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Columna publicada el 26-06-2003
Durante un tiempo, Hugo Chávez se fingió muerto con tal de ver qué entierro le hacían. Y parece que ha visto suficiente. Los últimos acontecimientos en Venezuela, desde los escarceos de la Ley Mordaza hasta los organopónicos –siembra masiva de hortalizas en áreas metropolitanas, a la manera castrista–, desde la paulatina instalación del llamado Médico de la Familia –Caracas le denomina Plan Barrio Adentro y cuenta con el "desinteresado" concurso de 120 galenos de la mayor de las Antillas– hasta la anunciada campaña de alfabetización, demuestran que la zarzuela de la revolución bolivariana ha llegado a su fin. Miraflores es ya, en toda la línea, una dependencia de La Habana. Aunque aún no puede declararse comunista (o castrista o fascista o como sea que se asuma el flagelo), Chávez actúa como tal. La comedia termina, puesto que prospera la comedia.
A pesar de sus recientes y sucesivos traspiés, y el consecuente descrédito cosechado, el propio Fidel Castro ha intervenido en el debate sobre la "nueva ocurrencia" de su homólogo-discípulo. Sin percatarse del flaco favor que le hace (últimamente sólo atina a sacar una pata para meter la otra), ha reaccionado mostrando su "desprecio" y "repugnancia" ante la "sucia campaña" de la sociedad civil venezolana, opuesta al "noble propósito" de Chávez de "erradicar el analfabetismo". Según el anciano gobernante, "a lo largo de la historia la ignorancia ha sido el aliado inseparable y esencial de los explotadores y opresores". Precisamente, la última manifestación contra la injerencia cubana en Venezuela reunió a cientos de educadores; un colectivo que sí sabe muy bien de qué va la ignorancia: Para la Federación Venezolana de Maestros, la intención chavista es analfabetizar a sus conciudadanos y/o arrojarlos al mismo "mar de felicidad" donde chapotean los cubanos. Segundas partes nunca fueron buenas. Quizá porque las primeras acaban delatando el fin y las alternativas del guión.
Está subiendo el telón de la tragedia de turno en el continente, toda vez que la implícita negativa de Miraflores a pasar por el cedazo de las urnas, más las divisiones de la oposición, pudieran desembocar en una guerra civil. El telón de la tragedia y/o la comedia, pues, lo mismo que la cubana, la puesta en escena venezolana contiene multitud de elementos bufos. En este segundo acto, privado ya del componente popular que lo sustentara, el chavismo debe echar mano a los instrumentos de control y propaganda totalitarios que tradicionalmente ha manejado La Habana. La cuestión es adivinar a quién el público asaltará primero: Si a Castro por chocarrero y esclerótico, o a Chávez por incompetente y chocarrero. Aunque el precio de las entradas ha caído abruptamente, los apostadores siguen rondando el escenario.

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