
Después de treinta años de fantasías secesionistas, no hay un duro, ni fórmula para generar riqueza, solo ficciones identitarias, una nación virtual y una inagotable imaginación para chantajear mediante símbolos al Estado
No hay día en que no salga un dirigente catalanista con amenazas al orden democrático constitucional o insinúe la llegada de las siete plagas contra España si no se cede ante sus chantajes, hoy de "pacto fiscal", ayer por "el derecho a decidir" y siempre con el punto de mira puesto en el debilitamiento del Estado. Es una prueba sobrevenida de la debilidad de este tinglado nacionalista que juega a ser Estado sin serlo, puesta en evidencia en estos tiempos de crisis por la incapacidad de la Generalidad para generar recursos y obtener avales financieros para su colosal deuda. La vergüenza de recurrir a un crédito al ¡6 por ciento¡ para pagar a plazos la nómina de Navidad de los funcionarios, lo dice todo. Las arcas están vacías y todo su poder, a la hora de la verdad, ha resultado ser puro folklore. Nadie avala su deuda.
Después de treinta años de fantasías secesionistas, no hay un duro, ni fórmula para generar riqueza, solo ficciones identitarias, una nación virtual y una inagotable imaginación para chantajear mediante símbolos al Estado. Como la última bravuconada de Artur Mas tocando a rebato al pueblo de Cataluña para obligar al Gobierno del Estado a cederle los impuestos mediante un pacto fiscal que detraiga dinero del resto de españoles para pagar lo que en Cataluña han gastado y siguen derrochando en su construcción nacional. Se trata –amenaza el presidente de la Generalidad- de "prepararse" para "abrir algunos caminos, que algunos interpretarán como caminos de confrontación", y que "romperán las costuras de una Constitución muy rígidamente interpretada".

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