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Ruido y comunicación en las redes sociales

No hay que entusiasmarse sin más con el fabuloso avance de las redes sociales. He podido comprobar que un medio tan atractivo como el Facebook suscita en algunas personas una pulsión incontenible de insultar.

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Lo de redes me parece una analogía desmesurada, pero es la que funciona. Se supone que todos estamos conectados con todos a través de los artilugios informáticos y que eso produce no sé cuántas bondades. Es evidente que aumenta notablemente la acumulación de datos y multiplica las relaciones sociales. Pero eso es tan obvio que no merece mayor consideración. Son otras las disputas en las que conviene introducirse. Estamos ante uno de los pocos hechos que son hoy verdaderamente universales.

Juan Luis Valderrábano me envía una cascada de informaciones sobre el proceloso mundo de la Economía y las redes informáticas. El último despacho es un artículo de Gillian Tett con una provocadora tesis. A través del teléfono móvil, generalizado en todo el mundo, se establecen cuatrillones de unidades de comunicación. Un análisis de esa enorme densidad de contactos permitiría establecer el nivel de actividad y de consumo mucho mejor que las clásicas magnitudes económicas. He quedado con don Juan Luis que habría que promover un estudio para aplicar ese hecho a la situación económica española y europea. Añado que el punto de vista de doña Gillian es sumamente optimista. Los cuatrillones de unidades de comunicación son solo mínimamente productivas. La mayor parte de los intercambios informáticos (incluidos los telefónicos, claro) no pasan de su función de entretenimiento, de matar el tiempo. Eso en el mejor de los casos, porque también abundan las comunicaciones con propósitos degradantes e incluso delictivos. Ahí tenemos el caso aberrante del hacker sueco, defendido lógicamente por el ex juez Garzón ("No hay boda sin la tía Juana", como recuerda Federico Jiménez Losantos). Mucha gente considera que robar a través del ordenador no es robar, es un juego o una hazaña. Convendría distinguir el ruido, en sentido cibernético, del cúmulo de comunicaciones realmente útiles.

Blas de Lezo (supongo que un seudónimo) me envía un largo y vitriólico alegato contra la telebasura, específicamente la de Telecinco. Parte de un repugnante reportaje sobre la familia Franco. En él se entrevista al nieto del Generalísimo con ataques groseros a su intimidad. Por ejemplo, el hombre tiene que responder si su madre era hija realmente de Ramón Franco y no del Generalísimo. Uno de los contertulios, un tal Bardem, habla de Franco como "Su Excremencia". Considero irreproducibles los epítetos que don Blas dirige a los otros participantes, entre ellos el Gran Wyoming, Pocholo y demás ralea. Es una buena ilustración de todo un género, llamado televisión basura. Añado que esa denominación es asaz condescendiente, pues la basura es hoy una fuente de energía. En el caso del personaje del dictador Franco, sorprende la enemiga de muchas personas e instituciones que en su día estuvieron calladas o incluso demostraron su fidelidad inquebrantable al Caudillo. Por ejemplo, hace unas semanas el Club de Fútbol Barcelona acordó anular la medalla que en su día le concedió a Franco. Es lo que se llama "A moro muerto, gran lanzada". La medalla de marras se la dieron a Franco por los privilegios urbanísticos que concedió al mentado club. Siempre fue más que eso.

A lo que voy. No hay que entusiasmarse sin más con el fabuloso avance de las redes sociales y las comunicaciones informáticas. He podido comprobar personalmente, por ejemplo, que un medio tan atractivo como el Facebook suscita en algunas personas una pulsión incontenible de insultar. Las redes sociales convierten en estadísticamente relevantes (trendy) las mayores cretineces.

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