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Columna publicada el 26-04-2003
En la vieja democracia, los chilenos se vestían y calzaban mal, y los durables, como los aparatos eléctricos, eran sólo para algunos. Caros y de calidad apenas regular porque las importaciones estaban prohibidas.
Todo cambió desde la dictadura de Pinochet, que abrió la economía, permitiendo hasta al más ratón comprar ropa de verdad, refrigeradores, lavadoras, televisores y otros "suntuarios", según decían los concertacionistas de la época.
Todos estuvieron en contra de la democracia aperturista: civiles y uniformados, izquierdistas y derechistas, patrones y obreros, agnósticos y curas, agricultores e industriales y hasta ciertos economistas. Desde esos años es que los aperturistas estamos en diversas listas negras.
También se opusieron a liberalizar los horarios y las restricciones al comercio interno, proceso a partir del cual se desarrollaron los enormes centros comerciales que Patricio Aylwin no quería visitar y que hoy son la diversión y la compra barata para los chilenos medios y modestos.
Antes, las farmacias se repartían a dedo y en la noche operaban como "clandestinos", hasta que la cruel dictadura liberalizó esa área y aparecieron cadenas masivas y baratas.
Lo mismo ocurrió con los servicios eléctricos y telefónicos, privatizados por el cruel Pinochet. En la vieja democracia, los teléfonos sólo eran para ricos, políticos y médicos. Ahora, cualquiera tiene celulares, computadores y todo lo demás, algo inimaginable sin la apertura y privatización de esas áreas, que, sin embargo, han vuelto a ser amenazadas, desde 1998, por los "demócratas" de la regulación estatal.
Los notables resultados del censo en bienestar de los hogares, que tan orgullosos han puesto a nuestros gobernantes, habrían sido imposibles sin la apertura de los años 70, 80 y 90. A los concertacionistas se les debe agradecer, pero por ser conversos al aperturismo, despreciable enclave de la dictadura.
Otra del censo: los profesionales se duplicaron en 10 años, llegando al 16,4 por ciento de la población. Una vergüenza más de la dictadura, que permitió la creación de universidades e institutos técnicos privados, de nuevo con la oposición de casi todos, partiendo por académicos, intelectuales y artistas "progresistas". Estos siguen hostigando la libertad de enseñanza, con comisiones, acreditaciones, prohibiciones y "protecciones positivas" chuecas. Es de esperar que, después del reconocimiento oficial al progreso, los concertacionistas por la ignorancia cambien, se abran al mercado y permitan mejorar la educación básica y media, tan venida a menos por las regulaciones de programas, textos y trabajo de los profesores.
En la vieja democracia de los años 50 y 60, Chile creció a un poco más de la mitad del resto del mundo, según los trabajos de Rolf Lüders, y casi al doble, desde la segunda mitad de los 70, por la apertura y estabilidad macroeconómica que impuso la dictadura y que continuó la Concertación. La conclusión debiera ser que cuando se deja a la gente usar su libertad y propiedad en el mercado, con reglas e instituciones que funcionan, la cosa camina; al revés, no anda sin libertad, ya sea en democracia o dictadura. Si la libertad de trabajar y emprender desaparece, como en la "democracia" que culminó el 73, todo se pierde.
Las dictaduras son indeseables porque reprimen a la gente y sus ideas. Pero Pinochet liberalizó los precios y los mercados, abrió la economía y la educación, terminó con el déficit fiscal y la hiperinflación, extendió la propiedad privada, dejó de robar a inversionistas extranjeros y los fondos previsionales de los obreros, desarrolló el mercado de capitales y convirtió, más o menos, a los de la Concertación a la libertad económica.
Para ser dictador, no está tan mal.
Alvaro Bardón es profesor de Economía en la Universidad Finis Térrea y fue presidente del Banco Central de Chile.
© AIPE

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