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Columna publicada el 19-09-2003
El treinta aniversario del golpe del general Pinochet contra el gobierno de Allende ha dado pie a la multiplicación de las condenas de esa acción tratando, al mismo tiempo, de identificar al gobierno derribado con la democracia y el respeto a los derechos humanos. El proceso de tergiversación de la verdad es un calco del que Pío Moa ha puesto, definitivamente, en claro en relación con los orígenes de la guerra civil en España. Una de las escasas excepciones a ese torrente de artículos y declaraciones –además de los artículos de César Vidal en Libertad Digital– lamentando la desaparición del “democrático” Allende, es el artículo de James P. Whelan, publicado en el Wall Street Journal el pasado día 16 de septiembre y titulado “Lo que realmente sucedió en Chile hace treinta años”.
Entre otras muchas consideraciones Jamen P. Whelan subraya las siguientes:
1º. A principios del 1973 campaban por sus respetos en Chile entre 10.000 y 15.000 revolucionarios, provenientes de todo el mundo. Y Whelan no menciona el papel de Fidel Castro que, en un viaje de cerca de un mes, acompañado, por cierto, por Pinochet, como delegado especial de Allende, preparó el terreno para un golpe estalinista.
2º. En 1972, dos años después de la elección de Allende, el congreso del Partido Socialista del mismo Allende declaró, oficialmente, “este estado burgués no sirve para la construcción del socialismo (...) es necesario destruirlo y conquistar todo el poder”.
3º. El Tribunal Supremo de Chile, el 20 de mayo de 1973, declaró que “Chile se encuentra en un estado inminente de desaparición de la legalidad”; una manifestación que respondía a la falta de respeto y obediencia a las resoluciones judiciales por parte del gobierno de Allende.
4º. El 22 de agosto, la Cámara de Diputados, a la que faltaron dos votos para procesar a Allende, declaró “es un hecho que este gobierno había decidido, desde el principio, conquistar el poder absoluto (...) para implantar un estado totalitario”.
5º. En 1973, Patricio Aylwin, posteriormente presidente democrático de Chile, declaraba que, de no haber sido por el golpe de Pinochet, habría habido cientos de miles de muertos como consecuencia del terror de las brigadas rojas.
6º. Volodia Teitelboim, principal ideólogo del partido comunista chileno afirmaba, unos meses antes del golpe, que si la guerra llegara “probablemente significaría la pérdida de numerosas vidas humanas, probablemente entre 500.000 y un millón”. James P. Whelan recuerda que en el golpe de Pinochet murieron doscientas personas y, en todo el proceso, hasta el abandono del poder por parte del dictador, cerca de 3.000.
A los lectores de Pío Moa, que ha profundizado en hechos en gran parte ya conocidos sobre los antecedentes de la guerra civil en España, nos vuelve a sorprender cómo la izquierda violenta utiliza los regímenes democráticos para intentar implantar un sistema totalitario. No cabe duda de que los revolucionarios chilenos imitaron las actuaciones del partido socialista, socialista radical y comunista españoles entre 1934 y 1936.
Además de estos hechos, resaltados por Whelan, el influjo de la revolución cubana también se dejó sentir en la preparación de la destrucción del sistema parlamentario por parte del gobierno de Allende, empezando por acabar con la primera garantía de la libertad, la propiedad privada:
1º. Se nacionalizaron la mayoría de las empresas importantes, intentado hacerlo primero con los bancos, para, ante su resistencia, controlar el crédito y ahogar a los que se consideraba enemigos de la revolución.
2º. Se ocuparon las empresas que determinaban previamente los sindicatos y los partidos socialista y comunista. Ante la total pasividad de las fuerzas del orden público, que seguían instrucciones del gobierno de no intervenir.
3º. Un similar proceso de ocupación, sin apoyo legal ni indemnización, se produjo en todo el sector agrario.
4º. Se multiplicó la emisión de billetes para destruir la moneda, un objetivo aprendido del castrismo, que siempre tuvo claro que el primer paso hacia el poder absoluto era la destrucción del ahorro privado. La inflación en el momento del golpe de Pinochet superaba el 1.000%, un fenómeno desconocido en toda la historia de Chile. El déficit público, por su parte, alcanzaba el 50% del PIB.
No hay duda de que, sin el golpe de Pinochet, los chilenos habrían tenido que soportar no una guerra civil, sino un genocidio, siguiendo las pautas del aplicado en la URSS y copiado, en plena guerra civil, bajo la presidencia de Azaña, por los distintos gobiernos revolucionarios de la República, en particular los de Largo Caballero y Negrín, como explica César Vidal en su libro “Checas de Madrid”.
Justificar el golpe militar no significa aprobar los asesinatos que se produjeron, tanto en Chile como en España, aunque en el caso de Chile las evidencias son que, en muchos casos, los crímenes fueron cometidos por militares y policías sádicos, dotados del poder absoluto que proporciona una dictadura, antes que por decisiones del propio gobierno.
Tampoco hay que olvidar que Franco murió en la cama, momento en que se inició una difícil transición, mientras que Pinochet se sometió a un referéndum y que, al perderlo, aceptó entregar el poder y que se aprobara una nueva Constitución democrática, en un proceso rápido y sin víctimas, mediante el cual Chile es hoy, en Latinoamérica, la excepción a la corrupción y a la violencia institucional de individuos como Chávez y Kirchner. Y ojalá que no tengamos que decir –en los próximos años– lo mismo del presidente brasileño.

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