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En defensa de los lobbies

Pocas veces me he sentido tan estupefacto como al leer el artículo de Enrique Dans Lobbistas y gentes de mal vivir. En su columna, Dans muestra una imagen de la actividad de lobby totalmente distorsionada y alejada de la realidad. Para él, los lobbistas no son más que una especie de mafiosos al servicio que oscuros intereses que compran, por las buenas o por las malas, a los políticos. Se equivoca.

No podemos negar que algunos lobbistas caigan en prácticas poco éticas o incluso delictivas, pero eso ocurre en todos los sectores de la sociedad, ¿acaso el periodismo, la universidad y la política están al cien por cien a salvo de ello? Pero eso no implica que todos sean así. Los lobbies no dejan de ser una expresión de la sociedad civil frente al poder político. Pueden representar o estar formados por empresas, pero también por usuarios de algún sector, defensores de una idea u otra, activistas pro derechos humanos o a favor de cierto cambio legislativo. Los hay permanentes, con agendas amplias, y otros que se crear para conseguir un objetivo concreto y que desaparecen cuando este se ha logrado o se ve como imposible.

Hacer lobby no es sólo llamar a un político para amenazarle (eso, de hecho, es mal lobby). Es relacionarse con él para mostrarle el punto de vista de la organización para la que uno trabaja o de la que forma parte. Es tratar con periodistas para que estos saquen al debate público los temas que le interesan a uno o muestren ciertas posturas en debates concretos. Precisamente lo que hacen organizaciones que Enrique Dans no considerará precisamente dañinas, como la Asociación de Internautas o Hispalinux. Estas asociaciones son lobbies de usuarios de nuevas tecnologías que defienden unos intereses que consideran legítimos, y están en su derecho. Si mi compañero de sección quiere ser coherente con lo que escribe, le ruego que no visite sus sitios web ni escuche jamás a sus representantes. Y si lo hace, que jamás utilice los argumentos que estos les transmitan, puesto que entonces estará colaborando con un lobby.

No se da cuenta que este tipo de "acción pública" es la que permite que grupos de ciudadanos con poca o nula influencia o presencia en los medios consigan que sus opiniones sean escuchadas y tenidas en cuenta por políticos y periodistas. En el ámbito de las nuevas tecnologías tenemos varios ejemplos de ello. Si diferentes servicios online de las Administraciones Públicas se han adaptado a los usuarios de Linux cuando antes sólo eran accesibles para los de Windows (pensemos, por ejemplo, en la declaración de la renta por Internet), es gracias a una buena acción de lobby ejercida por Hispalinux. Aunque la SGAE tiene una influencia desmesurada, no podemos dudar de que sin el lobbying de organizaciones como la Asociación de Internautas y plataformas como Todoscontraelcanon.es su poder sería mayor. Por ejemplo, nos habrían metido un canon mucho más abultado o se aplicaría también a las conexiones a la Red (una vieja aspiración de Teddy Bautista y los suyos).

Oponerse a los lobbies es estar en contra de que la sociedad civil se organice para defender sus intereses. Las grandes empresas siempre tienen otras formas de influir; limitar y regular la acción de lobbying tan sólo perjudica a quienes no tienen esas alternativas.

Antonio José Chinchetru es autor de Sobre la Red 2.0.

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