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Comentaba yo aquí el error del Gobierno español al emitir en 1976 un sello conmemorativo del "bicentenario de la Constitución de los Estados Unidos", cuando debería haber sido de "la independencia de la nación americana". Francisco Rodríguez Barragán añade un dato precioso: "En el año 1938 el Gobierno de la República Española emitió, con un año de retraso, un sello conmemorativo del 150º aniversario de la Constitución de los Estados Unidos, este con las fechas correctas: 1787-1937". Las autoridades filatélicas entonces eran más cultas, por lo menos a la hora de determinar sesquicentenarios. Por cierto, el año que viene celebraremos el sesquicentenario de la Ley Moyano (1857) por la que se organiza en España la instrucción pública con un criterio nacional y moderno. Esperemos que a alguien se le ocurra algo para celebrar la famosa ley de mi paisano, colega y correligionario, Claudio Moyano.
Pedro Luis Nieto del Rincón (psicólogo) me asegura que "lo correcto siempre y en todos los textos científicos aparece así: cociente de inteligencia y no coeficiente. Es un error muy común que cometen incluso personas cultas [llamarlo "coeficiente"]". No estoy yo tan seguro. En los diccionarios que he consultado se utiliza tanto la forma cociente (intelectual o de inteligencia) como la de coeficiente. En los diccionarios ingleses que he consultado se emplea intelligence quotient, pero en español sería mejor decir "coeficiente", pues se trata de una formulita que relaciona dos medidas. En todo caso lo correcto no es "siempre" y no lo es "en todos los textos científicos". Las expresiones apodícticas están reñidas con el lenguaje científico, y más cuando se trata de traducciones.
Javier Carrascón Garrido me cuenta una tierna historia que reproduzco sin más:
A principios de los años setenta, cuando era yo un chaval de doce o trece años y pasaba unas vacaciones en Galicia, me encontraba un día en Pontevedra, contemplando el escaparate de una tienda de artesanía típica donde se exhibían hórreos en miniatura, parejas de aldeanos gallegos tallados en madera y otras cosas así, todas con su precio marcado en pesetas, cuando se me acercó un matrimonio ya mayor, este de carne y hueso, y, con gran amabilidad y un tremendo acento gallego, me preguntaron si les podía decir cuánto costaba una de las piezas expuestas: una talla de madera policromada, de buen tamaño, que representaba un hogar, con los útiles de cocina colgados alrededor. Pensando que no les alcanzaba la vista a leer la etiqueta donde figuraba el precio, se lo leí yo. Sesenta pesetas. Pero su problema no era ese.
– Y eso ¿cuánto es en duros? – me preguntaron.
Eché la cuenta, les dije el resultado, consideraron gravemente mi respuesta y se les iluminó la cara: ellos lo habían comprado más barato en otro sitio. Y se fueron tan contentos, cogidos del brazo.
El episodio me dejó ya entonces, a pesar de mi juventud, extrañamente conmovido. Yo pensaba que esas tiendas y esas cosas eran para turistas y forasteros en general; y que una pareja aborigen y de economía no muy floreciente, a juzgar por su aspecto, estuviera dispuesta a gastarse semejante dineral en un objeto inútil y meramente ornamental –y absolutamente horroroso– me produjo una ternura profunda, que ni entonces ni ahora sé explicar muy bien.

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