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Columna publicada el 09-04-2003
A la hora de decidir la última oleada represiva contra la disidencia interna –la última y la más devastadora que se recuerde en mucho tiempo–, uno de los supuestos barajados por Fidel Castro fue que la opinión pública internacional, centrada en la guerra en Irak, pasaría por alto su embestida, o al menos la relegaría a un segundo plano… a las esquinas más oscuras de los más "oscuros" periódicos. Una presunción reforzada por el movimiento antiamericano que por estos días sacude Occidente: La Habana vinculó una vez más la labor de la oposición pacífica a los dictados de Washington. No obstante, parece que dicho segundo plano no lo es tanto. Probablemente el viejo dictador no supo prever en su verdadera dimensión –en el marco de un mundo globalizado, cada vez más sensibilizado con el concepto, para nada abstracto, de los derechos humanos– las consecuencias de hechos como los ejecutados por su policía del pensamiento.
El coste político que el espasmo de Castro traerá a su régimen, se anuncia considerable. De entrada, tradicionales defensores de la "autodeterminación de los pueblos", críticos feroces de EEUU o el exilio cubano, simpatizantes de la "revolución" o, simplemente, intelectuales de izquierda, han rechazado la escalada represiva. Nombres como los de Carlos Rangel, Pedro Almodóvar o Günter Grass adornan una lista de reacciones encuadrada por organismos, movimientos e instituciones del más diverso signo; hasta el Partido Comunista Francés (PCF) ha censurado "con la mayor firmeza la represión ejercida contra los disidentes cubanos", pues "los juicios políticos de que son víctimas estos ciudadanos y ciudadanas de Cuba resultan inaceptables bajo todo punto de vista". La batalla mediática, apenas entablada, se ha saldado con una apabullante derrota para La Habana. Para decirlo en palabras del poeta Raúl Rivero –condenado a 20 años de cárcel por los "magistrados" del castrismo–, cabos interinos auscultan, "a punta de pistola, los lomos de los libros de poesía": un escenario inadmisible en cualquier país que se respete.
La bola de nieve de la denuncia internacional tiene aún mucha pendiente que rodar, y con ella la repulsa a un régimen cuya naturaleza represiva hace strip tease a medida que la realidad y Castro culminan los trámites de su ya definitivo divorcio. Los sucesores del actual gobierno, sobre todo aquellos que alguna vez consiguieran la reputación de "aperturistas" o "moderados", deberían tomar nota: les están serruchando el piso. "El Comandante" lo quiere todo o nada: la gloria después de muerto –esto es, la persistencia de su sistema por medio del terror, única manera de lograr esa "gloria" a nivel nacional– o la debacle. Quienes vengan después que arreen.

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