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Columna publicada el 12-01-2006
Fidel Argudo Sánchez precisa que, en el género epistolar, el término data en español significa “fecha”, pero no lo era así en latín. Simplemente data era “dada” (la carta al correo) y seguía la fecha. Una vez escrita la carta, si el remitente quería añadir o corregir algo, lo hacía post datam (= después de terminada la carta, dispuesta para el correo). En el latín hablado la expresión se pronunciaba post data. De ahí se pasó a postdata como un latinismo vulgar del castellano. Pero no quería decir “después de la fecha de la carta”, sino “después de terminada la carta para que se la llevara el correo”. Estupenda lección; sí, señor.
Son innúmeras las misivas que me llegan para corregirme el error de decir que tempura es la voz japonesa para el plato de pescado crudo. Me aseguran los libertarios niponistas que tempura se refiere al pescado rebozado, y a toda una gama de verduras también rebozadas. Confundí tempura con sasimi (pescado marinado), sushi (pescado con arroz) o maki sushi (con algas). Me lo señala con precisión, entre otros, Nacho Asensio Lavilla. Acepto la justa reprimenda. Rectificado queda el error. Pero lo fundamental sigue siendo el origen. Los jesuitas que primero llegaron al Japón bendijeron ese plato de tempura. Era el correcto para observar el ayuno al comienzo de las témporas o primeros días de cada estación anual. Es un bonito hispanismo (español, portugués, latín) del japonés.
Rafael Pretel (Granada) reflexiona sobre la influencia del español en otras lenguas. Pone el ejemplo de gratis, que significa lo mismo en flamenco, holandés o alemán. Se pregunta: “¿Será un vestigio de las famosas picas en Flandes?”. No lo creo. Gratis es una palabra latina que significa “sin pagar, de balde”. Mi impresión es que pasó del latín a otros idiomas como un tecnicismo jurídico. Los flamencos, holandeses y alemanes originarios tuvieron una gran influencia romana, por muy germánicos que fueran.
Recibo cientos de mensajes respecto a la frasecita servat ordinem et ordo servaviste que me envió un simpático libertario. Me dicen todos que la frase auténtica es serva ordinem et ordo servabit te (= respeta las normas y ellas te respetarán). Doy infinitas gracias a tan ilustrados seguidores de esta seccioncilla. En cuanto me jubile, voy a estudiar latín.
Carlos Ruíz Lapresta me reprocha mi ambigüedad respecto a poner o no las tildes a las expresiones latinas. Dice así: “Usted me recuerda al presidente Rodríguez [Zapatero], ya que escucha pero sigue a su marcha. Usted nos dice que está de acuerdo en que en latín no existe la tilde ni la coma, nos da la razón pero ni caso, las sigue usando”. Reconozco mi vacilación. Sigo creyendo que el latín, al utilizarlo en castellano, es más útil que le asignemos las tildes según la regla castellana. Pero ya veo que esa práctica irrita a los libertarios puristas. No sé qué hacer. El Diccionario de latinismos de Gregorio Sánchez Doncel pone tildes donde se precisen y todos contentos. Pido la opinión de los latinistas.
Miguel Rodríguez Pantoja (catedrático de Latín, Universidad de Córdoba) me envía una cariñosa misiva a propósito de los ataques a la COPE. Solo se queja de que recurramos en ocasiones al “en relación a” en lugar del correcto “con relación a”. Prometo enmendarme por la parte que me toca. Menos mal que don Miguel me da la absolución en lo de poner las tildes correspondientes en las palabras latinas cuando las introducimos en el castellano.
Ismael Barba García (Valladolid) responde presuroso a mi solicitud para aclarar el misterio de los pucelanos, como gentilicio de los de Valladolid que parece latino. A pesar de la leyenda sobre Juana de Arco (“La Pucelle”), el nombre de Pucela, aplicado a Valladolid, no aparece hasta el siglo XIX. Recuerda con Ismael que, cuando su padre era joven, lo de “pucelano” era considerado ofensivo. Hoy se asimila al orgullo deportivo. La teoría más aceptable, según mi comunicante, es la que relaciona el término con una antigua planta de cemento que fabricaba un tipo llamado “puzolánico”. En su origen lo fabricaban los romanos sobre la base de cenizas del Vesubio, en la ciudad de Puzzoli. Luego las cenizas lo fueron de los residuos de las fundiciones de acero o de las centrales térmicas de carbón. Durante mucho tiempo la fábrica de Valladolid fue la única en España que producía cemento puzolánico o puzolano. Así quedó como gentilicio y Valladolid se rebautizó como Pucela. Interesante.
Sobre el nombre de Valladolid también nos aclara algo don Ismael: no se puede hablar propiamente del “gobernador Walid”, pues Walid quiere decir “gobernador”. Otra teoría que recoge don Ismael. El nombre romano sería Vallis Toletum o Toletanum. De ahí, Valladolid. Lo de Toletum sería la adaptación de un nombre celtíbero. A saber.
Sobre el particular cabe el dato que aporta David González Calleja. Lo de Pucela vendría a ser “Poza” o “Pozuela”, por la confluencia de corrientes de agua (Pisuerga, Duero, Esgueva) en torno a Valladolid. Ahí queda.
Adolfo Menéndez Álvarez (Madrid) acoge la leyenda de Juan de Arco, la Pucelle d’Orleans (= la doncella de Orleans). Parece ser que algunos vallisoletanos ayudaron a la intrépida Santa Juana. Por tanto, “pucelanos”. Demasiado fantasioso.

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