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El mito de las maneras populistas

El podemismo resulta coherente con el predominio de lo chabacano en todos los órdenes de la vida.

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Mariano Rajoy y, en primer plano, el podemita Alberto Rodríguez | EFE

Detrás del populismo español, la verdad, uno encuentra poca sustancia ideológica. Se trata de un movimiento voluntarista (por eso se conjuga con delectación el verbo poder) de carácter totalitario. Pero solo en apariencia. Lo fundamental es que ha sabido aprovecharse de la frustración de millones de españoles, prometiéndoles la dicha universal. De ahí que sus dirigentes disimulen su origen señoritil y adopten aires vulgares.

El truco para captar seguidores consiste en vestirse de la forma más desinhibida posible. Nada de chaqueta, corbata o vestidos entallados. Se recordará el vanidoso alarde de Pablo Manuel Iglesias al presentarse ante el Rey descamisado y arremangado. Si tiene que impartir una lección en la Universidad de Verano, deja caer algunas palabras malsonantes. Todo eso hace que se iguale con su público ignaro y vulgar. Populismo es populacherismo. Ya no se habla del "pueblo", sino de la "gente", que es como una especie de degradación del demos.

La gavilla de podemitas constituye la nueva aristocracia del mal gusto. Se nota más porque acostumbran a ir siempre juntos. Se asemejan en esto a los secuaces de Hitler hace casi un siglo. Al igual que el gran dictador, Pablo Manuel es un artífice de la palabra dicha ante un micrófono. Ambos lucen un personalísimo adorno capilar, sea bigote insolente o coleta chulesca, que da lugar a infinitas caricaturas. Mejor, se trata de un buen elemento propagandístico.

El gran inconveniente para el asalto al poder de los podemitas es que ya ha sido ensayado en algunos ayuntamientos, por ejemplo el de Madrid. En cuyo caso, los podemitas han dado cuenta de excentricidades mil, a cuál más atractiva para el consumo de los medios. Por ejemplo, pronto veremos a la valetudinaria y simpática alcaldesa de Madrid en pelota picada inaugurando el día semanal sin bañador de las piscinas municipales. Constituirá todo un ejemplo. Será una magnífica forma de ponerse al frente de sus huestes progresistas. Recordemos que el culto al cuerpo desnudo fue una conquista de los nazis.

Aunque, si se me permite la propuesta, sería mejor que en las piscinas públicas de Madrid se estableciera el día semanal con bañador. Sería un homenaje a las antiguas costumbres. Lo normal será la exhibición de los cuerpos in puribus. He aquí un nuevo objetivo turístico para Madrid. No es suficiente con el día del orgullo gayo. Falta todavía mucho para llegar a que se alce la Sodoma y Gomorra del valle del Manzanares. Los podemitas se hallan dispuestos a revitalizar una religión pagana que apele al instinto más que a la fe.

El podemismo resulta coherente con el predominio de lo chabacano en todos los órdenes de la vida. El refinamiento parece cosa de la casta burguesa, a la que hay que combatir. En su lugar hay que alzarse con la gente que se siente cómoda con los tatuajes, los grafitos, los pelos de fantasía y la ropa estrafalaria. Respecto a la ideología no hay que refinarse mucho. Los podemitas pueden ser al tiempo comunistas, anarquistas, socialdemócratas y lo que haga falta. Su modelo puede ser Islandia o Corea del Sur. Lo único que interesa es asaltar el poder, instalarse en él para modelar la sociedad a su antojo.

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