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Los amenes de un ciclo político

Aun con un clima político tan enrarecido, se impone la tarea colectiva de redactar una nueva Constitución.

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En la historia política de la España contemporánea se registra una curiosa constancia: los regímenes duran 40 años. Ese fue el lapso entre la Constitución de Cánovas de 1876 y el final del turnismo con la crisis de 1917. El alzamiento franquista de 1936 perduró hasta la muerte del Generalísimo, 40 años después. En este año de gracia de 2017 se cierra el mismo ciclo de 40 años desde las primeras elecciones democráticas en 1977, las que abrieron la Transición. Así pues, habrá que ponerse manos a la obra para cimentar un nuevo periodo democrático.

Anima mucho pensar que, puesto que la Historia se repite con tan manifiesta constancia, ahora se impone un renovado espíritu de consenso como el que inauguró la Transición. Por desgracia, en estos tiempos no predomina ese talante en el personal político. Lo que destaca es más bien el odio, aunque no se diga. Se trata de un extraño sentimiento que asoma a veces entre los líderes de un mismo campo ideológico, incluso dentro del mismo partido. No es casualidad ese nombre de partido. Es algo que se incuba todavía más en las elecciones miméticamente llamadas primarias.

Aun con un clima político tan enrarecido, se impone la tarea colectiva de redactar una nueva Constitución. No cabe enmendar la de 1978, pues ese mismo texto lo pone muy difícil. Una cosa sí se repetirá: en la hipotética comisión que se forme para estampar la nueva Carta Magna (pretencioso título) seguirán predominando los licenciados en Derecho. Se dirá "juristas de reconocido prestigio". Es lástima que no se vayan a incluir personas de otros campos profesionales. Ni qué decir tiene que habrá mujeres, pero eso ya no tiene gran mérito.

Todo hace suponer que la experiencia de los últimos 40 años nos va a llevar al recelo de la fórmula que se dijo de "Estado de las Autonomías". Pero la izquierda seguirá en sus trece, ahora con la variante del federalismo. En la práctica significará el peligro de más corrupción y más impuestos. Encima, las regiones con dos lenguas intentarán que se escriba en la ley suprema el derecho de autodeterminación. La paradoja es que de esa forma se supondrá que alguna vez han sido colonias. Las reacciones políticas son así de irracionales.

Mayor acuerdo existirá en el mantenimiento, y aun refuerzo, del Estado de Bienestar. Entiéndase sobre todo bienestar de los que mandan. Es la forma de conceder más poder a los que ya lo tienen.

Lo más difícil de resolver en estos tiempos de tribulación va a ser el actual tirón independista de los que mandan en Cataluña. Si consiguen algún éxito, aunque solo sea fiscal, seguirán en el intento los gobernantes de las otras regiones bilingües. Francamente, no se me ocurre qué salida puede tener este laberinto. Lo más lógico sería que algunos políticos independentistas pasaran por la cárcel, como ha sido el caso en otras muchas situaciones parecidas. Que conste que ese tránsito ha sido un motivo de orgullo en otras situaciones. Pero tal cosa no sucederá; ya es tarde.

En el nuevo régimen se esperan ciertas continuidades, no ya con la Transición sino con el régimen de Franco. Por ejemplo, los sindicatos seguirán siendo subvencionados por el Gobierno; el fútbol continuará con su función de opio del pueblo. Bueno, ahora habría que decir "droga tranquilizante de la ciudadanía". No es la única; la otra es el culto del famoseo, nuestro olimpo de dioses menores.

No todas van a ser continuidades. Me gustaría equivocarme, pero presagio que el orto del nuevo régimen va a coincidir con un estallido de inesperada violencia política. Me resisto a extraer las entrañas de las aves sacrificadas. Prefiero anticipar un suceso gozoso: por fin tendremos un español con el premio Nobel científico. Como arúspice no tengo precio.

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