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Cabe preguntarse por qué tanta gente se siente contenta y preocupada a la vez de manejar su idioma con soltura y conocimiento. Hay una primera razón instrumental. Simplemente, el idioma sirve para comunicarnos. Pero no es la única razón, ni acaso la primordial. La prueba es que, con un criterio pragmático, lo lógico es que todos acabáramos hablando inglés o, si nos pusiéramos de acuerdo, esperanto. Eso no sucederá. Cierto es que desaparecerán pronto cientos de lenguas que no tienen literatura, algunas incluso carecen de escritura. Pero el ramillete de lenguas con tradición literaria se mantendrá y aun reforzarán su uso. Aquí llega la razón fundamental para la conservación de un idioma: su función expresiva. No hay cosa mejor para expresar los sentimientos de uno que convertirlos en palabras. No son solo sentimientos sino pensamientos, emociones, experiencias. Es imposible que subsista una sociedad de cartujos o de autistas taciturnos. Incluso cuando rumiamos nuestros pensamientos en soledad lo hacemos con palabras. Recurrimos a unas u otras palabras porque así lo dicta la cultura a la que pertenecemos.
Hay otra razón subsidiaria para cultivar con gusto el idioma propio. Es un capital afectivo muy valioso, como puede ser el de los objetos familiares. Demos gracias al Dios de los contribuyentes porque todavía no se le ha ocurrido al Fisco poner un impuesto sobre el uso de la lengua propia. No es broma, se trata de un patrimonio que puede rendir mucho, no digamos en el caso de los escritores y análogos.
Aparte de sus funciones prácticas, el idioma es un excelente motivo de juego. Lo saben los aficionados a los crucigramas y otros entretenimientos parecidos. Se puede disfrutar cultivando las palabras del mismo modo que se goza cuidando las plantas o cuidando a los animales domésticos.
Los sentimientos respecto a una lengua no siempre son positivos. Hay personas en España que mantienen la ambigüedad entre su pertenencia a la comunidad lingüística del castellano y al otro idioma que solo se habla en su región de residencia. En ese caso caben diferentes reacciones. Una muy característica es la de rechazo y odio hacia el idioma español, por su carácter dominante, que se traduce incluso en un odio hacia todo lo español. No menospreciemos ese sentimiento. Odiar es tan humano y necesario como amar. Con la particularidad de que, hablando en castellano, el verbo odiar exige que esa acción se dirija contra una persona o algo que la represente. El odio hacia España se disfraza muchas veces de amor desmedido por la realidad nacional propia, esté contenida o no en las leyes. Eso es lo que llamamos nacionalismo. En España sucede, además, que no hay razas o etnias demasiado visibles, así que el nacionalismo se polariza hacia lo lingüístico. Es una desgracia. Lo que piadosamente se denomina "normalización" lingüística quiere decir erradicación del idioma español para sustituirlo por el catalán, el vasco, el gallego o los otros idiomas regionales. Esa sustitución solo se podrá lograr si el español es sustituido por el inglés, como ocurrió en Filipinas hace más de un siglo. En España hoy sería un empeño descomunal. Quizá antes haya que pasar por volatilizar la idea de España. "En ello estamos", piensan algunos.
Ahora se comprende que el interés por la lengua (la propia y las vecinas) esté tan relacionado con los sentimientos políticos.

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