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Columna publicada el 25-11-2005
Xabier Cereixo se refiere a la expresión “la gaya ciencia”; quiere saber si ese sentido de la “ciencia alegre” se puede aplicar a otros términos. En efecto, estamos ante una voz con una larga historia. Gaya o gayo era tanto como alegre, vistoso, multicolor. La “gaya ciencia” o la “gaya doctrina” equivalía a la poesía en su sentido festivo. Una tela o vestido “gayados” quería decir festoneados de forma llamativa. Así está en el Quijote. El Diccionario de Autoridades (1732, el primero oficial) dice de gaya: “En la Germanía significa mujer pública”. Es muy posible que las prostitutas vistieran con colores llamativos. Es ocasión de recuperar esos sentidos clásicos y no depender del gay inglés. Los gays son nuestros vistosos gayos.
José María Sánchez Galera apunta algunas precisiones sobre el lenguaje de la sexualidad. Así, el término gay en inglés hasta hace poco solo era “alegre, desenfadado”. En castellano clásico la voz “Marica” era el hipocorístico de María. Añado, como “Mariquilla” o “Maruja”. Todavía hace medio siglo circulaba “tríbada” como equivalente a lo que hoy es lesbiana. Añado que está en el DRAE; viene del griego tribein (= frotar). Sostiene don José María que el lobby gay la palabra que menos soporta es “invertido”, esto es, el que invierte la naturaleza. Sin embargo, tendría que ser la más precisa.
José Miguel Sánchez Zorrilla propone que el fausto nombre de gay, puesto que se pronuncia guey, pase a escribirse guey-gueyes. Se sigue así la norma de rey-reyes, bocoy-bocoyes, buey-bueyes. Lo malo es que guirigay da el plural de guirigays. Por último, don José Miguel termina por suscribir mi propuesta de gayo-gayos. Sugiere que los gayos quedarían así como una especie de “gallos” atiplados. Claro que se puede tener la voz atiplada y ser un hombre de pelo en pecho.
María Victoria Longares creía, como yo, que manflorita no es más que una corrupción arnichesca de hermafrodita. Pero un historiador, amigo suyo, le ha dado otra versión. Según la cual, en el siglo XIX había un ministro un tanto amanerado que se apellidaba Manflorita. La historia es hermosa, pero no me parece muy creíble. De todas formas, anotada queda. Sobre el origen de las palabras lo mejor es el discurso de las cien flores, tomado en serio, claro está.
Amaya Viros-Usandizaga no está de acuerdo con que las feministas son “las mujeres que interpretan su sexualidad de diferente manera a la convencional”. Para doña Amaya el feminismo es “el deseo de la mujer de compatibilizar su vida familiar con la profesional”. Mi opinión es que no se excluyen mucho las dos interpretaciones. Sostiene doña Amaya que “el término feminismo fue acuñado por una señora cuyo nombre ahora no recuerdo (pero usted seguro que sí), judía americana, que durante la [última] postguerra mundial se dedicó a entrevistar a cientos de mujeres”. Su conclusión fue que “la mujer es más feliz cuando puede trabajar fuera de casa”. Creo recordar que la mujer a la que se refiere doña Amaya puede ser Betty Friedan, autora de un libro muy difundido, The Feminine Mystique (1963). Ese libro es el precedente del Movimiento para la Liberación de la Mujer de los años setenta. Pero de ningún modo inventa el término y la idea del feminismo, que es muy anterior. En España introduce esa palabra Emilia Pardo Bazán en 1898, a partir de su experiencia parisina. En la práctica habría que distinguir una fracción de las feministas que promueven el bienestar de la mujer y otras que anteponen el odio al varón. Lo que no puede ser es que se crea que haya varones que odien a las mujeres (misóginos) pero que no existan mujeres “andrófobas”. Ni palabra tenemos.
Albín Magíster (Ituzaingó, Buenos Aires, Argentina) nos proporciona un dato comparativo precioso. En la Argentina “los partidos políticos deben integrar sus listas de candidatos a algún cargo público con no menos del 30% de candidatos ─mejor, ¿candidatas?─ del sexo femenino”. Albricias, los argentinos y argentinas ya están hermanados y hermanadas con los progresistas españoles y las progresistas españolas. La alianza léxica de las civilizaciones nos une a través del charco, que es así una charca. De todas formas hay naciones femeninas, como la Argentina, rodeadas de naciones masculinas, como el Brasil, el Chile, el Uruguay o el Paraguay.
Elena Dotsenko (Rusia) quiere saber cómo está en España el asunto de adaptar los nombres de las profesionales al género femenino. Me pide bibliografía. Dos títulos imprescindibles: Irene Lozano, Lenguaje femenino, lenguaje masculino (Minerva, 1995) y Álvaro García Meseguer, ¿Es sexista la lengua española? (Paidós, 1996).

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