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Populismos, la historia interminable

Con la crisis económica aumenta la desconfianza general, especialmente hacia los que mandan. Se supone que son los responsables de las cuitas colectivas.

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En las tertulias y conversaciones amicales que no se interesan solo por el fútbol sobrevuela un tema apasionante: qué va a ser del mundo en la era Trump que acaba de iniciarse. Por muy original e incluso extravagante que nos pueda parecer el fenómeno Trump, la parsimonia científica nos obliga a encajarlo en una noción más amplia, que es el populismo. Representa un suceso de primera magnitud en la civilización occidental. Entender es abstraer, generalizar y comparar. Así que el fulgurante ascenso de Trump se debe interpretar como un aspecto más de los nuevos populismos en distintos países, singularmente en Europa y desde luego en España. La ventaja del caso de Trump es su suprema visibilidad.

La evolución de las ideas y de las formas políticas en el mundo moderno no sigue una trayectoria lineal sino ondulante. Al menos es así desde el punto de vista de la economía, que condiciona tantas cosas. Desde hace dos siglos se han señalado fases de infortunio económico (crisis) y otras, al tresbolillo, de bonanza. El supuesto general es que en las fases de prosperidad se producen posiciones más racionales en la política, con avances democráticos. En las fases de crisis se generaliza un sentimiento de privación, resentimiento y envidia. Es el caldo de cultivo para que se instalen los movimientos populistas con tintes nacionalistas, proteccionistas, autoritarios. Es lo que sucedió en los años 30 del pasado siglo con los fascismos europeos y diferentes movimientos de carácter populista en las dos Américas. Tales movimientos generalizan la falsa idea de que aumenta la desigualdad.

La escena se repite con la crisis económica de 2007, que llega hasta nuestros días y lo que te rondaré. Ahora los populistas son todavía más peculiares de cada país. Los hay de derechas y de izquierdas, pero participan de ciertos rasgos comunes: nacionalismo, proteccionismo, asambleísmo, democracia participativa, rechazo de las oligarquías o grupos dominantes, control más estricto de la inmigración. Una parte del electorado concede crédito a tales posturas para sus respectivos países. Suelen ser criticadas negativamente por los comentaristas de los medios hegemónicos, pero las aprueban muchas personas corrientes.

En muchos casos de populismo sus líderes se constituyen en verdaderos maestros de la propaganda a través de los medios de comunicación más novedosos. En los años 30 del siglo pasado pudo ser la radio, y ahora la televisión y sobre todo las redes (que dicen "redes sociales"). Los nuevos medios permiten la ilusión de que el líder se comunique directamente con el pueblo, la masa, la gente. Al menos se establece una relación de proximidad vicaria. Es el caso, por ejemplo, de muchas personas orgullosas de hacerse un selfi con el líder. El líder populista no solo genera entusiasmo por parte de sus seguidores, sino odios y sarcasmos en los sentimientos de sus opositores o sus víctimas. Es decir, no pasa inadvertido; ya se encarga él de llamar la atención. Pocas veces es ella. Nadie parece quejarse de tal asimetría.

No olvidemos la situación de infortunio económico ahora dominante en Europa y las dos Américas, por no decir el mundo entero. Eso explica que, donde hay elecciones, las opiniones del electorado puedan encaminarse hacia posiciones nacionalistas, incluso xenófobas. En las fases de prosperidad económica se resalta más la confianza entre las personas, las organizaciones. Con la crisis económica aumenta la desconfianza general, especialmente hacia los que mandan. Se supone que son los responsables de las cuitas colectivas. La confianza en los que mandan se llama legitimidad.

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