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La lengua viva

Nombres propios y apellidos

Rafael Palacios Velasco comenta, al hilo de las combinaciones excéntricas de nombres, que tuvo una alumna llamada Begoña Medio Zorrilla. Añado que parece un personaje de Camilo José Cela. Todo es cuestión de tomarlo por el lado de la eutrapelia.

Don Rafael confiesa que alguna vez pensó en unir sus apellidos con guiones, "como homenaje a mis abuelas y a sus raíces astures y navarricas. ¿Pero no quedaría un poco pedante Rafael Palacios-Velasco Agüeria-Erro?". A mí me suena estupendamente. Todavía mejor: Rafael de Palacios-Velasco y Agüeria-Erro.

José María Navia-Osorio contesta a la petición sobre el nombre femenino de Rolindres. El asturiano tuvo una paciente de nombre Rolindes. Respecto a los apellidos compuestos con guioncillo, don José María disiente que tengan un "aire diplomático", como yo sugería. Pero él mismo se delata al confesar que le fastidia que, al referirse a su apellido, "se carguen el Navia y me llamen Osorio". Peor aún, algunos lo llaman "Nava". Reconozco que es muy corriente ese enfado cuando a uno lo llaman por otro nombre, pero no deja de ser una reacción pueril. Cierto es que el nombre y los apellidos son parte de la personalidad, pero tampoco hay que tomar la cosa tan en serio. A mí me encantaría llamarme Jorge Washington. De momento en mi DNI figura Amando de Miguel por fidelidad a mi abuelo Amando, que oficialmente se llamaba Cornelio, pero él se hizo llamar Amando.

La irritación que produce el error de pronunciar mal el apellido de uno lo tenemos en este comentario de Horacio Gómez de Alía Román:

Observo, y le traslado la rabia con la que reaccionan algunas personas al acortar y distorsionar mi apellido (Gómez de Alía) con notoria sequedad diciendo "Gómez", manifestando con ello claramente que les irritan los apellidos compuestos. De igual manera me sorprende el desconocimiento y el asco con los que algunas personas, al advertírseles la existencia de alguien con idéntico apellido al suyo, y a pesar de lo poco común que éste sea, reaccionan diciendo: "No tenemos ninguna relación", lo cual es absurdo pues lo correcto sería advertir que ellos desconocen la relación, y no que taxativamente no existe. Esta reacción he podido observarla en personas de apellidos compuestos y poco conocidos. ¿Qué le parece? ¿También a usted le ha sucedido?

A mí me sucede que algunas personas apellidadas "De Miguel" se consideran cariñosamente como emparentadas conmigo. El asunto me resulta divertido, además de poco plausible, puesto que el apellido de mis antepasados es "Miguel". La partícula "de" se la coloqué yo al entrar en la Universidad. Contaba un poco la vanidad de esa partícula aristocrática, pero también algo práctico. Tuve un lío administrativo porque mi título de bachiller se expidió a nombre de Amando Miguel [nombre de pila] Rodríguez [apellido]. Esa misma confusión se había producido otras veces, pero en ese caso estuvo a punto de costarme la anulación de la matrícula en la Universidad. Así que corté por lo sano y decidí ennoblecerme. Tras de mí siguieron mis hermanos y primos. Creo que todos hemos dado algún lustre al apellido de nuestra estirpe de honrados pegujaleros. Desde luego, mal no hemos hecho a nadie y hemos evitado muchos errores. Mi opinión es que los apellidos que también funcionan como nombres de pila (Miguel, Andrés, Juan, León, Pedro, etc.) deberían anteponer la partícula "de".

Vicente Casado opina que: con esto de la partícula "de", antepuesta al apellido, se llega a ridiculeces tales como la sucedida con el Conde de Lugo, Jaime Marichalar, al que se le añadió la partícula según se supo de su relación con la Infanta Elena. Durante unas semanas aparecía el apellido con o sin partícula, según el medio de comunicación en que apareciese; sin embargo su hermano Álvaro ("aventurero" de profesión) a pesar de ser de la misma "cuna" aún permanece sin el prestidigitador prestigio y es Álvaro Marichalar, así, a secas, "pelao"...

Pues a mí me parece muy bien que Jaime Marichalar pase a ser Jaime de Marichalar, sobre todo vista su raigambre nobiliaria y su introducción en la Casa Real. Por otros méritos, Jesús Polanco (uno de los hombres más influyentes de España) se presentó en sus últimos años como Jesús de Polanco, popularmente conocido como Jesús del Gran Poder.

Son muchos los casos egregios en los que la incorporación de la partícula "de" al apellido justifica una vida de trabajo y emulación. Recuerdo la figura ejemplar de José María de Areilza, a quien traté en algunas ocasiones. Era todo un político de raza y un hombre elegantísimo en todos los sentidos. Era hijo de Enrique Areilza (sin el "de"), un médico famoso, testigo de las fabulosas empresas de la industrialización bilbaína. Vicente Blasco Ibáñez, en su novela El intruso, introdujo la figura del doctor Areilza en uno de sus personajes, el doctor Aresti.

Ya que estamos en el País Vasco, todos recordamos la atractiva personalidad de Loyola de Palacio, hermana de Ana Palacio (sin el "de"). En esa ilustración no solo se añade la aristocrática partícula sino la transformación del apellido original, Jáuregui, en su equivalente castellano, Palacio. El cambio se debió a la decisión de un antepasado de Loyola y de Ana, no sé si cuando la última guerra carlista o cuando la última guerra civil.

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