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La maldición de los incendios forestales

Los incendios menudean cada vez más desde hace medio siglo porque sencillamente hay cada vez más árboles en España. No es esa la creencia general, pues domina la contraria de que cada vez hay más \'cemento\'.

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La Providencia compensó sabiamente la escasez de noticias en verano con el suceso recurrente, pero siempre polémico, de los incendios forestales. No, no son la "serpiente de verano", sino una tragedia colectiva. ¿Por qué van a más esos incendios si cada vez hay más medios para prevenirlos y combatirlos? ¿Es porque los veranos son cada vez más secos? ¿Es por la acción de los desaprensivos y los pirómanos? No me convencen esas suposiciones. Los incendios menudean cada vez más desde hace medio siglo porque sencillamente hay cada vez más árboles en España. No es esa la creencia general, pues domina la contraria de que cada vez hay más cemento (carreteras, edificios, urbanizaciones, etc.). Sin embargo, costaría poco demostrar que en España se expande la capa arbórea. No hace falta que se planten más árboles. Los árboles y arbustos crecen naturalmente allí donde se abandonan las tierras de cultivo. Eso es lo que ha venido sucediendo en la última generación.

Desde el punto de vista del lenguaje me fascina el cúmulo de frases hechas que se manejan en torno a los incendios forestales. Por ejemplo, "pasto de las llamas" o "completamente calcinado". No voy a entrar en ello por aburrido.

Santiago Tamarón me envía un largo memorial sobre el asunto. Parte del supuesto de que los españoles no son indiferentes ante la naturaleza; simplemente la ignoran cuando no la odian. Su tesis es que la mayor parte de los incendios son provocados. Lo son, fundamentalmente, porque las leyes represoras sobre el particular no se aplican. La prueba es que no hay manera de saber cuántos incendiarios están en la cárcel. "El problema no está tanto en el Gobierno o los Gobiernos de la nación cuanto en la nación del Gobierno". La tesis de Tamarón está transida de amor por la naturaleza, un sentimiento que aparece en sus novelas, muy lejos del ecologismo. Comprendo que puede ser polémica; por eso la incluyo aquí.

Añado que quizá el asunto de las causas de los incendios no sea tan interesante como el de los remedios. Donde hay bosques habrá siempre incendios, por la razón que fuere. Lo que asombra es la incapacidad de los servicios de extinción para minorar los daños. Mi impresión es que ha sido un error haber transferido esa competencia a las autoridades regionales. El fuego no entiende de fronteras, de límites de demarcaciones locales o autonómicas. Es una razón suficiente para que exista un solo servicio de extinción para toda España, o mejor para toda España y Portugal. Las islas son otra historia. Tenemos un ejemplo en otro problema que no admite fronteras: el de los trasplantes de órganos. Es el servicio público que mejor funciona en España, precisamente porque es solo uno para toda España y está encomendado a profesionales, no a políticos. Sospecho, incluso, que hay algún convenio con Portugal. Es evidente que sería un disparate que ese servicio funcionara solo dentro de los límites de cada región. No hace falta razonar por qué. En cambio, sí hace falta convencer a las comunidades autónomas para que dejen de serlo ante este problema de los incendios forestales. Las autoridades consideran poco menos que un descrédito para ellas que vengan los helicópteros u otros medios de extinción de otras regiones. El espíritu de campanario a veces tiene estas cosas. El desmantelamiento de los 17 servicios de extinción de incendios y su sustitución por uno solo sería un buen paso para la necesaria reordenación del Estado de las autonomías. Tampoco estaría mal que se impusiera la colaboración con Portugal en este terreno.

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