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Columna publicada el 23-04-2002
El acorazado Jospin acaba de irse a pique. Y con él la llamada "izquierda plural", que se viera a sí misma como instrumento correctivo de los males del capitalismo y la globalización, como vengadora de la celebérrima derrota sufrida por el igualitarismo en la última década. Y con él, el Partido Comunista galo, especie de cadáver no-exquisito abandonado a su suerte por sus sepultureros: la clase obrera francesa. Y también con él, el estamento político todo, que de tanto ir a la fuente se ha quedado sin cántaro. Desde ya, sufre una sed abrasadora.
Luego de conocer su victoria no puede llamársele de otra manera en los comicios del pasado fin de semana, un ultra-nacionalista, xenófobo y anti-globalizador Jean-María Le Pen, exultante ante el hallazgo de su autodefinición ("hombre libre socialmente a la izquierda, económicamente a la derecha y más que nunca nacional de Francia"), hizo un llamamiento "a todos aquellos que creen en la Francia eterna, a los obreros de todas las industrias arruinadas por el euromundialismo de Maastricht, a los agricultores con pensiones de miseria, a las víctimas de la inseguridad en los barrios, pueblos y ciudades", al tiempo que se les ofrecía quimérico, patético pero categórico: "No tengáis miedo de soñar vosotros los pequeños, los excluidos". Una retórica que, salvando las distancias, muy bien habrían podido blandir la trostkista Laguiller, el "republicano" Chevénement o el comunista Hue, pero también Jospin y hasta el propio Chirac.
Al nacionalismo francés, tanto como a su izquierda, le ha llegado la hora de la definitiva radicalización o el decisivo hundimiento luego de jugar durante décadas al gato y el pericote con EE UU y la globalización. La suma de los votos obtenidos en las primeras presidenciales por los extremistas Le Pen, Megret y Boutin rebasó el 20%, mientras que la de los trotskistas Laguiller, Besancenot y Gluckstein, más el comunista Hue, rondó el 15: un 35% de los franceses votó opciones totalitarias. Ante semejante cuadro en un país que, por añadidura, acoge a 5 millones de musulmanes y 2 millones de inmigrantes (legales e ilegales), el futuro pinta gris con pespuntes negros.
Hace ya más de una década que la formación política más votada por el proletariado galo es el Frente Nacional de Le Pen, quien ha fustigado sin misericordia los a su modo de ver tres gérmenes fundamentales que padece el cuerpo nacional: la inseguridad ciudadana, la inmigración y el desempleo. Para erradicarlos, el vencedor de Jospin agita la fórmula mágica de un nacionalismo a ultranza, sin comprender sería mucho pedir que esa misma patriotería llevará ya lleva al país al desastre. La burocratización de la vida francesa, su estatismo, la obsesión de sus principales políticos por demonizar el American Way of Life y a lo que consideran su primogénito, la mundialización (en fin, el liberalismo), la fatal arrogancia con que recientemente criticaran a la Italia de Silvio Berlusconi y Gianfranco Fini, o a la Austria de Jörg Haider, les ha jugado una mala pasada. Son estas visiones y estrategias no la inmigración, la globalización o el "neoliberalismo", las responsables de que el Estado de Derecho corra peligro en Francia. Si la nación abriera su mercado laboral, descentralizara aún más su economía y el Gobierno, dejara de perseguir y/o gravar la iniciativa individual, existiría menos desempleo y, en consecuencia, menos xenofobia. Los inmigrantes, en lugar de recurrir al robo con violencia, acudirían al trabajo con urgencia.
Contra el "neoliberalismo salvaje" que tanto ha descalificado, Francia arrojó un nacionalismo salvaje que no sólo es patrimonio de Jean-María Le Pen o la ultraderecha, sino de casi toda su clase política. Sin embargo, el "destino manifiesto" francés está condenado a estrellarse contra los muros de una aldea global regentada por el sincretismo cultural y la libre empresa: los resultados de las primeras presidenciales así lo indican.

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