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El mito del consenso y del diálogo

La mentalidad democrática tiene muchas cosas buenas, pero hay una que puede dar lugar a grandes quebraderos de cabeza y de bolsillo.

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La mentalidad democrática tiene muchas cosas buenas, pero hay una que puede dar lugar a grandes quebraderos de cabeza y de bolsillo. Es la idea, casi la obsesión a veces, de que los ciudadanos y sus representantes deben dialogar sin interrupción para ponerse de acuerdo en todo, cueste lo que cueste. Pero el disenso suele ser tan necesario como el consenso. Es más, la democracia es más bien la organización pública y pacífica de los desacuerdos en materia de utilidad pública o de bien común.

Dado que en España resultan hegemónicas las ideologías y creencias de izquierdas, es fácil argumentar que quienes no las admiten pasan por intolerantes. Es decir, la intolerancia para la izquierda se refiere a las dudas que puedan presentar los que no se sienten de esa cuerda. Me asaltan algunos ejemplos estrafalarios. La vacilación respecto a la teoría del big bang para explicar el origen del universo o referida a la que sostiene que la Tierra se calienta por efecto de la actividad humana. Así que somos intolerantes o cosas peores los que sostenemos tales cautelas. Entiendo que la calificación de "intolerante" no la debería hacer el que sostiene la posición contraria.

Otra ilustración. Domina en nuestro tiempo un cierto idealismo irracional al suponer que son siempre buenos los asuntos de importancia en los que la población o los políticos llegan a un acuerdo. Las aberraciones sostenidas por Hitler, Stalin, Castro o Maduro, pongo por caso, fueron apoyadas por una gran parte de sus respectivas poblaciones, aparte de la sumisión de los aduladores. Pero no por eso pueden pretender una alta justificación histórica y no digamos moral.

Es fácil suponer un gran consenso en la opinión respecto del principio de reconocer los méritos de las personas que acceden a los puestos profesionales, de responsabilidad o de mando. Pero lo más probable es la queja de muchos sujetos al suponer que los que destacan deben su posición al enchufismo y otras ventajas poco legítimas. Al mismo tiempo, esos mismos individuos quejosos pensarán que sus méritos propios no han sido muy reconocidos. Es así como un principio tan susceptible de consenso, como es el del reconocimiento del mérito, se desvirtúa en la realidad.

Si lo que se quiere decir es que en la vida pública debe haber consenso y diálogo en lugar de violencia o de imposición, nada hay que objetar. Pero no es eso lo que sucede en todos los casos. Cuando los mandamases llegan a un acuerdo dialogado con quienes aspiran a mandar es porque ambas partes entienden que de esa forma defienden mejor sus respectivos intereses. Concretamente, unos tratan de conservar el poder y otros de acercarse a tan deliciosa meta. En esto como en todo, los que mantienen una opinión es porque les interesa hacerlo. El interés mínimo puede ser la simple coherencia. No es fácil explicar por qué intentamos ser tan coherentes con nosotros mismos, cuando la realidad nos dice que a lo largo de la vida cambiamos tantas veces nuestras opiniones.

En el fondo, las continuas apelaciones al consenso y al diálogo suelen esconder un cierto vacío de ideas sobre lo que conviene hacer o es más justo. "Hablando se entiende la gente", dice el pueblo, pero también es verdad que muchas veces el diálogo conduce o refuerza la falta de entendimiento, incluso el odio. La mitificación del diálogo puede esconder en ocasiones la incapacidad de los políticos para resolver los problemas de la gente, de los contribuyentes.

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