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Columna publicada el 24-01-2002
La frase refleja la estupefacción del norteamericano promedio ante el cerco que los mass-media cierran en torno a la más antigua de las democracias: "Cualquiera diría, leyendo la prensa, que el problema del mundo es EE UU. Les aseguro, señores, que es al contrario", argumentó hace poco Donald Rumsfeld, Secretario de Defensa estadounidense, en momentos en que desmentía que los prisioneros capturados en Afganistán, y posteriormente trasladados a la base de Guantánamo, soportaran maltrato a manos de sus celadores. Allí mismo se produjo un diálogo cuando menos curioso, que ilustra la a ratos desvergonzada —¿o impúber?— actitud de un considerable segmento de la prensa internacional: una periodista preguntó, muy seria ella, si los detenidos no necesitaban aire acondicionado. "Le sorprendería saber la cantidad de gente que no tiene aire acondicionado en Cuba", contraatacó Rumsfeld. Que ni siquiera tiene derechos, podría haber añadido.
Unas fotos obtenidas por un soldado en Guantánamo, hechas públicas por el Pentágono y difundidas a todo trapo por diarios británicos y norteamericanos —algunos miembros de Al Qaida aparecen en cuclillas, ojos y oídos vendados, guantes y mascarillas sobre la boca—, han provocado que entre en erupción el volcán de la crítica especializada (en demonizar al Tío Sam). Tomadas el 11 de enero último, las imágenes captan el instante en que desembarca en la base un grupo de prisioneros, tras un recorrido de cerca de 24 horas en avión. "El traslado es el momento más peligroso y, por supuesto, mantenemos a los presos atados y con todas las limitaciones que consideramos necesarias para asegurarnos de que no puedan atacar a sus vigilantes —explicó Rumsfeld—. Una vez en Cuba, muchas de esas limitaciones desaparecen". La explicación parece lógica, pero no enfriará la copiosísima lava de los detractores del "Imperio", decididos a dar cuenta de tan inesperada oportunidad. "Es sorprendente la cantidad de cosas que algunos parlamentarios pueden descubrir desde una distancia de 5.000 millas", satirizó el Secretario de Defensa estadounidense apuntando a las imputaciones expuestas en la Cámara de los Comunes (refutadas más tarde por el ejecutivo de Tony Blair y la Cruz Roja, la que cuenta con representantes a tiempo completo en Guantánamo).
La polémica ha sido sobrealimentada con combustible adicional: la negativa norteamericana a considerar prisioneros de guerra a los detenidos. Dice Rumsfeld que los hombres capturados en Afganistán no pueden ser estimados según las convenciones de Ginebra, las cuales contemplan que el soldado lleve uniforme o identificación, luche para un Gobierno reconocido internacionalmente y no oculte sus armas. Sin embargo, el gubernativo afirmó que se les trata de acuerdo a los referidos convenios.
Pespunteada por la paradoja, la nueva ofensiva mediática contra EE UU es más que nada un monumento a la impudicia ideológica, erigido al extremo oriental de la gigantesca cárcel que es Cuba. Un símbolo de lo inmoral alzándose en el paraíso de la doble moral que es la isla de Fidel Castro. Un ejemplo de hasta dónde puede llegar la hipocresía de la prensa internacional y de algunos políticos y agentes sociales de la llamada "izquierda", capaces de azucarar los derechos de quienes, luego de procurar el hundimiento de Occidente, reciben a cambio tres comidas decentes diarias, pueden orar, leer, ducharse, son objeto de atención sanitaria, están supervisados por la Cruz Roja y "no sufrirán una detención ilimitada: poco a poco, tras los interrogatorios, serán acusados formalmente y entregados a un juez o un tribunal militar, o enviados a su país de origen, o puestos en libertad" (Rumsfeld). Condiciones que ya quisieran para sí los presos cubanos, tanto políticos como comunes, víctimas de la desnutrición, el aislamiento y el hacinamiento, la ausencia de asistencia médica, los abusos sexuales y las palizas; rehenes de un Gobierno incapaz de acatar las normas mínimas de la ONU sobre el trato a prisioneros y detenidos. Presos a favor de los que los mass- media —auxiliados por el ala zurda de la Cámara de los Comunes, algún juez federal de los Ángeles o el secretario suizo de Relaciones Exteriores— no acaban de orquestar una campaña de denuncia.
Armando Añel es un escritor cubano residente en España.
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