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Que no nos hagan perder la libertad

Los gobernantes no deben caer en la tentación de proponer medidas antiterroristas que sobrepasan los límites democráticos. El peor modo de combatir a los enemigos de la libertad es destruyéndola nosotros mismos

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En una Francia naturalmente horrorizada ante los asesinatos cometidos por el yihadista Mohamed Merah, Sarkozy ha anunciado una nueva serie de medidas para combatir el terrorismo. Una de ellas es convertir en delito visitar con frecuencia sitios de internet en los que se defienda el terrorismo. Quien acceda de forma reiterada podrá ser condenado a penas de prisión. Se trata de un grave error. Además de ser una medida inútil para combatir el yihadismo, atenta contra los más elementales derechos de los ciudadanos.

En su excelente prólogo de Rebelión en la Granja, George Orwell alertaba sobre los riesgos de combatir a los enemigos de la libertad y la democracia utilizando sus mismas técnicas. En esta introducción, titulada La libertad de prensa, el autor británico alertaba hace ya siete décadas de que "una creencia muy extendida actualmente argumenta diciendo que la única manera de defender la libertad es por medio de métodos totalitarios. Si uno ama la democracia, prosigue esta argumentación, hay que aplastar a los enemigos sin que importen los medios utilizados". Se refería a la censura y a la persecución de quienes difundían ideas de corte fascista o filo-nazi. Unas líneas después advertía:

Todos los que sostienen esta postura no se dan cuenta de que, al apoyar los métodos totalitarios, llegará un momento en que estos métodos serán usados «contra» ellos y no «por» ellos. Haced una costumbre del encarcelamiento de fascistas sin juicio previo y tal vez este proceso no se limite sólo a los fascistas.

La medida anunciada por Sarkozy va incluso un paso más allá. No sólo pretende condenar a quien difunda una ideología evidentemente perversa. Quiere convertir en delito el mero hecho de consumir los textos, vídeos e imágenes usados en internet para su propagación. Y para hacerlo, al menos en principio, no hace falta tan siquiera que el supuesto propagador del terrorismo replique esos contenidos en otros sitios web o de otras manera. Lo delictivo debería ser actuar siguiendo las consignas que se difundan en esas páginas de internet, y por lo tanto convertirse en un terrorista, no tan sólo leerlas o escucharlas.

Al margen de que el tener un pensamiento totalitario no ha de ser delito mientras no se actúe de forma consecuente al mismo, puede convertir además en delincuente a muchos que no la comparten. Quien esto escribe, por ejemplo, ha visitado con asiduidad sitios proetarras, así como de defensores del uso de la violencia como técnica de propagación del comunismo o el nazismo. Sin embargo, no comparte en absoluto ninguna de esas ideologías. Ha entrado en esas páginas por el mero afán de conocerlas más en profundidad, así como a quienes las defienden.

Resulta comprensible que, bajo el impacto del horror, haya quien proponga tomar medidas que sobrepasan los límites democráticos para tratar de evitar hechos tan tremendos como los asesinatos en la escuela judía (además de los de soldados). Pero quien no debe caer en ello son los gobernantes de los países democráticos. Y si lo hacen, los ciudadanos deben oponerse. El peor modo de combatir a los enemigos de la libertad es destruyéndola nosotros mismos. Tal vez los Mohamed Merah que quedan en el mundo fracasarían, puesto que no lograrían imponernos su modelo totalitario concreto. Pero también fracasaríamos nosotros, al renunciar a lo más valioso que tenemos, que es precisamente la libertad.

El Sr. Chinchetru es periodista y escritor, autor de Bajo el signo de Fidel (Episteme, 2011). Miembro fundador de Libertad Digital. Sígalo en Twitter: @chinchetru

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