
Siento desilusionar a mi comunicante, pero no me considero un nacionalista español, ni grande ni pequeño. Para merecer ese título tendría que ser excluyente, y no lo soy. Amo a mi nación española, pero en ella entra Cataluña y las otras regiones.
Para que quede en los archivos virtuales, regalo a los libertarios de buena voluntad un aguinaldo un poco retrasado en forma de decálogo. Lo compuse para una cena de la Fundación Independiente (es decir, la de Ignacio Buqueras) que celebra su vigésimo aniversario. Quiero creer que el decálogo recoge el espíritu navideño con el que se nutre este rincón de las palabras.
Qué es ser independiente: decálogo de acciones reflexivas
Joan Ribalta se queja de mi posición de no hacerme responsable de lo que aquí transcribo de los libertarios. Don Joan dice que esa posición es respetable cuando se trata de hechos, pero no cuando se refiere a opiniones. Vamos a cuentas. ¿Quién puede establecer para todos los casos la diferencia entre hechos y opiniones? Me parece mejor aceptar de buena fe lo que escriben los libertarios, sean hechos u opiniones. Si por alguna razón los hechos son falsos o las opiniones disparatadas allá la responsabilidad de quien suscriba el texto. Por ejemplo, de Cataluña me llegan continuamente estas dos opiniones: (A) la enseñanza del castellano en las escuelas no plantea ningún problema. (B) La enseñanza del castellano en las escuelas plantea muchos problemas. Pues bien, publico ambos enunciados, y luego echo mi cuarto a espadas. Lo que ocurre es que el ambiente mefítico de Cataluña obliga a callar la posibilidad B, pero aquí la acojo. Por eso esto se llama LD, que en inglés británico se traduciría por "Libras y chelines".
Recibo una nueva comunicación de Xavier Puig Andreu, "independentista catalán". Es un verdadero memorial de agravios, en nombre de su nación catalana, que adquiere la dignidad de opúsculo. Francamente, me fatiga contestar a los argumentos de siempre, obsesivos, enfermizos. El hombre no me considera cobarde, "aunque mi opinión al respecto puede variar en función de si me responde o no, y en cómo selecciono mis fragmentos y en cómo me responde". Una frase así es digna de un análisis psiquiátrico, lo digo sin ánimo de ofender, más bien con admiración. Selecciono este juicio: "Usted es un gran nacionalista español". Supongo que ese enunciado es un elogio, viniendo de quien viene. Siento desilusionar a mi comunicante, pero no me considero un nacionalista español, ni grande ni pequeño. Para merecer ese título tendría que ser excluyente, y no lo soy. Amo a mi nación española, pero en ella entra Cataluña y las otras regiones. Tengo derecho a expresar mi opinión sobre los nacionalistas: es lo peor que le puede suceder a España, que los nacionalismos influyan en su Gobierno.
Pedro Campos me replica admonitorio: "Sigue [usted] empecinado en ignorar cómo funciona una lengua... le recomiendo estudiar idiomas... es una buena manera de prevenir el alzheimer". Sigo, pues, tan caritativo consejo y me apresto a estudiar con ahínco el inglés y el castellano. Ningún sitio mejor que en San Antonio de Texas y a la vera de mi cuate y maestro, Francisco Marcos-Marín, políglota de consideración y por tanto inmune al alzheimer.
