Tribuna Libre

¿Hemos cruzado el punto de no retorno?

Como explica la teoría austriaca del ciclo económico, la expansión del crédito del sistema de banca de reserva fraccionaria ha causado un auge insostenible. Con tipos de interés artificialmente bajos, los proyectos adicionales de inversión se llevaron a cabo aunque no hubiera un aumento correlativo en los ahorros reales. Las inversiones se pagan simplemente con nuevo crédito en papel. Muchos de estos proyectos de inversión constituyeron malas inversiones que tuvieron que liquidarse antes o después. En el ciclo actual, estas malas inversiones se produjeron principalmente en los sobredimensionados sectores del automóvil, la vivienda y la banca.

La liquidación de malas inversiones es beneficiosa en el sentido de que purgan los proyectos ineficientes y redirigen la estructura de producción hacia las preferencias del consumidor. Los factores de producción que fueron erróneamente usados en malas inversiones se liberan y trasfieren a proyectos que los consumidores desean con más urgencia que se lleven a cabo.

Soluciones a las crisis: caminos divergentes

En la actual recesión, la liquidación de las malas inversiones (caída de precios de la vivienda y malos préstamos) causaron problemas en el sector bancario. Los impagos y las pérdidas en inversiones amenazaron la solvencia de los bancos. Los problemas de solvencia dispararon una crisis de liquidez en la que los bancos con plazos descalzados tuvieron dificultades para refinanciar su deuda a corto plazo.

En ese momento había alternativas disponibles para atajar el problema de la solvencia y recapitalizar el sistema bancario. Los inversores privados podían haber inyectado capital en los bancos que consideraran viables a largo plazo. Además, los acreedores podían haberse transformado en accionistas, reduciendo así las obligaciones deudoras de los bancos y reforzando su patrimonio. Las instituciones financieras insostenibles (para las que se hubiera encontrado insuficiente capital privado o acreedores convertidos en accionistas) se habrían liquidado.

Aún así se dejaron de lado las soluciones del libre mercado para los problemas de solvencia de los bancos y en su lugar se eligió otra opción. Los gobiernos de todo el mundo inyectaron capital en los bancos, garantizando al tiempo las obligaciones del sistema bancario. Como los impuestos son bastante impopulares, estas inyecciones financieras se financiaron con el menos impopular aumento de la deuda pública. En otras palabras, las malas inversiones inducidas por el sistema de banca inflacionista encontraron en último término un patrocinador (el gobierno) en forma de explosión de la deuda pública.

Hay otra razón por lo que la deuda pública aumentó drásticamente. El gobierno adoptó medidas adicionales para luchar contra la saludable purga de la economía, retrasando así la recuperación. Además del sector financiero, otras industrias sobredimensionadas recibieron inyecciones directas de capital o se beneficiaron de subvenciones del gobierno.

Dos buenos ejemplos de receptores de subvenciones son el sector del automóvil en Estados Unidos (por ejemplo, el tristemente famoso programa “Dinero por chatarra” -“Cash for Clunkers”-) y el sector de la construcción en España. Esas subvenciones retrasaron aún más la reestructuración de la economía. La movilidad de los factores se vio dificultada por las obras públicas que absorbían los escasos factores necesarios en otras industrias. Las mayores subvenciones a los parados aumentaron el déficit al tiempo que reducían sus incentivos para encontrar trabajo fuera de los sectores sobredimensionados. Otro factor añadido a los déficits fue el desplome de los ingresos fiscales causados por la reducción del empleo y los beneficios.

Así que las intervenciones del gobierno no sólo retrasaron la recuperación, sino que la retrasaron al coste de disparar los déficits públicos, un incremento que se añade a los preexistentes altos niveles de deuda pública. Las deudas públicas preexistentes derivan de los gastos militares y de los insostenibles estados del bienestar. Como las no financiadas obligaciones de los sistemas de pensiones públicas suponen obstáculos prácticamente insuperables para los estados modernos, en cierto sentido, la crisis (con su enorme incremento en las deudas públicas) es un paso adelante hacia el inevitable colapso del estado del bienestar.

La situación en Europa

En Europa hay una vuelta de tuerca adicional al problema de la deuda. Con la creación del euro, se asumió implícitamente entre las naciones miembros que ninguna lo abandonaría después de integrarse. Si las cosas fueran de mal en peor, una nación podría ser rescatada por el resto de la Unión Monetaria Europea (UME). Con esta garantía implícita de rescate se preprogamaba un grave problema con la deuda soberana.

El supuesto apoyo de las naciones fiscalmente más fuertes redujo artificialmente los tipos de interés de las naciones fiscalmente irresponsables. El acceso a crédito barato permitió a países como Grecia mantener un gigantesco sector público e ignorar el problema estructural de los salarios no competitivos. Cualquier déficit podía financiarse creando dinero por parte del Banco Central Europeo (BCE), externalizando los costes en los demás miembros de la UME.

Desde el punto de vista político, los incentivos de un sistema así son explosivos: si como político en campaña prometí regalos a mis votantes con el fin de ganar las elecciones, puedo externalizar los costes de esas promesas en el resto de la UME mediante inflación, y los futuros contribuyentes tendrán que pagar la deuda. Incluso si el gobierno necesitara un rescate (el peor escenario posible), sólo ocurriría en un futuro distante, después de las elecciones.

