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Hablemos de ideas

Esto que llamo 'personalismo' es la consecuencia de un rasgo del español medio: no sabe o no quiere abstraer, generalizar, comparar.

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Soy un impenitente consumidor de todo género de noticias, informaciones, comentarios sobre el mundo público; si bien prescindo del fútbol y de lo que llaman "corazón". De incluir esos dos apartados, mi conclusión se vería todavía más reforzada: prácticamente solo se habla de personas, o mejor, de personajes. Bien está el interés humano, el atractivo de ciertas personalidades egregias en su respectivo campo. Pero ¿no sería más completo que orilláramos un tanto tal exceso de personalismo y pasáramos a hablar de ideas?

Lo tengo experimentado en las tertulias, los coloquios que siguen a las conferencias, las conversaciones entre amigos. A saber, resulta arduo hablar sin referirse continuamente a nombres propios. Claro que lo peor es cuando el comentario se centra en una sola persona: el sujeto parlante. Hay gente que te clava los mínimos sucesos de su vida y sus preocupaciones con toda suerte de detalles que no vienen a cuento. Bien está para una conversación íntima, pero puede resultar cargante en otras circunstancias.

Esto que llamo personalismo (y que merecería otra etiqueta más expresiva) es la consecuencia de un rasgo del español medio: no sabe o no quiere abstraer, generalizar, comparar. Las tres acciones son imprescindibles para comprender cualquier realidad, desde la más trivial a la científica. Acaso se esconda aquí el secreto del escaso interés por la ciencia que ha habido siempre en España.

En estos artículos y en las conferencias que tengo que impartir procuro contradecir a mis genes culturales y trato de abstraer, generalizar y comparar. Soy consciente de que las tres operaciones molestan a una buena parte de la audiencia. Pero no hay más remedio que estimularla para que piense. No otra es mi tarea como escritor o conferenciante. En esto como en todo, navego contra corriente. Se trata de una opción vital muy mal vista por los españoles, tan ovejunos.

Ahora que lo pienso, en mis escritos y charletas hago un uso excesivo de las cláusulas adversativas (pero, sin embargo, no obstante, aunque, etc.). Es una forma de advertir que mis ideas no son las que se estilan en el círculo donde me desenvuelvo. Se trata de un invisible sesgo sociológico: razonar a la contra de lo que se dice o se sabe. No resulta muy agradecido. Antes bien, lo que tiene éxito y recibe parabienes es que uno diga lo que se dice por ahí.Se premia la repetición más que la originalidad. Es así porque funciona la ley del mínimo esfuerzo como aspiración vital. La especie humana es naturalmente perezosa, busca sobre todo la comodidad, evita el esfuerzo todo lo que puede. Así que en esto también me siento un tanto raro. Quizá lo dé la profesión, aunque, si bien se mira, uno elige dedicarse a unos menesteres y no a otros. Es lo que llamamos vocación, palabra que ahora se usa poco.

A pesar de lo dicho, me encantan los textos autobiográficos, las novelas que traducen tales experiencias. La condición es que tales testimonios contengan ideas, no solo sucesos.

Pero entonces, ¿qué diablos son las ideas? Muy sencillo: las representaciones de la mente que interpretan aspectos interesantes de la realidad. Naturalmente, la exigencia del interés será distinta para unas u otras personas. El interés por el deporte o la comida bien preparada son ahora muy comunes. La razón es que con ellos se lleva uno bien con los demás y no desentona. Dicho de otra forma, lo que se persigue es la simpatía. Es el valor máximo en las relaciones sociales de los españoles. Ahora la llaman "empatía", que parece más culto, pero viene a ser algo parecido.

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