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Columna publicada el 12-07-2004
El PSOE, como partido, no tiene una política económica identificable ni programática. El fracaso con que terminó su gestión en el periodo 82-96, la desaparición del socialismo real y el bien ganado desprestigio del keynesianismo intervencionista les ha dejado sin su discurso económico tradicional. De una u otra forma acepta que la política económica debe ser liberal, con límites al gasto público y a los impuestos. Pero no renuncian a una nueva definición ideológica, que llene ese vacío que ha dejado lo económico y que ha sido tradicionalmente la seña de identidad del socialismo español. Y quizá por ello están a la busca de nuevos valores que sustituyan a los de creación de empleo, justicia y prosperidad. Ahora son federalistas, feministas, ecologistas y pacifistas. Aunque enfrentados a la realidad, desde el gobierno tengan que enviar tropas a Afganistán y guardias civiles, que no nos sobran, a Haiti y aunque reconozcan que quizá es el momento de volver a invertir en energía nuclear y duden qué hacer con Kioto. Y acabarán por tener dudas del feminismo radical de Zapatero, que en algún momento tendrá que escoger sus ministros no sólo por el género sino teniendo en cuenta que hay mujeres preparadas, sin ser mujeres-cuota y que la competitividad y productividad de la economía española empieza por la capacidad profesional del gobierno de la nación y el espectáculo que están dando la mayoría de sus ministros es lamentable. Lo penúltimo es el exabrupto de la ministra de Fomento tildando el plan Galicia de “mierda” y lo último, en cuanto a contradicciones, es la discrepancia sobre el co-pago de los medicamentos entre el secretario de estado de Hacienda y la ministra de Sanidad.
Precisamente por venir de la parte más solvente del gobierno, la encargada de la economía, hay que destacar unas declaraciones de Fernández-Ordóñez, en las que dice que el equilibrio presupuestario sólo se alcanzará si el PIB español crece el 3% y por debajo estaría justificado el déficit. Una manifestación de ese tenor provoca incertidumbre. ¿Será posible que en apenas ocho meses el gobierno del PSOE vaya a provocar un déficit de relativa importancia? Porque no parece posible alcanzar el 3% de crecimiento en 2004, por más que la actividad económica se siga manteniendo a buen ritmo. ¿Será posible que, a pesar de no tener, como en los anteriores gobiernos del PSOE, una política económica progresista, las otras políticas tengan ya un impacto tan negativo en el gasto público?
Déficit no equivale, directamente, a falta de crecimiento ni a subida significativa de los tipos de interés a corto plazo. Pero déficit, con una creación de empleo que continúa siendo muy positiva y unos ingresos públicos creciendo al 6% significa descontrol, significa que a los responsables económicos no se les respeta y que el presidente del gobierno no es consciente de cuál es su papel ni de lo que significa ese desequilibrio para una economía tan frágil como la española, integrada en una moneda hoy fuerte y con tensiones inflacionistas superiores a las que soportan nuestros principales socios y competidores en la Unión Monetaria.
La política económica progresista del PSOE se tradujo en un paro descomunal a principios de los noventa. Las otras políticas del PSOE llevan camino de provocar los mismos efectos a medio plazo.

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