Además, cuando se produzca la crisis, podré convencer a los votantes de que yo no la he causado sino que cayó sobre el país como un desastre natural, o que (mejor aún) la han causado los malvados especuladores. Aunque las medidas de austeridad que la acompañan pueden avistarse en el futuro, impuestas por la UME o el FMI, las próximas elecciones están a la vuelta de la esquina. En una situación así, la típica miopía de los políticos democráticos se combina con la capacidad de externalizar los costes de los déficits a otras naciones y produce una explosiva inflación de la deuda.[1]

Debido a estos incentivos, algunos estados europeos ya estaban de camino hacia la bancarrota cuando golpeó la crisis financiera y explotaron los déficits. Los mercados empezaron a desconfiar de muchas promesas gubernamentales. El reciente episodio griego es un ejemplo evidente de esa desconfianza del mercado. Como los políticos europeos quieren salvar el experimento del euro a toda costa, la garantía de rescate se ha hecho explícita. Grecia recibirá préstamos de la UME y el FMI, estimándose un total de 110.000 millones de euros en los próximos tres años. Además, aunque los bonos públicos griegos se han calificado como basura, el BCE continúa aceptándolos e incluso ha empezado a comprarlos directamente.

También existe el riesgo de contagio de Grecia a esos otros países (como Portugal, España, Italia e Irlanda) que tiene altos déficits y deudas. Algunos sufren un alto desempleo y unos mercados laborales inflexibles. Una extensión a estos países podría disparar su insolvencia y ser el fin del euro. La UME reaccionó ante esta posibilidad y se lo jugó “todo”, comprometiendo junto con el FMI un paquete de apoyo adicional de 750.000 millones de euros para estados miembros con problemas con el fin de eliminar la amenaza de contagio.

Por qué los gobiernos no pueden contener la crisis

¿Puede este rescate a Grecia de 110.000 millones de euros, combinado con los 750.000 millones del apoyo adicional prometido, detener la crisis de la deuda soberana o hemos cruzado el punto de no retorno? Hay varias razones por las que las soluciones políticas pueden ser incapaces de detener la extensión de la crisis de la deuda soberana.
  1. Los 110.000 millones de euros concedidos a Grecia pueden no ser suficientes. ¿Qué ocurre si en tres años Grecia no se las ha arreglado para reducir suficientemente su déficit? Grecia no parece estar en camino para ser autosuficiente en sólo tres años: paradójicamente está haciendo demasiado y demasiado poco por lograrlo. Demasiado porque está aumentando los impuestos, dañando así al sector privado. Y demasiado poco porque no está reduciendo suficientemente sus gastos. Además, las huelgas están dañando su economía y los disturbios ponen en peligro las medidas de austeridad.
  2. Al gastar dinero en Grecia, hay menos fondos disponibles para rescatar a otros países. Existe un riesgo para algunos países (como Portugal) de que no haya suficiente  dinero disponible para rescatarles si es necesario. En consecuencia, aumentan los tipos de interés cargados en sus bonos ahora más arriesgados. Aunque se ha implantado el paquete de apoyo adicional de 750.000 millones en respuesta a este riesgo, la inminente amenaza de contagio se ha detenido a costa de lo que, probablemente, sean mayores deudas para los países más fuertes de la UME, agravando en último término aún más el problema de la deuda soberana.
  3. Alguien debe acabar pagando por el crédito de la UME al 5% a Grecia. (De hecho, Estados Unidos está pagando parte de esta suma indirectamente mediante su participación en el FMI). A medida que aumenten las deudas del resto de los miembros de la UME, tendrán que pagar tipos de interés más altos. Portugal ya está pagando más por su deuda y ahora directamente va a perder al prestar dinero a Grecia a un interés del 5%.[2] A medida que se incrementan tanto las deudas totales como los tipos de interés para Portugal, puede llegar pronto al punto en que ya no pueda refinanciarse. Si entonces Portugal es rescatado por la UME, la deuda y los tipos de interés aumentarán aún más en otros países. Esto puede golpear al siguiente estado más débil, que necesitaría entonces un rescate y así sucesivamente en un efecto dominó.
  4. El rescate de Grecia (y la promesa de apoyo a otros estados miembros con problemas) ha reducido los incentivos para gestionar déficits. El resto de la UME bien puede pensar que, igual que Grecia, tienen derecho a tener el apoyo de la UME. Por ejemplo, como los tipos de interés pueden estabilizarse después del rescate, se elimina artificialmente la presión al gobierno español para reducir su déficit y hacer más flexible el mercado laboral, medidas que son necesarias, pero impopulares entre los votantes.

Por tanto, los problemas de la deuda soberana pueden haber llegado a un punto sin remedio, fuera del impago o altas tasas de inflación. Es probable que con el rescate de Grecia ya hayamos pasado este punto de no retorno.

NOTAS

[1] Sobre el horizonte temporal de los políticos en las democracias, ver Hans-Hermann Hoppe, Democracy: The God That Failed (Transaction Publishers, 2001).

[2] Así que no está claro si participarán países que pagan tipos de interés más altos que el 5%.

Artículo elaborado por Philipp Bagus, publicado originalmente el 20 de mayo de 2010 en el Ludwig Von Mises Institute y traducido por Mises Daily en español.

Philipp Bagus es profesor asociado en la Universidad Rey Juan Carlos en Madrid y profesor visitante en la Universidad de Praga.

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