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Columna publicada el 16-01-2003
Seguramente Pyongyang escogió el mejor momento –guerra inminente con Irak– para reactivar, o anunciar que reactivaba, su programa atómico, como se desprende de las últimas declaraciones del secretario de Estado adjunto norteamericano, James Kelly, certificadas a la postre por la Casa Blanca. Según Kelly, "una vez que dejemos atrás las armas nucleares puede haber oportunidades con Estados Unidos, con inversores privados y con otros países, para ayudar a Corea del Norte en el área de la energía"; una traducción no demasiado libre de los anteriores comentarios de George W. Bush. "No siento simpatía por alguien que hace pasar hambre a su pueblo", había confesado el presidente refiriéndose a Kim Jong Il, pero confío en llegar a una solución pacífica". No, pero sí. Un orden de factores que tampoco altera el producto.
La propuesta estadounidense de renovar la ayuda energética a Pyongyang si el régimen marxista suspende definitivamente su escalada nuclear –más sus alusiones a los inversores privados–, confirma las previsiones de más de un analista: el "Imperio" cede al chantaje norcoreano. Washington, que había interrumpido en diciembre sus remesas petroleras a Corea del Norte luego de que ésta reconociera haber violado el acuerdo de 1994 renovando secretamente su programa atómico, y de que fuera público y notorio que suministraba misiles a Oriente Próximo, se ve ante la disyuntiva de guerrear en dos frentes y con dos fanatismos de raíz común: su odio a las sociedades abiertas. Una de las razones por las que Bush recurre a evasivas que tarde o temprano pasarán factura. A él, a su país o a Occidente en su conjunto, que para el caso es lo mismo.
El delicado precedente de ceder al chantaje comunista quedaría flotando en el aire, como una suerte de bandera, agravado por el hecho de que la bate un Gobierno republicano, supuestamente duro. Kim Jong Il desenfundó la escopeta y probablemente obtendrá más limosna a cambio (la cual repartirá primero que nada entre sus acólitos, garantes de un régimen que fusila y mata de hambre a miles de sus ciudadanos cada año). Washington se lo jugaría todo a la carta del mal menor y apostaría por la mediación de China, un gigante cuyos pies de barro –los de la economía de mercado– marchan hacia la distensión y su propia conversión en Estado de Derecho, según una visión política que acarrea sus trapos sucios en bolsa negra. Los otros actores –Japón, Corea del Sur– parecen accesorios, o a mucho tirar coyunturales. Europa, una vez más, no cuenta.

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