a precios arbitrarios. El crecimiento chino es, en gran parte, reflejo del crecimiento de las multinacionales de países como los europeos, que han instalado una suerte de puertos francos en China. Hace ya muchos años que esa inversión extranjera directa se sitúa en torno a los 60.000 millones de dólares anuales, alrededor del 4% de su PIB actual. Un estímulo económico que entra directamente en la circulación del sistema, promoviendo la modernización y el crecimiento de todo el país.
 
Tercero, el sistema es insostenible a medio y largo plazo. Lo condenan la corrupción, la explotación  de la mayoría de la población por una clase política áspera e implacable, que utiliza el terror, el asesinato y las amenazas personales y familiares para mantener el sistema y consolidar sus posiciones dictatoriales. Un poder que ya no es comunista. Un poder nacionalista, intervencionista, ambicioso de riquezas, depredador de las empresas nacionales estrictamente privadas, abierto al pacto sólo con las grandes multinacionales. Una dictadura política que no ha evolucionado desde la matanza de Tiananmen. Una dictadura que es cada vez más una amenaza para sus vecinos, antes que una fuerza impulsora de la democracia y el cambio. Una dictadura que gasta una cantidad desmesurada en armamentos, represión y exploración espacial con objetivos militares.
 
Cuarto, estamos cansados de leer a intelectuales occidentales, tanto socialdemócratas como supuestamente liberales, cantar las alabanzas de los regímenes totalitarios. Un año antes del derrumbe del muro de Berlín y la desaparición de la URSS, economistas de primer orden, como Samuelson, escribían que el modelo soviético seguiría prosperando y que probablemente sobrepasaría económicamente a las sociedades capitalistas democráticas.
 
La fascinación por la URSS y el socialismo ha sido, y todavía continúa siendo, una tragedia, que ha provocado 160 millones de muertos en el siglo XX en todo el mundo. Ahora está siendo sustituida por la fascinación por China, un régimen nacionalsocialista, corporativista, intervencionista, pero con la inteligencia política que supone reconocer que un poco de libertad personal, un poco de libre empresa, un bastante de derecho de propiedad privada, y un mucho de precios libres, aseguran el crecimiento del país. Y, con ello, la capacidad para armarse hasta los dientes, el enriquecimiento y el mantenimiento indefinido en el poder de los familiares de los miembros del antiguo partido comunista chino y de los nuevos mandarines, que por su capacidad y entrega al partido constituyen una élite ilustrada, despótica y, finalmente, en algún momento de su vida personal, corrupta.
 
¿Ejemplo para Europa? Por mal que funcione Europa, nuestro continente es, en su conjunto, un Estado de Derecho. China es una terrible dictadura, corrupta y criminal, sin ningún deseo de autolimitarse.
 
Una vez más se demuestra, repitiendo el ejemplo que dieron la mayoría de los intelectuales españoles desde 1898 hasta 1936, que el sueño de la razón, la fascinación por el poder despótico con aspiraciones constructivistas para organizar las sociedades a imagen y semejanza de las ilusiones platónicas de los pensadores de derechas e izquierdas, constituyen uno de los grandes riesgos que corre la humanidad para mantener el estado de derecho, basado en el respeto a los valores tradicionales, el reparto de poderes, las elecciones libres, la independencia del poder judicial, la propiedad privada y el juego de las fuerzas del mercado.

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