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Columna publicada el 18-09-2001
Si mi información es correcta, ayer, día 17 de septiembre, el nivel de transacciones de Wall Street fue varias veces superior al promedio, lo que indica unas fortísimas ventas y un conjunto de compradores dispuestos a no permitir una caída catastrófica de las cotizaciones.
Movimientos de esta magnitud ayudan a entender el comportamiento de la Reserva Federal, que había inyectado en el sistema –los días anteriores– 200.000 millones de dólares y, por si fuera poco, redujo los tipos de interés medio punto en el momento de iniciar la sesión, proceso en el que fue acompañada por el Banco Central Europeo, que, a su vez, había introducido 80.000 millones de euros de liquidez, además de bajar, también, medio punto los tipos de interés.
Una inyección de liquidez de esta magnitud sólo se entiende si es a muy corto plazo y con el propósito de resolver problemas ciertos de liquidez (ocasionados por el cierre de las Bolsas americanas durante casi una semana) y para atender unas previsibles necesidades de tesorería de todo el mundo. Menos comprensible es el descenso concertado de medio punto de los tipos de interés, pues un descenso de esta magnitud, que sitúa los niveles a corto en el 3% en el caso del dólar y el 3,75% en el del euro, no va a reanimar la economía y transforma una operación puntual de apoyo de liquidez en un momento de extraordinaria dificultad, en un embalsamiento de dinero que puede ser un obstáculo para la correcta gestión de los excedentes y la sobreinversión en que ha terminado el ciclo ascendente.
Que, a pesar de estas medidas, el Dow Jones descendiera un 7%, pone de relieve la gravedad de la situación. Bien es verdad que había una acumulación de órdenes de venta procedentes del extranjero, ajenas al impulso patriótico de mantener las posiciones, y la evidencia de que los sectores de aerolíneas, hoteles y ocio tenían unas perspectivas desoladoras. La información que va llegando sobre lo que ocurrió en la jornada de ayer confirma que, efectivamente, la ausencia de ventas por parte de las grandes instituciones norteamericanas, así como el permiso de compra para autocartera, actuaron de freno a las caídas de las cotizaciones. Lo que ocurra en los próximos días dependerá del análisis de necesidades de liquidez que lleven a cabo empresarios y consumidores. Y en la medida en que se vaya olvidando el atentado, se hará más acuciante la necesidad de actuar con racionalidad, ajustando el balance de propiedades de activos mobiliarios –incluido el dinero– e inmobiliarios a las necesidades de una nueva situación, con menor crecimiento y mayor incertidumbre.
Si hacemos abstracción de esta última semana, las Bolsas americanas y europeas habían comenzado a asimilar que la economía norteamericana había entrado en recesión. Las pérdidas de los sectores de las nuevas tecnologías –que un articulista del Financial Times había cifrado en un millón de millones de dólares– estaban contagiando al resto de la economía, afectando ya tanto a la inversión como al consumo.
El ataque terrorista del 11 de septiembre precipita la depresión, pues el consumo y la inversión van a reducirse aún más deprisa, y no sólo en Estados Unidos, sino en todo el mundo. Sorprendentemente, los analistas comienzan a hablar de recuperación de la economía norteamericana, cuando apenas se ha iniciado el proceso de ajuste. Así, mientras el vicepresidente Cheney mencionaba que la economía norteamericana estaba, probablemente, en recesión, el secretario del Tesoro O´Neill se manifestaba optimista respecto a una próxima salida de la crisis. Algún banco de inversión, siguiendo el espíritu de Greenspan, cifra entre el 2,5% y el 3% el crecimiento de la economía americana para 2002; una cifra equivalente al aumento de la productividad, el cual, los seguidores del presidente de la Reserva Federal creen que está consolidado en la economía norteamericana.
El previsible aumento de los gastos militares ha hecho levantar la cabeza a los keynesianos hidráulicos, que creen que el sólo incremento del gasto público actuará de impulsor del crecimiento, sin contrastar debidamente la enorme cifra de pérdidas que he señalado anteriormente –un millón de millones de dólares– de los sectores de la nueva economía con el crédito de 40.000 millones de dólares que el Congreso y el Senado han autorizado al ejecutivo para hacer frente a los gastos más perentorios que ocasionen el desescombro y las indemnizaciones, así como también la preparación para la guerra.
El origen de la crisis es la formación de una burbuja tecnológica; el terrorismo ha terminado por pinchar esa burbuja y ha provocado, a su vez, una caída autónoma de la actividad, porque afecta, especialmente, al tipo de economía de mercado que se había desarrollado estos años: global, abierta, con libertad de movimientos de personas, bienes, servicios y capitales. Las previsibles restricciones a todas esas libertades –o a alguna de ellas– implican un ajuste a la baja de las posibilidades de crecimiento, porque afectan a una de las causas del crecimiento de la productividad registrado entre los años 1995-2000, la libertad de movimientos.
Previsiblemente 2002 será, por una parte, el año de la contracción, del ajuste y de la limpieza de excesos y, por otra, el de las acciones militares y la incertidumbre política. Bien está hablar de recuperación para levantar los ánimos, pero la labor de saneamiento económico necesita un tiempo, que nunca podrá acortar la inyección de liquidez forzada por parte de los bancos centrales.

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