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Hacia el partido único

Eso del partido único parece un oxímoron, pero en España responde a una querencia general.

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Eso del partido único parece un oxímoron, pero en España responde a una querencia general. Teóricamente funciona una multiplicidad de partidos. Pero como todos reciben generosas ayudas del Estado, lo lógico es que proliferen múltiples formaciones de derechas o de izquierdas. En el Congreso de los Diputados solo hay un partido de derechas, que es el que gobierna. Todos los demás (más de una docena) se adscriben a la izquierda o al nacionalismo, que para el caso es lo mismo. Es evidente que los políticos prefieren ser cabezas de ratón a colas de león.

Lo maravilloso del asunto es que el partido de la derecha no se considera así sino de centro-derecha. En realidad, se comporta más bien como si fuera de centro-izquierda, pues le encanta el objetivo fundamental de la siniestra política, que es aumentar el gasto público por todos los medios. Pero claro, como es un partido de derechas, debe hacer todo género de filigranas dialécticas para convencer a los contribuyentes de que los impuestos no van a subir. Tal contradicción estimula mucho el arte de convencer a los contribuyentes, que por eso llaman "ciudadanos". Un ardid muy utilizado es proclamar que el gasto público es "gasto social".

Más difícil es convencer a los dirigentes de los distintos partidos de que todos ellos coinciden en la premisa básica de que se deben subir los puestos. Si reconocieran esa coincidencia tenderían a las fusiones entre ellos. Lo lógico, por tanto, sería que acordaran la confluencia en un único partido, una especie de izquierda nacional. Pero tal derroche de consenso sería una desmesura y de momento no se producirá. Seguirá abierta la panoplia de partidos, con la convención de que uno es de derechas y todos los demás de izquierdas o nacionalistas. Parece un contrasentido, pero funciona. Representa algo así como nuestra Constitución no escrita.

El acuerdo entre los partidos es máximo cuando se trata de defender la idea de pactos entre ellos. Realmente quiere decir que el PP cede en todo para incorporarse a las exigencias de la siniestra, incluidos los nacionalistas. La cesión es a cambio de seguir gobernando. Es la exaltación del pactismo y el consenso, virtudes públicas muy estimadas. Nos encontramos así, de facto, a un paso del partido único. Aunque parezca imposible, las distintas formaciones políticas se han puesto de acuerdo en algunas leyes controvertidas, como las de memoria histórica o el aborto. Ahora se tramita el cambalache de que la educación en España siga siendo cada vez peor. Para ello hay que convencer al electorado de que en España contamos en este momento con la generación juvenil más preparada de la historia.

El acuerdo es absoluto por lo que respecta al principio de que los varios partidos políticos deben ser financiados por todos los contribuyentes, no por los respectivos militantes o simpatizantes. Se trata de una curiosa interpretación del principio de la igualdad social.

Una fórmula práctica para llegar al partido único sería conseguir que el actual presidente del Gobierno lo fuera con carácter vitalicio. Tampoco le falta mucho para merecer tal sinecura. Está el modelo (ahora dicen "referente") de ciertos caudillos hispanoamericanos, que tanto fascina a muchos españoles, sean de derechas o de izquierdas.

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