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Columna publicada el 19-05-2005
Hay quien dice que los liberales ortodoxos deberían estar a favor del tipo único de IRPF, de las balanzas fiscales equilibradas entre autonomías, de la inmigración libre en España, de la condena de la intervención en Irak y del levantamiento del embargo a Cuba. Hay otros muchos temas, pero me centraré en ellos.
En relación al tipo único sobre IRPF, que sería la legislación lógica para un país que se acabara de crear o que saliera de un caos, como ocurre en los países ex-socialistas, no me parece adecuado para economías como la española. Creo necesario –por ejemplo– hacer frente a la imprevisión personal –otro pecado antiliberal– y fomentar, en concreto, el ahorro a largo plazo a través de la constitución de planes de pensiones. Esa sola excepción desvirtúa el tipo único, que sólo tiene razón de ser si no existe ningún tipo de exenciones fiscales.
En relación a las balanzas fiscales entre autonomías lo lógico, desde un punto de vista estrechamente economicista, sería pedir que se hagan y exigir el equilibrio entre todas ellas, porque las transferencias rara vez crean riqueza y fomentan, en cambio, la dependencia y la inactividad. Pero España es un ámbito nacional y yo acepto su existencia como una organización política en la que ese tipo de comparaciones no pueden hacerse, porque la historia común ha producido todo tipo de balanzas y hablar sólo de balanzas fiscales sería injusto y reduccionista. Si hiciéramos todas las balanzas y las equilibrásemos, terminaríamos con tantos países como personas. Habríamos pasado del liberalismo al hombre salvaje, que teóricamente existe en la fantasía roussoniana y que, además, resulta ser bueno. Lo cual es notoriamente falso.
En cuanto a la inmigración en España, los liberales ortodoxos deberían defender la libre instalación en nuestro país de todo el que quiera venir. Y soy partidario de cupos, de exámenes y de limitaciones. Porque, una vez más, defiendo el concepto de nación como organización social, con una capacidad limitada para asimilar el crecimiento de la población. Limitaciones que son, en definitiva, las de todos los seres humanos.
Sobre la intervención en Irak los liberales deberían condenarla, porque nadie tiene derecho a intervenir en cómo se gobiernan otros países y si tienen un gobierno despótico es la responsabilidad de esos nacionales que lo han permitido. Sí, pero, la globalización ha modificado la realidad; y la defensa de las naciones que tienen gobiernos democráticos autoriza a sus gobernante legítimos –en mi opinión– para intervenir en países dictatoriales, que puedan utilizar en un momento determinado –o que ya lo han hecho con anterioridad– armas de destrucción masiva que puedan afectar a toda la humanidad. La intervención y la guerra preventiva son imprescindibles frente a regímenes que pueden recurrir al terrorismo.
En el caso de Cuba muchos liberales norteamericanos piden el levantamiento del embargo, convencidos, también, de que la libertad de comercio hará más por socavar el castrismo que una política comercial restrictiva. Y es posible que tengan razón en este sentido. Aunque hay que recordar que Cuba ha tenido libertad de comercio con todo el mundo, excepto con EEUU, desde 1959 y que en esos 46 años esa libertad no se ha traducido en debilidad del régimen sino en fortalecimiento de la coacción, en enriquecimiento de sus élites y en los impagos a todas las instituciones políticas nacionales e internacionales que han confiando en el castrismo, empezando por España y Japón pero también la propia Rusia y China y la gran banca internacional y una parte sustancial de los inversores que han creído que podrían explotar una mano de obra laboral presa y obligada a trabajar en cualquier circunstancia. Pero volviendo al levantamiento del embargo, hay valores superiores, como evitar las operaciones comerciales de regímenes dictatoriales, que no sólo enriquecen a su nomenklatura con posiciones de monopolio, sino que utilizan la libertad para organizar revoluciones no democráticas, como está haciendo Cuba en estos momentos en Venezuela.

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