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¡Libertad!, ¡libertad!, ¡libertad!

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&quote&quoteLa cosa no va de libertad, ni de toros, sino de limpieza étnica. La astucia nacionalista ha dado un paso más para borrar España de Cataluña. Uno entre otros muchos. Proceso lento, pero inexorable.

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¡Libertad!, ¡libertad!, ¡libertad! Siempre lo había escuchado con apellidos: ¡Llibertat, amnistia i estatut d’autonomia! El estribillo más repetido durante la transición; después, en democracia, con otros muchos apellidos. Sin duda, el más dramático fue el que España entera pidió desesperadamente en 1997 para que ETA liberara a Miguel Ángel Blanco.

La primera vez que lo oí a secas, fue en el Hotel Calderón de Barcelona cuando C’s salía a celebrar la conquista de los tres diputados en las elecciones autonómicas del 1 de noviembre de 2006. Sin que nadie lo hubiera previsto, sin que viniera a cuento el estribillo, rodeados por cientos de militantes y toda la prensa por medio, una primera voz espontánea contagió a la sala de prensa con un grito desgarrador: ¡Libertad!, ¡libertad!, ¡libertad! No era una petición, era la rabia tanto tiempo contenida. Durante más de 30" el desgarro nos puso a todos la piel de gallina. Hubo quien lloró, los periodistas no encajaban la desmesura, pero todos entendíamos por qué aquella noche electoral del Calderón gritábamos: ¡Libertad!, ¡libertad!, ¡libertad!

A partir de ese momento, ese fue el escudo protector cada vez que en una universidad nos impedían hablar, nos acorralaban en concentraciones o nos manifestábamos por la libertad lingüística.

No es casualidad que haya sido en la Plaza Monumental de Barcelona donde se haya vuelto a escuchar aquella impotencia: ¡Libertad!, ¡libertad!, ¡libertad! Con la tarde caída y el matador catalán Serafín Marín inclinado sobre el albero para besar la arena por última vez, el eco de la plaza estremecía.

El clamor por la libertad tenía las mismas causas que en cualquiera de los acontecimientos que le precedieron: clamar contra la exclusión en Cataluña. Esta vez era la prohibición de las corridas de toros, antes habían sido otras distintas. ¡Qué más da el motivo! La protesta era y es cada vez más, el grito de la impotencia ante los nuevos inquisidores.

Por eso, la cosa no va de libertad, ni de toros, sino de limpieza étnica. La astucia nacionalista ha dado un paso más para borrar España de Cataluña. Uno entre otros muchos. Proceso lento, pero inexorable. El pasado domingo fueron los corridas, antes había sido la limpieza lingüística de instituciones, escuelas, rótulos, callejero..., como la retirada de la bandera española en docena de ayuntamientos, la prohibición de pronunciar la palabra España en TV3, o el desprecio por la Constitución y el incumplimiento de sus sentencias; y cuando se les recuerda la impostura, aquelarre y desacato político.

Para quienes hemos visto nacer este proceso de acoso y derribo, la evidencia es grosera. Y sin embargo, España sigue dormida entretenida en gobernar sus despojos. Ahí está, como una Duquesa de Alba dividiendo el patrimonio entre sus cuervos para seguir agarrada a la doncella que ya no es, olvidando que el esplendor no se hereda, se pelea, se labora, se conquista cada día. No importan las señales alarmantes que nos llegan por doquier. Cualquier argumento vale con tal de empujar hacia la demolición. Como ese insulto a la inteligencia que se ha atrevido a soltar Jordi Portabella, de ERC, de distinguir entre los toros y los correbous porque estos últimos "no comportan la muerte del animal". Su cinismo moral provoca arcadas. Si ha de ser el maltrato la justificación del rechazo, no será la muerte, sino la tortura que sufre el animal mientras el común se divierte a su costa, lo más rechazable. Morir, morirá de todas maneras, pero si sufre, en los correbous sufrirá cuantas veces lo acorralen, y nos advierten a todos, en su hipocresía, que el crimen mayor es la mascarada de su manipulación sentimental para empitonar a España.


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