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El desmoronamiento de la vieja Europa

El desmoronamiento de la vieja Europa no es solo espacial o demográfico. Viene a ser el reflujo del fenecido colonialismo.

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El Parlamento europeo en una imagen de archivo | Flickr/ European Parliament

Por un lado, nos encontramos con el estribillo o la letanía (ahora dicen "mantra") sobre la maravilla de la globalización. Equivale a lo que antes se entendía como internacionalismo o cosmopolitismo. Pero lo cierto es que en el terreno político asistimos en toda Europa a lo que Ortega y Gasset llamaba "particularismo". Es decir, la querencia centrífuga por la que las regiones intentan separarse de las naciones tradicionales.

El asunto se halla lejos de ser exclusivamente español, a pesar de que ahora lo de Cataluña nos tenga tan alterados. Por todas partes parecen revivir los ímpetus nacionalistas de los europeos: Escocia, Flandes, Padania, Bretaña, Córcega, Alsacia, Baviera, hasta las islas Feroe. Así que las posibles secesiones españolas (Cataluña, Euskadi con Navarra, Galicia, Canarias, etc.) son solo una ilustración cercana de una tendencia mucho más amplia. Se comprenderá ahora que las autoridades de la Unión Europea se hayan manifestado opuestas al independentismo catalán. Les aterra el futuro de una Unión Europea compuesta de algo así como un centenar de Estados miembros. Ni siquiera es un consuelo pensar que tales movimientos nacionalistas lo que realmente pretenden es más privilegios para los respectivos mandamases regionales. No es menos real la imitación que produce en ciertas minorías lingüísticas, asentadas en pequeños territorios, para desprenderse del Estado central. No anima mucho pensar que esos mismos Estados pierdan cada vez más atributos tradicionales de soberanía, como la moneda o el monopolio legislativo.

La gran paradoja es que la Unión Europea que ahora tenemos (con tantos Estados como letras del abecedario) representa un experimento costosísimo que los europeos no vamos a poder pagar.La fórmula (ahora dicen "algoritmo") del Estado de Bienestar no se puede sostener en una población sumamente envejecida y con una creciente sensibilidad para nuevos derechos. Ante la posibilidad de nuevos Estados miembros, el resultado sería una hecatombe, esto es, el sacrificio de cien bueyes, aunque solo fuera por razones económicas. Dado el progresivo envejecimiento de la población europea, la solución espontánea que está en marcha es la de admitir a millones de inmigrantes que proceden de otros continentes. Pero el remedio se antoja peor que la enfermedad. La prueba la tenemos en los males extremos de la xenofobia y el terrorismo islámico.

A diferencia de los nacionalismos del pasado reciente que dieron lugar a nuevos Estados en Europa (Irlanda, Noruega, Eslovaquia, etc.), las nuevas tendencias disgregadoras no consiguen más que minorías reducidas. Por muy vocales que sean, no logran convencer por las buenas a la mayoría de la población. En el caso de Cataluña, vemos a una región partida por gala en dos, los catalanistas y los españolistas, aunque se llamen de distintas formas. Por si fuera poco, esa región (malamente llamada "principado", pues nunca hubo tal príncipe) acoge a más de un millón de inmigrantes no españoles. Algo parecido ocurre en otros territorios europeos con más desarrollo.

El desmoronamiento de la vieja Europa no es solo espacial o demográfico. Cuenta todavía más el hecho de que los grandes centros de poder económico, cultural y científico se han ido trasladando a otros continentes. Viene a ser el reflujo del fenecido colonialismo. Europa se resigna a ser el valioso museo cultural de los curiosos de todo el mundo. El fenómeno recuerda el papel que correspondió en su día a Grecia dentro del Imperio Romano. Tampoco es un destino rechazable, pero se halla muy lejos del tradicional orgullo de Europa como cabeza del mundo.

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