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Patrón oro y crisis

En su conferencia en el Gold & Silver Meeting de Madrid del pasado 18 de junio, el director del Observatorio de Coyuntura Económica del Instituto Juan de Mariana y jefe de opinión de Libertad Digital, Juan Ramón Rallo, explicó por qué la ausencia de un sistema monetario basado en un patrón oro era una de las causas de esta crisis.

La principal razón que apuntaba es que con el oro se hubiera limitado notablemente la expansión del crédito que no estaba sustentada en ahorro real, hecho que ha tenido lugar desde hace más de una década, y que constituye el inmediato origen de la actual crisis económica y financiera, tal y como avanzó LD.

Por el contrario, el régimen monetario vigente en la actualidad, que opera sin ningún respaldo real salvo el de los gobiernos y la deuda pública, carece de los frenos a los excesos monetarios y fiscales que sí ofrece el patrón oro. Así se pueden prolongar durante un mayor número de años las prácticas bancarias insostenibles como el endeudarse a corto plazo para hacer inversiones a largo plazo, mecanismo perverso que permite los desmanes monetarios y crediticios, tal y como explica el profesor Fekete, otro de los participantes en el evento sobre los metales preciosos.

Aunque pudiera parecer, especialmente en tiempos de auge, alegrías y pingües beneficios, que sin el patrón oro las autoridades monetarias y bancos privados pueden actuar a su antojo sin sufrir descalabros cíclicos, la realidad es muy tozuda. Más tarde o más temprano ésta se manifiesta con toda su crudeza para mostrar lo ilusorio y ficticio del crecimiento inflacionista del periodo pretérito.

El alargamiento y profundización de estos errores tiene efectos muy perjudiciales sobre todo el sistema económico, que deberán corregirse en un subsiguiente periodo de recesión o crisis, tal y como explica la Teoría Austriaca del Ciclo Económico. Lo que en un sistema monetario sometido a una disciplina automática podría dar lugar a un periodo relativamente corto de errores, en un sistema sin ella estos errores se cometen más intensamente y durante un periodo de tiempo más largo.

En otras palabras, utilizando la ya clásica analogía de la borrachera y la resaca para explicar las etapas de auge y recesión, nadie sensato pensará que alargando el periodo de borrachera dando más alcohol al ebrio conseguirá solucionar nada. Al contrario, lo que se hace es retrasar el periodo de sufrimiento, haciendo que éste sea más severo en la inevitable resaca.

En cierta manera, y aunque esta analogía la traten de ridiculizar algunos como el desacreditado Paul Krugman, el sistema de patrón oro supone la necesidad de mantener una disciplina y de que se limiten esos excesos, no sólo monetarios sino también fiscales.

De esta manera se limitan seriamente las capacidades de incrementar el gasto y mantener elevados déficits públicos en los que incurren los gobiernos, sirviendo como una herramienta útil del control del poder político –probablemente mucho más útil que el supuesto control democrático que tiene lugar en el Parlamento, o los pomposos pactos de la Unión Europea que presuntamente limitan el déficit público. En épocas como la que vivimos actualmente de creciente intervencionismo y explosión de la deuda pública, esta cortapisa parece más necesaria que nunca.

No en vano, el camaleónico Alan Greenspan advirtió de esta característica en su artículo de 1966 llamado Oro y libertad económica, cuya traducción fue publicada en exclusiva por LD, donde afirmaba, entre otras muchas cosas, que "la oposición al patrón oro se deriva de la incompatibilidad de éste con el déficit público crónico".

No obstante, el éxito de esta estrategia tampoco está garantizado, ya que así como el ebrio puede rechazar y desoír todas las advertencias y seguir bebiendo, los gobernantes pueden hacer lo propio, poniendo fin eventualmente al patrón oro.

Esto es lo que a grandes rasgos sucedió en Estados Unidos en la década de 1930, cuando el presidente demócrata Franklin Delano Roosevelt hizo sus encajes de bolillos para manipular el sistema modificando la convertibilidad oro-dólar e incluso prohibiendo a los ciudadanos norteamericanos poseer oro. O cuando el republicano Richard Nixon abandonó unilateralmente en 1971 los últimos remanentes del patrón metálico, bajo la forma de los acuerdos de Bretton Woods.

En la actualidad, mucho hablan los principales líderes políticos y magnates del mundo político y económico de reformar el sistema financiero internacional, aumentar la solidez y transparencia de los mercados financieros, y reformar el capitalismo. Sin embargo, no parecen atajarse la causa y raíz de nuestros problemas económicos.

Da la impresión, como comentaba Rallo en estas páginas, que se pretende cambiar para que todo siga igual, o incluso peor. Así criticaba los recientes vientos de supuesto cambio en los Estados Unidos: "Obama no pretende cambiar el modo destructivo de hacer banca, sino racionalizar esa destrucción, incorporarla como un área más del Gobierno y externalizar sus costes al conjunto de la población". Y concluía diciendo que "seguirá habiendo ciclos económicos, sólo que el Estado meterá más la mano en ellos".

En lugar de permitir y ofrecer al mercado que pueda guiarse con la ayuda de la brújula de los precios de mercado, la contabilidad y el cálculo económico, y un patrón monetario estable, lo que se pretende es sustituir esta brújula por la arbitrariedad de las decisiones centralizadas de los políticos y de sus "prestigiosos y sabios" asesores.

Ángel Martín Oro escribe regularmente en su blog.
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