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Qué es eso del progreso

El progreso es aproximadamente lo contrario de lo que propugnan los sedicentes progresistas.

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Muy sencillo. El progreso es aproximadamente lo contrario de lo que propugnan los sedicentes progresistas. Así está de loco el mundo. Como es natural, todos deseamos progresar, avanzar, mejorar. El problema reside en que los adelantos individuales muchas veces no coinciden con los colectivos.

Un notable progreso sería, por ejemplo, que no dominaran siempre las mismas personas e instituciones en la vida cultural española, que es la que veo más cercana. No se avizora ningún cambio por este particular. Ya nos hemos acostumbrado a que la izquierda sea la hegemónica en la cultura española. Lo cual no asegura un alto grado de excelencia.

Sería un admirable progreso que en España no se reabrieran las heridas y miserias de la Guerra Civil de hace ocho decenios. A lo mejor hay que esperar al centenario. De momento, la llamada memoria histórica representa lo contrario de lo que parece decir: el olvido o borrado de una parte de esa historia. Me cuenta un amigo que vive en la calle Puerto de los Leones. En su urbanización todas las calles llevan nombres de la sierra madrileña. Pues bien, el Ayuntamiento progresista de Madrid ha decidido que el nombre de esa calle debe desaparecer. Lo ha decidido un comité de expertos en no se sabe qué; en odio, me parece a mí. Puestos a afinar, habría que suprimir también la calle del Puerto de la Fuenfría, porque por ahí llegaban las legiones romanas que invadieron Hispania.

Un gran progreso supondría no conceder más privilegios a ciertos grupos de presión que ya son los más exitosos. Pienso, por ejemplo, en los fabricantes y vendedores de coches, los homosexuales y demás ralea, los feministas, los ecologistas. Es un misterio por qué tales grupos acumulan tantas facilidades por parte de los organismos públicos.

Veo progresista que los impuestos se mantuvieran en sus justos términos y aun que declinaran un poco. La realidad es la contraria. La razón es que hay que atender a un sinnúmero de solicitudes de subvenciones y tratos de favor. Es claro que no todos somos iguales ante la ley. Que se lo digan a los vascos, por otra parte, tan quejosos ellos. En algunos pequeños pueblos castellanos el bar se mantiene porque los gastos los paga el Ayuntamiento.

Bien progresista sería la medida que obligara a los políticos todos a renunciar a sus coches oficiales y otras bicocas, pero "que si quieres arroz, Catalina". Tales privilegios no hacen más que ampliarse.

Un progreso elemental sería la desaparición de los sedicentes okupas y otros símbolos del desgobierno particular, como los grafitis, los tatuajes, el botellón, las rastas, etc. No se prevé tal tendencia. Antes bien, se reafirma. Nos encontramos en la apoteosis de lo cutre.

Los progresistas de antaño se centraron muchas veces en abominar del catolicismo. Hoy se repite la cantinela con los progresistas de hogaño. Es la misma falta de cultura.

En buena lógica tendría que haber progresistas tanto en la izquierda como en la derecha. Pues bien, solo destacan en la izquierda, además, con el resultado de que sus deseos no significan el progreso real de la población.

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