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Las memeces sobre el cambio climático

El problema del calentamiento de la Tierra no debe dejarse en manos de los ecologistas de todos los partidos.

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Flckr/CC/Tony Webster

Lo del manido cambio climático parece un confuso pleonasmo. Por definición, el clima no es estático, se altera continuamente por el azaroso discurrir de los meteoros. Quizá sería mejor referirnos al "calentamiento de la Tierra", pero eso no es decir mucho. Cierto es que en Europa y la América del Norte hemos atravesado este año una primavera tórrida y se nos anuncia un estío prolongado. Pero lo más seguro es que la Tierra se esté calentando poco a poco desde hace dos o tres siglos. No es por efecto de la industria o la urbanización, sino porque se trata de un ciclo cósmico con fases larguísimas de cientos o incluso miles de años. Se antoja un acto de soberbia de la especie considerar que el calentamiento de nuestro planeta se debe primordialmente a la actividad humana. Seguramente las cocinas y estufas de carbón, generales hace menos de un siglo, contaminaban más la atmósfera de las ciudades que los automóviles actuales.

Por otra parte, debemos partir de la idea de que la Tierra es un circuito cerrado a efectos climáticos. Esto es, la cantidad de lluvia que cae en un año debe de ser muy parecida a los anteriores. Solo que puede haber grandes variaciones cuando se considera un territorio limitado y un lapso corto. Seguramente coinciden las inundaciones de un espacio con las sequías de otros.

¿A qué se debe, entonces, la popularidad de la idea del calentamiento de la Tierra durante los últimos lustros? Hay varias razones que asisten a una creencia tan irracional. Primero están los intereses de los grupos ecologistas, unidos paradójicamente a los de ciertos sectores económicos que parecen detestar. Se han hecho grandes fortunas en todo el mundo financiando públicamente la inversión en energías limpias, que luego son muy costosas y basurizan de otro modo el paisaje.

En todas las épocas y culturas, los que mandan se han impuesto gracias al amedrentamiento general de la población, aterrada por hambrunas, guerras, epidemias y otras amenazas apocalípticas. Al parecer, nuestro mundo racional y científico ha logrado vencerlas, pero sigue habiendo peligros sin cuento, generalmente difusos. Por ejemplo, el terrorismo, las nuevas enfermedades o también la especie de que la Tierra se nos hace inhóspita por el calentamiento de la atmósfera y la contaminación. Da la impresión de que la sociedad actual, vencidos otros terrores apocalípticos, necesita este que proclaman los ecologistas. Hay que reconocer que estos nuevos predicadores del catastrofismo han conseguido un éxito notable. Diríase que la humanidad necesita que reine algún tipo de terror. No hay más que ver cómo prosperan últimamente las películas, series televisivas o juegos informáticos que se regodean con amedrentar a los espectadores. Los viejos cuentos infantiles de todos los tiempos cumplían la misma función.

Me expongo a ser condenado por hereje, pero el problema del calentamiento de la Tierra no debe dejarse en manos de los ecologistas de todos los partidos. Sería como delegar la dirección de las residencias de ancianos a los fanáticos partidarios de la eutanasia. Los ecologistas proponen las soluciones más caras y al final las más perjudiciales para la sociedad y la naturaleza. Mientras tanto, sus prédicas obtienen un gran éxito de público y de subvenciones.

Haría falta un mejor esfuerzo de estudio y de debate para ver qué soluciones aportamos al cambio climático. Seguramente, muchas tierras cultivables se transformarán poco a poco en estepas y desiertos, pero otras tundras se convertirán en amenas praderas. No soy un técnico en nada, y menos en estos asuntos del clima. Pero los padezco o los gozo y creo que puedo aportar alguna idea. Por ejemplo, se me ocurre que en un país como España habría que hacer un gran esfuerzo para almacenar grandes cantidades de agua dulce en embalses superficiales o subterráneos. Olvidémonos de que era una política de Franco. Simplemente, es hoy racional. Por lo mismo, no nos debería asustar la idea de transportar un parte de esas reservas mediante acueductos o similares. ¿Es que no lo hacemos con el petróleo o el gas?

Nos tendríamos que acostumbrar a vivir sin aire acondicionado y a calentarnos con estufas de leña. En definitiva, un poco más de austeridad en la vida cotidiana no nos vendría mal. En la cuenca mediterránea habría que hacer un gran esfuerzo continuo para repoblar con árboles y arbustos autóctonos las tierras baldías con el fin de detener el avance del desierto del Sahara. Bien es verdad que, en un país como España, en contra de la creencia común, hay ahora más plantas que hace un siglo. Pero habrá que reforzar mucho más el manto verde del espacio que nos toca. Lo de la repoblación forestal suena a uno de los puntos de la Falange Española, pero resulta muy sensato.

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