Las tertulias, los debates, las conversaciones todas, consisten en ponerse de acuerdo en la significación de las palabras. Misión peliaguda. Hay que llegar a dominar la vieja técnica de la retórica. Aquí se dan algunas lecciones gratis.
Teníamos la discusión sobre la extraña presencia en el castellano y el vascuence de la distinción entre los verbos ser y estar. Dada la tesis de Jesús García Castrillo sobre el parentesco entre el vascuence y el armenio, nos preguntábamos si los armenios distinguen también entre los dos verbos. J. R. Iturri ha sido tan amable de comunicarse con un colega armenio sobre el particular. La respuesta es clara: en armenio no existe esa distinción. Para nosotros, los hispanoparlantes, está muy claro que ser y estar son acciones diferentes. No hay que llegar al retruécano de que no es lo mismo una mujer que "es buena" que otra que "está buena". En el famoso dilema de "to be or not to be" la traducción correcta sería "ser o estar", que en inglés resulta imposible.
Los tertulianos, comentaristas y demás plumíferos deberían aprender que no es lo mismo deber ser (= un mandato moral) que deber de ser (= una probabilidad, algo parecido a poder ser). Es inútil. La confusión seguirá. Es la confusión que se deriva de mezclar deseos con realidades.
José Pérez me señala que ahora cunde la moda de decir "preseas" en lugar de "medallas olímpicas". Se trata de un cultismo o de un arcaísmo. Las preseas eran las joyas o alhajas valiosas que se ofrecían a veces como regalos. No está claro el origen de esa palabra. Puede venir de praesidium (= custodia) o bien de prez (= fama, honor que se gana en una acción gloriosa). El recurso a ese arcaísmo se debe a que los cronistas deportivos se ven obligados a manejar un repertorio muy corto de palabras y expresiones. De ahí que anden siempre a la búsqueda de sinónimos.
Me estoy yendo por las ramas, pues mi misión era aquí dar una serie de consejos léxicos a los que desean ser tertulianos. Es la profesión más prestigiada si la ponemos en relación con los ingresos. La norma principal es que, para mantener su prestigio y asegurar su modesto estipendio, el tertuliano debe hablar cuanto más tiempo, mejor. Algunos criterios para mantener esa necesaria locuacidad son los que siguen:
Me planto en los diez mandamientos porque la estética del decálogo es ya clásica y siempre viene bien. Los diez se reducen a dos principios: 1) el buen tertuliano debe hablar cuanto más tiempo, mejor, y 2), a poder ser, con frases hechas.